Nunca salgas con una chica llamada Mary Lilián

Canario.  Rural.  Bruto.  Simple.  Caído del catre.  Abombáu de la calor.

Así, más o menos, soy yo de a ratos en algunos aspectos.  Aunque ahora estoy bastante mejor.  Antes era peor.  Mucho peor.  Como cuando estuve viviendo en Montevideo, por ejemplo.  Las dos veces!  Aunque más exacerbado durante la segunda.  Es claro, cuando recién fui a vivir a la capital, era sumamente cauto, consciente de mi condición de canario ignorante de los usos y costumbres de la sociedades de las grandes urbes (en comparación al menos con este pueblo rata) y de que a causa de esa ignorancia estaba más expuesto a sus peligros.

La segunda vez fue distinta.  Conocía más gente, más lugares, más o menos cómo manejarme, dónde sí y dónde no.  No era ningún campeón, sin embargo… sólo que no lo sabía.  En realidad seguía siendo bastante caído del catre, pero pensaba que la tenía bastante clara.

Mi personalidad es así: no me voy tanto a los extremos, pero tampoco ando con chiquitas.  Todo es bastante. A veces es bastante más y a veces es bastante menos y eso puede ser tanto bastante ventajoso como una desventaja… bastante grande, según qué.  Se entiende, no?

Así que bien.  En esa época salía con una chica que para mí era maravillosa.  El epítome de lo que debería ser una novia… por aquellas épocas.  Épocas en las que, ya ha sido indicado, yo era bastante abombáu de la calor… aunque no lo sabía.  O no sabía hasta qué extremo.  O sea, yo era Lo Abombado.  En la Espasa-Calpe aparecía mi foto al lado de la palabra Abombáu [remite desde Abombado].

Como sea, yo salía con una chica llamada Mary Lilián, estaba bastante enamorado (el bastante más grande hasta ahora) y la visitaba a cada rato, para mayor disgusto de su padre, (como pude comprobar bastante rápidamente —él me lo dijo—) y de sus amantes (como pude comprobar bastante más tardíamente —ellos me lo dijeron—).

El tema es que un día, una noche para ser más precisos, estábamos parados en la parada del ómnibus que quedaba cerca de su casa.  Era un barrio a medio camino entre “barrio de los de siempre” y “barrio de los de siempre que se ha vuelto peligroso”.  Algo así como “barrio en el que mayormente no vas a tener problemas… salvo que los tengas”.  Hacía frío, era un poco tarde y casi no había gente en la calle.  Al lado nuestro también esperaba una señora.   Yo de campera y manos en los bolsillos; Mary con un brazo entrelazado con el mío y la cartera entre nosotros; la señora con un saco y la cartera colgada cruzada del hombro y abrazada sobre el vientre como quien agarra a un niño para que no vaya a cruzar la calle antes de tiempo.

De repente la acción se disparó.  Rápida y, sobre todo, silenciosa.  Eso siempre me ha llamado muchísimo la atención.  Nadie emitió un sonido.  Nada.  Sólo un quedo “hijo de puta” por parte de la señora luego de terminado el episodio.  Hasta hoy ne me explico cómo no me di cuenta de nada hasta que ya estaba todo el negocio hecho y terminado, a pesar de haberse desarrollado frente a mí.  Pero estoy poniendo el gordo antes del trineo y los renos encima.

A la señora la robaron.  Estábamos ahí, los tres calladitos la boca, casi inmóviles, apáticos en la espera, cuando de la nada aparece un flaco.  Manotea la cartera de la señora.  Ella se aferra.  Es grande y se ve que tiene fuerza.  Él es menudito, cerca de sus 20 años, se prende a lo panadero y hace fuerza como un tapado, pero ni la mueve a la doña.  Mary miraba obstinadamente al frente.  Yo miraba la escena pero sin entenderla; la información llegaba pero no estaba siendo procesada.  Nadie decía nada y yo pensaba que… bueno, no sé qué pensaba, que eran conocidos, quizás (ya dije que era bastante simplón en esos años, tirando a bastante imbécil, probablemente)  pero ciertamente no caí en la cuenta de que la estaban afanando hasta que la correa de la cartera cedió con un chasquido apagado y el vago salió corriendo a toda velocidad con su botín.  Abrí la boca para decir algo y Mary me atajó con un apretón  en el brazo.  Probablemente fuera alguna observación bastante perspicaz del tipo “La robaron, no?”, o alguna estupidez como pedirle disculpas por no haberla ayudado, así que calculo que lo mejor fue que me haya hecho cerrar la boca.  La señora sacudió la cabeza con amargura y maldijo al chorro hablando bajito.  Sólo se le entendió el “hijo de puta”.

—Ahí llega el ómnibus —dijo Mary.

Nos subimos sin hablar.

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5 Respuestas a “Nunca salgas con una chica llamada Mary Lilián

  1. me encantó, si le sacás el te en la frase ya te dije que era demasiado simplón…es un cuento breve…buenísimo y super divertido!

  2. Corregido, gracias!
    Hacía tiempo que no tenía editora 🙂

  3. no voy a decir mucho sobre tu web, simplemente que me encanta.bfdk

  4. Pá, qué feo! quedarse sin haber hecho nada, me ha pasado

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