Dirección postal

Hace algunos años escuchamos una noticia con Nacho.  Era algo así: un ruso vendía unos pozos petroleros y le pagaban unos 13500 millones de dólares.

Era invierno, el galpón de Gab estaba tétricamente frío y nos apretábamos en el metro cuadrado que calentaba la estufa a leña.  Teníamos una botella de vino, sonaba alguna musiquilla y la charla estaba buena.  Nuestra imaginación se desbocó: qué haríamos con ese dinero, si pudiéramos disponer de él?

Autos, mujeres, viajes, hasta proyectos sociales eran parte de todo lo que Nacho haría con semejante cantidad de ceros a la derecha.  Media hora de proyectos al aire, por lo bajo.

Yo lo escuchaba asintiendo en silencio en algunos puntos y con más entusiasmo en otros… sobre todo en aquellos en que me tocaba algo.

Cuando el tipo termina de despacharse, se hace un silencio pensativo.  Lentamente y en voz baja, pero decidido, le digo: Yo me haría un castillo.

Quiso reírse, tragar el vino que tenía en la boca y preguntarme si estaba demente todo a la vez y sólo consiguió atorarse con grave riesgo de su vida.  Cuando finalmente pudo serenarse preguntó: El qué?

—Un castillo.  No sabés lo que es un castillo?  El más grande y suntuoso de toda la historia de América.
—Vo’, en América nunca hubo castillos.—Bueno, por eso.  No tengo como errarle!
—Pero para qué querés un castillo?
—Para darle trabajo y felicidad a la gente por un lado.  Y para que todos puedan llegar a la fiesta, por el otro.
—No entiendo qué estás diciendo, Panchito. —Me dice desconcertado.  Suelo tener ese efecto en las personas.
—Ufa, loco!  No puedo estar explicándote todo, todo el tiempo.
—Protestá menos y explicá más, dale.
—Es muy sencillo.  Hacer un castillo no es moco de pavo.  No cualquier albañil puede hacerlo, estamos de acuerdo?
—Sí
—Bien, un castillo, supongo que lo sabrás, es una construcción más bien grande, rodeada de un patio bastante más amplio de lo normal… estamos de acuerdo?
—Sí, subnormal, estamos de acuerdo!
—Bueno, tomá nota:  tengo que comprar varias hectáreas de terreno.  Supongo que dos o tres mil pueden andar bien, con opción a alguna otra más, más adelante.  Luego necesitamos piedra, mucha piedra.  Y madera, toneladas de madera.  Tapices, telas algún metro que otro de cables, tuberías, cañerías, ductos, cerámicas, estructuras de metal, alguna que otra bolsa de cemento, y seguramente un par de latas de pintura, un buen par de electrodomésticos y alguna que otra cama.  También voy a precisar canteros, picapedreros, escultores, ebanistas, artistas de la pintura, y el de los vitrós, carpinteros, transportistas, costureras, almaceneros, panaderos, chicas, muchas chicas, algún enólogo con ganas de hacer rico vino, técnicos agropecuarios, gente que sepa de ganado y caballos, electricistas, ingenieros mecánicos y de sonido y en informática para que me arme el data center y el wi-fi y algún otro que se precise, un bibliotecario, y un escriba de esos que escriben con pluma de ganso a la luz de las velas, uno para que diseñe el helipuerto, otro para que se encargue de los muelles, arquitectos, paisajistas, pintores, vidrieros, sanitarios, constructores, alguien que sepa de murallas, almenas, bóvedas, mazmorras, matacanes, puentes levadizos y rastrillos, fosos medievales y… y… cocodrilos!  Claro.  No puede haber foso sin cocodrilos, no?  Fácil, fácil, trabajo para varios años para un montón de personas.  Todos con los beneficios de la ley, que por algo son 13500 millones de dólares y uno es humilde y responsable.

Nacho me miraba con la boca abierta, la copa congelada a medio camino, mientras yo enumeraba todo lo que hace falta para construir un castillo como Dios manda en estos tiempos modernos.

