Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /23

Seis de la mañana.  Nada más llegar voy a mi lugar de trabajo, como prácticamente todos los días.

Ordeno un poco el escritorio, paso las planillas y las cotejo con los papeles de las cargas que vienen.  Ordeno esos papeles y los agrupo por cliente.  Todo como es habitual.  El ritual diario con que comienzo mi jornada laboral.

De repente me inmovilizo.  La lapicera suspendida en el aire, quieta.  La conciencia ida.  La mirada se vuelve vidriosa y los ojos miran sin ver.  Para un eventual observador, doy la impresión de estar totalmente ausente; las luces están encendidas, pero la maquinaria está detenida.  Es el tipo de expresión vacía de emociones que suele asustar a quien lo ve.  Para quien la ostenta, es el reflejo de una especie de limbo.  Un lugar silencioso y pacífico donde nada puede alcanzarte.  Mi pensamiento se enfoca hasta formar un haz fino y casi sólido que se mueve como la luz concentrada de un potente foco.  El tiempo se congela.  Internamente buceo a toda velocidad buscando una información de vital importancia.

Instantes después doy con el dato esquivo y todo se reanuda, como si nada hubiera pasado.

Unos minutos después llega L.  Nos saludamos, como es habitual y va, como de costumbre, a la pieza de atrás a aprontar el mate.  Vuelve.  Se sienta.  Toma la libreta de facturas y comienza su tarea, como prácticamente todos los días.

De repente se inmoviliza.  La lapicera sobre el papel.  El mate en el aire, a medio camino.  Levanta cada vez más lentamente la cabeza y su mirada se aleja.  Cuando cesa el movimiento, sus ojos están fijos en mí, pero no me ven.  Sonrío y digo una sola palabra.  Él vuelve en sí, me agradece, también con una sonrisa, y sigue con lo suyo.  Nada ha pasado.  Todo está en orden.  Trabajamos casi sin decir palabra, eficientes y concentrados.

A eso de las 7 llega El Boss.  Saluda.  Agarra una silla y se coloca a la cabecera del escritorio.  Toma, a su vez, otra libreta y empieza, en silencio, a darnos una mano con la facturación, aunque ya apenas quedan papeles pendientes.

De repente se inmoviliza.  Los síntomas son inequívocos.  La mirada lejana y los ojos vacíos lo delatan.  También él está a la caza.

Con L nos miramos, nos sonreímos mutuamente, muy enterados, y yo rompo el hechizo:

— Seis —digo en voz baja, amable.
El Boss vuelve a la vida y me mira, casi con sorpresa.
— Hoy es seis de abril, vo’—insisto con voz suave, para no sobresaltarlo.
— Ah! Gracias! — contesta con una sonrisa.

La vida retorna a su curso habitual.  Todo vuelve a estar en orden.

Es terrible no saber en qué día está viviendo uno.  Casi tanto como levantarse tan condenadamente temprano y llegar al trabajo a todavía medio dormido.

Anuncios

5 Respuestas a “Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /23

  1. fantástico…por momentos tu relato me llevaba a imaginar distintos desenlaces, jamás ese! felicitaciones , sos un guionista de primera!

  2. Querido Pancho he estado “suspendida en el limbo” hasta llegar al final ¡¡qué grande eres, niño!! 🙂

    besos

  3. Es muy bueno hermanillo….

  4. Jijiji.. gracias.
    En realidad este delirio nos sucede casi a diario, varias veces. Es bastante divertido de ver, aunque de un poco de pena, porque habla a las claras de la terrorífica vejez que nos espera 😉
    En todo caso, hoy andaba con ganas de jugar y pude armar algo medianamente potable.

  5. buenísimo!

Comenta! Comenta, very now!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s