El fin de la civilización

Esta iba a ser una entrada breve comentando el libro Historia de los Bombardeos.  Bueno, no lo es.  Pensé que podía hacer un raconto, o un resumen que resultara en una lectura liviana.  Bueno, no pude.  En realidad tengo mucho miedo. Dan ganas de empezar a balbucear como Marlon Brando en Apocalypse Now:  The Horror!  The Horror!

Y tristeza.  Siento mucha tristeza.

Leer el libro “Historia de los bombardeos”, es una experiencia que te deja con los ojos llenos de lágrimas, el alma rota y el intelecto embotado.  Es un oscuro retrato donde la ficción empalidece frente a la Historia.

El libro se describe a sí mismo con una laberinto con muchas entradas y ninguna salida y no se equivoca.  Un laberinto espeluznante.  Narra, con sencillez y rigor y un nivel de detalles que te deja en un temblor, la evolución de las armas y las “leyes de la guerra” esgrimidas por potencias y superpotencias desde el siglo X en adelante, con especial detalle a los eventos acontecidos a partir del siglo XIX, por el simple hecho de que es a partir de allí que la pólvora y las bombas ganan protagonismo indiscutido en los conflictos bélicos.  Desde la primera bomba china de dos cucharadas de pólvora al arsenal nuclear.  Del cohete lanzado desde una lancha en un río para incendiar una aldea africana a los planes de guerra estratégica que contemplan la muerte de cientos de millones de personas.

Comienza hablando de la guerra entre iguales (las potencias europeas) o entre caballeros, o directamente personas “civilizadas” y los otros: los salvajes, los rebeldes, los bárbaros.  Habla de la superioridad de la raza blanca.  El concepto es viejo, mucho más viejo y de mucho tiempo antes de que los nazis hicieran su aparición.  Desde la conquista de América, que sentó las bases para el resto de la expansión europea por África, Asia, Oceanía… el mundo entero.  Holandeses, Franceses, Españoles, Alemanes y el inigualable Leopardo Inglés.  Luego, por ser una nación más joven, aparecen los Estados Unidos, que de ninguna manera pueden quedar fuera.  Claro, acostumbrados a que todo valía contra negros, amarillos, indios y rebeldes varios, cuando finalmente volvieron a guerrear entre ellos, las “leyes de la guerra” estaban más estiradas que un chicle, así que, aquí también todo valía: el bombardeo de ciudades y la muerte de civiles y la búsqueda de cualquier objetivo, no ya eminentemente militar, sino que alcanzaba con que sirviera para causar terror y caos y desestabilizar a los estados.  Finalmente y sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos sistemáticos a núcleos civiles (ciudades).  En particular los bombardeos aliados sobre Alemania eran un objetivo primario: debían no sólo destruir las ciudades, sino también matar a la mayor cantidad de personas posibles.  El objetivo subyacente era minar su ánimo y fe en el Reich y forzar la rendición de Alemania.  Según el Derecho Internacional, esto es un crimen de guerra, pero como ganaron, en realidad no importa; el vencedor siempre tiene la razón.

¿Por qué iba a gobernar la mayoría, si la minoría es más inteligente?

Cita al libro de 1915  LPM: el fin de la gran guerra,
 de John Stewart Barney

Mención aparte, en este humano club, merecen los países de Asia, comenzando quizás con el Japón imperial bombardeando, invadiendo y “anexando” a China, aunque este último país tiene una larga historia de luchas y guerras y exterminios propios que ponen los pelos de punta.  Luego la tortilla se dio vuelta y Japón tuvo el grandísimo honor de recibir sobre sus ciudades el recientemente inventado napalm.

El terror descrito, convierte a Dante en un pobre principiante con una imaginación infantil, que ni siquiera de haber pertenecido a un niño podría ser calificada como prolífica.

Tan crueles.  La Historia de nuestra civilización, o de nuestra raza, o de nuestra especie en general, cuando se analiza en conjunto es tan descabellada que no hay nada, absolutamente nada con qué compararla.  No se nos puede decir “salvajes”, ni “bestiales”, ni “bárbaros”, ni “carniceros”, porque, por ejemplo, ninguna bestia ha realizado jamás un genocidio, ni ningún carnicero en ningún punto de este mundo busca dar muerte por medio de la tortura y el dolor gratuito, mucho menos, exterminar todo rastro de vida en mil kilómetros a la redonda por matar un par de vacas.

