Último paso

No sé muy bien cómo escribir esto.  Ni siquiera qué voy a poner.  Es fruto de un impulso y generalmente no es la clase de fruta que uno más disfruta… o que elige disfrutar.  Es el último paso en una cadena de pequeños eventos que se extiende durante algunos años. Pocos, pero que en retrospectiva parecen muy largos.  Este paso es importante: catarsis.  Expulsar algunas cosas del sistema, en la forma de desvaríos y divagues varios.  No creo que encuentres este texto ni edificante, ni divertido, ni ameno.

Hoy, hace unos minutos nomás, tuve una especie de liberación.  Ayer tomé la decisión.  Y en cuanto me decidí se evaporaron mil cosas que tenía encima: tensiones y miedos y preocupaciones y consideraciones que nunca deberían haber representado un problema.  Hoy la llevé a cabo.  Sin teatros, ni histrionismo.

Terminé, al menos así lo espero, mi relación con una persona que no daba para más.  No importa quién es, en realidad.   Ella afortunadamente no lee este espacio (la vez que lo leyó fue causa de una amarga discusión por malinterpretar lo que había leído) y tampoco pienso hablar mal de ella.  Rescato de positivo que descubrí que tenía algunas cosas para dar, que pensaba perdidas.  No lamento haber dado; lamento habérselas dado a ella y haber perdido tanto tiempo.  En fin, lo que había para decir, muy breve y sin violencia, por cierto, ya fue dicho.  Básicamente se limitó a un “No quiero tener nada más que ver contigo” seguido de una breve explicación de causa, consistente en una frase corta conteniendo tres adjetivos (bastante negativos aunque no groseros) que calificaron al sustantivo “persona”.

De lo que quiero hablarte ahora, creo y si me permitís el uso de la primera persona del plural,  es la manera en que ciertas relaciones nos asfixian.  Nos envuelven, o dejamos que nos envuelvan en idas y venidas, pequeñas extorsiones, o que nos manipulen apelando (teóricamente) a lo mejor de nuestra naturalza.  Si nunca te viste en una situación así, entonces mejor cambiemos al singular.  Sí, mejor.  Como sea.  A menudo me ha tocado relacionarme con personas que quizás podría calificar de tóxicas.  O como hablábamos con Gragy (Madre y Argentina), hace mucho tiempo, emocionalmente son vampíricas.  Te chupan, pero no te liquidan; te dejan en un estado de semi-esclavitud/dependencia.  Agotado.  Vacío.  Con miedos y angustias producto de la incertidumbre, de no saber qué pasa, ni por qué pasa lo que pasa.  Emociones todas, TODAS, que son al reverendo pedo y no aportan nada más que malestar.

La mayoría de las veces me doy cuenta bastante rápido y puedo hacer lo que hay que hacer: o bien evito a la persona; o puedo adaptarme a las reglas del juego y, sin evitar a la persona, mantener la relación dentro de unos parámetros inocuos, en donde todos podemos beneficiarnos, nadie la pasa mal y no se pierde el balance ni el juicio.  Una especie de simbiosis, o de relación de negocios.

Pero otras veces, como en este caso, las cosas vinieron dadas de tal manera que cuando quise acordar ya estaba emocionalmente comprometido, con todo lo que eso involucra.  Desde mi punto de vista, cuando las cosas son de a dos, aunque no sea cuestión de pareja, todo es un poco más complicado.  Hay que dar, ceder, tolerar cosas que no aceptarías de otras personas, etc, no porque sea un pazguato, sino porque doy por sobreentendido que la cosa es, o debería ser, mutua.  En mis relaciones afectivas, busco que el invento funcione como una cosa fluida, de dos sentidos.  Algo que no sólo enriquezca a las partes, sino que también brinde confianza.  Yo te cuido, vos me cuidás y así vamos adelante siempre.  No digo que todo deba ser un idilio maravilloso.  Todos tenemos rayes y períodos más altos o bajos, más alegres o tristes.  Al menos no se está solo.  Hay quien te da fuerzas y ánimos, aunque más no sea con un abrazo.

Dejame que te diga algo:  En los tiempos que corren, no es poca cosa.

La confianza, creo yo, es la base.  Es como esos ejercicios en que te dejás caer de espaldas y la persona que está atrás tuyo te tiene que agarrar.  Arrancás con miedo al porrazo, pensando si en realidad está ahí, lista para sostenerte, pero a medida que cumple, sos más canchero.  Literalmente tenés las espaldas cubiertas.  El tema es cuando vos te dejás caer y la persona que supuestamente tiene que agarrarte está limándose las uñas y deja que te rajes la cabeza contra el piso.  Es en ese momento en que empiezo a pensar que de repente hay algo que no está tan bien.