—Y dónde estaría el castillo? —Pregunta, burlón.
—Lo he pensado mucho.  —Le contesto—.  En Río Negro, a orillas del Río Negro.  Has estado por el Río Negro a la altura de Río Negro?  Es precioso!  Sobre todo en invierno.  Muy, muy lindo, la verdad.  Un lugar así pide a gritos un castillo.  Algo discreto, retirado de los pueblos, como pa’ que la canariada no se asuste y pueda seguir haciendo su vida sin que nadie los moleste. Y en cuanto esté más o menos armado, fiesta.  Para todo el que quiera ir y quepa, que por algo va a ser el castillo más grande.
—Y cuándo sería?
—Seis meses después de empezadas las obras, el 17 de noviembre.
—Cuándo? —Atónito, el vago!
—17 de noviembre empiezan las obras.  Seis meses después, la fiesta.
—Y por qué en esa fecha?
—Por qué no?  De última, el que tiene plata hace lo que quiere, no?
—Y hasta cuándo?
—A quién le importa!  Son 13500 millones, pelotas de hule!  Vamo’ arriba!  Chupi, morfi, faso, nada de drogas duras, que no quiero inventos feos, pero faso sí.  Tazones llenos y pipas y bongs y hojillas a cagarse.  Rocanrol para todos, y blues, y clásica y tangos y lo que quieras.  Hasta cumbia, si hay algún enfermo que escuche esa mierda.  Total, es un castillo, no?  Cumbias, boleros y pop latino, derechito a las mazmorras!  Con estufa a leña y toda la infra, para que no haya quejas, pero lejos de mí!  Y locas.  Montones de prostis bien limpitas y bien dispuestas.  Taxi boys, también.  Para ellas y para ellos.  Nada de discriminación.  Una fiesta es para pasarla bien, no?  También salas para escuchar música, donde pintar o dibujar, donde leer, si alguien se quiere cocinar algo, o si quiere ver una peli, o dormir la siesta.  Va a ser un castillo grande, me entendés? —Termino, sonriendo.
—Y quiénes seríamos?
—Vos y yo para el arranque.  Gab, seguro.  Alguno más se me va a ocurrir.  Después, que cada cual le avise al que quiera.  En un par de semanas tenemos el castillo lleno, posta.  Como la fiesta de Douglas Admas, en el capítulo 21 de La Vida, el Universo y Todo Lo Demás, que iban en la cuarta generación y la gente iba y venía y a nadie le importaba un sorete pinchado en un palo.
—Pero… pero… y cómo llega hasta ahí, la gente?
—Ah, esa es la parte más divertida!  Es el motivo principal para hacer un castillo y esa fiesta pelotuda.  Van a haber invitaciones!
—Cómo, invitaciones?
—Síiii!  Como la de los cumpleaños de los gurises.  Algo tipo: Te invito a mi fiestita.

—Todo bien, pero igual, cómo llegaría la gente a la fiesta?
—Eso es lo mejor!  Lo más astuto!  No hay tantos castillos en América, no?  Seguro que no en Uruguay.  Sacando la casa de mierda esa con pretensiones que hizo Piria, y el ridículo que hay en el Parque Rodó en Montevideo, no hay tantos, tampoco.  Así que de un lado, la tarjeta va a decir: Te invito a mi fiestita. El reverso va a decir:  Preguntar por Pancho, el del castillo. Luego que cada cual se arregle para llegar… no es tan complicado.

Siempre quise hacer tarjetas de invitación así.

Este delirio fue recordado gracias a Diario de un loco.  Gracias, Luz!

Crédito invitación

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7 Respuestas a “Dirección postal

  1. Este sería un castillo digno de ser contruído. Más ‘amable’ que el del loco, querido Pancho. Hasta yo me apuntaría a la fista, porque aunque ya no fumo no me molesta el humo de los amigos

    Beso grande para ti y gracias por recordar mi cumple 🙂

  2. jeje las cervezas de la cena han hecho su efecto… la fista? jajaja

    otrp beso

  3. Jiji… bueno, está atenta a la llega de la “tarjta” 😉

  4. Lo primero que he pensado, “aquí han fumado” 😛

  5. Hola… por acá es lo de Pancho, el del castillo?

    • Eheee! Sí, pase, pase! Póngase cómoda. Haga de cuenta que está en su castillo. Tres salas más allá va a encontrar el caballete con todos los implementos para dibujar, junto con la cafetera y el chabón que hace los panqueques. Tiene órdenes de estar disponible para usted 24×7.

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