Si cursaste la escuela secundaria habrás visto algo de Historia Universal, ya sea la Conquista de América o al menos las Guerras Mundiales.  Probablemente hayas visto algo del período colonial en África y quizás algo de la historia de EEUU.  Salvo que seas un estudioso de la Historia, nada de eso puede prepararte para la lectura de “Historia de los bombardeos”.  Son aterradores los extremos a los que hemos llegado y seguramente a los que llegaremos.  Sólo cuando te ponés a mirar el conjunto en apariencia disperso de los eventos que han tenido lugar en nuestro mundo en los últimos cinco siglos, podés darte cuenta cabal de lo que es nuestra especie… y de lo altamente recomendable que sería su desaparición.

Sólo unas pocas, poquísimas personas a lo largo de la Historia han tenido la oportunidad, la disposición y la posición para llamar a la cordura, pero de esas poquísimas personas, poquísimas han sido tan siquiera escuchadas.  En el libro campea la arrogancia y el egoismo de quienes tienen el poder y pueden imponerlo impunemente sobre súbditos y conquistados.  Con códigos y leyes y normas y convenciones de paz que buscan sentar bases y poner reglas, pero que siempre dejan una puerta trasera abierta para poder utilizar lo más vil y atroz que pueda imaginarse y aplicarse.  Sin titubeos.  Sin culpas.  El fin siempre justifica nuestros medios. A lo largo de los párrafos y la extraña aunque magnífica estructura del libro, se asiste a un estado mental, una locura más allá de la locura que te deja sencillamente boquiabierto e incrédulo, sobre todo cuando trata el tema de la proliferación de las armas nucleares.  Para qué legislar?  Ya predispuestos a obliterar a cientos de millones de personas, firmar un tratado más o menos carece totalmente de importancia.  Parece una sátira, el delirio de una cabeza muy enferma.  Es todo tan absurdo, tan inmensamente absurdo que es casi imposible darle crédito.  Y sin embargo, quienes hemos oído hablar de la crisis de los misiles, y sobre todo los que por su edad llegaron a vivirla, pueden dar fe de que nada es nunca lo suficientemente imposible… pero ni siquiera ellos le dieron crédito.  En lugar de pedir a gritos que sacaran esa esapada de Damocles de sobre sus putas cabezas, siguieron acumulando kilotón sobre kilotón, confiados en que si zafaron una vez del zafarrancho nuclear, zafarían siempre.

Es tan triste que dan ganas de llorar y se termina deseando fervientemente que todas esas potencias que se regodean aún hoy en esa especie de autosuficiencia que todo lo puede justificar se disuelvan en sangre y fuego y sean tragadas por el olvido, porque sólo han traído dolores y sufrimientos. Y lo seguirán trayendo y esparciendo.

Los hacemos volar en mil pedazos. Civilizamos con explosiones.
Aquí yacen los civilizados, en largas y silenciosas hileras.

Cita atribuida a Bo Bergman

De la lectura se desprende, rápidamente, que los Derechos Humanos no deberían llamarse así, sino que por el contrario, deberían llamarse Derechos Inhumanos, ya que lo Humano y por lo que nos presenta la Historia, gravita predominantemente en torno al dolor y el sufrimiento y la sangre derramada sin que importe de quién sea, ni por qué causa, siempre que responda a la consecución de los intereses de turno.  Es así que todo lo bueno, lo generoso y lo que busque cuidar o preservar la vida, es, por exclusión, Inhumano, más tendiente a lo bestial y a lo incivilizado.  Los únicos avances de esta Especie son de orden técnico.  No hay una evolución interior.  No hay “mejores personas”.  Solo personas técnica y tecnológicamente más avanzadas, pero siempre portadores acérrimos del egoísmo y una crueladad sin límites.  Incluso quienes pregonan el mejoramiento o la evolución interior son una minoría tildada de loca y delirante.

Al principio, digo que siento tristeza. Junto a la tristeza, siento vergüenza. Profunda y sin límites. Y rabia.  Muchísima rabia, de una forma particularmente molesta, ya que además de ser totalmente impotente, tampoco tiene contra quién ser dirigida.

El laberinto es infinito.  No hay salida.  Sólo entradas.

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2 Respuestas a “El fin de la civilización

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