O puede darse la situación contraria.   Vos vas sosteniendo a la otra parte, que cada vez está más confiada.  Es más, vos laburás para que esa confianza exista.  Y como sostenés, pensás que cuando te toque te van a sostener.

Dejame que te diga algo:  cuando llegás a pensar eso, cagaste.

Entonces acá viene la parte más desagradable.  Cuando estoy sentimentalmente comprometido, me pongo a buscar justificativos.  Cada vez que me dejan caer, busco ponerme en la situación del otro y le busco explicaciones y disculpas a todo.  Muchas veces con un poco de furia (o bastante, según la caída), pero finalmente, un amigo o una amiga es un tesoro de inestimable valor y no podés calentarte por cosas que en definitiva, son menudencias.    A mí pueden parecerme cosas serias, pero, por ejemplo, hay 1332 millones de chinos a los que eso les importa una mierda.

Pero menudencias o no, cada vez que me dejan caer, es como cuando hacés una marca en un árbol: no es la muerte de nadie, pero hay una herida.  El árbol empieza a crear madera a su alrededor hasta que la tapa y queda una especie de cayo, que con el tiempo será invisble desde el exterior.  Sin embargo el árbol sabe.

El árbol sigue dando frutas y sombra, pero yo no soy tan noble.  Las marcas duelen y cansan, y finalmente termino haciendo lo peor que puede hacerse en una amistad: calibrando y sopesando pros y contras.  Qué se recibe? Ajá, pero a qué precio?  Vale la pena?

Dejame decirte otra cosa: cuando llegás a pensar eso, ya no puede hablarse de amistad.

El tema es cuando todavía hay sentimientos.  Le doy largas al asunto.  Porque va a mejorar.  Porque algo va a cambiar.  Porque de repente, como un árbol, puedo adaptarme a las condiciones que se presentan.  Hasta que llega un punto en que el árbol deja de ceder.  Hay árboles que se doblan y van y vienen, flexibles, fuertes y resistentes; otros, duros y rígidos, se quiebran y sucumben; unos pocos, ante una plaga, secretan sustancias que la combaten.

Yo le doy largas.  Borrón y cuenta nueva.  Le doy largas.  No es para tanto.  Y largas.  Hasta que pasa lo que pasa con toda cuerda: se alarga hasta que se corta.  Claro que antes, mientras se va alargando, ves hilachas y filamentos que saltan.  Si no hacés caso, si no prestás atención a las señales de que la cuerda se debilita, o si calculás que perfectamente la cuerda va a aguantar un poco más, el resultado siempre te va a tomar de sorpresa: un chasquido y chau.

Salvo que lo que busques sea precisamente eso.

Un chasquido y chau.

Una liberación.  Triste.  Pero liberación al fin.

En todo caso, está usted servida.

Chau.

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8 Respuestas a “Último paso

  1. Uff. Es un poco triste pero muy ilustrativo este post.

    (Sabés que empecé a leer y dije: ta, este deja el blog. Me vino un pánico! Odio que la gente deje blogs)

  2. Bueno , bueno, bueno…me parece tan sincero este post y tan de adentro, que me cautiva.
    Ayer, me pasó algo parecido, un corte, una quebrada… y grandes valores del tango como diría Silvio Soldán…
    No es la primera vez que me pasa, y me sentí, como vos y como cada vez que corto amarras, una liberación tan grande y tan potente, que como el red bull, me da alas.
    Después vendrá la tristeza, en este caso todavía no llegó, o la alegría, pero la verdad es que como vos decís, hay una espacio vacío y ese vacío se llena siempre de otra gente quizá tan tóxica como la que dejaste, pero la experiencia de descubrirlo es impagable!
    salud!

    • Igual, hay que llenar ese vacío. Es un laburo. Conocer, empezar a compartir, empezar a confiar y la mar en coche. Sobre todo cuando te empezás a quemar con leche y hasta un dálmata te hace llorar por el parecido con una vaca.

  3. Pues una vez dado el paso… a seguir caminando, mi querido Pancho. Ya tenemos experiencia ¿verdad?…
    Hoy hubiese venido bien uno de esos encuentros que teníamos en “la cafetería” allá por 1998 y siguientes. Y reírnos hasta de nuestra sombra. Y yo dar zarpazos de loba a diestro y siniestro… 🙂

    Dos besos y dos abrazos. Ya sabes cuánto te quiero ¿verdad?

    • Fijate que camino más o menos desde los 9 meses de edad… eso es casi una vida de experiencia!

      Vendría bien un encuentro. Ya estás tardando 😉

      También te quiero, lobita 🙂

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