El ritual del té

La cocina de Ricardo no era lo que se llamaría la cocina de un hombre soltero (o solterón, tal vez), era un refinado instrumento de precisión que había depurado con el pasaje del tiempo. De una prolija estantería de roble americano, lustrada color natural, extrajo un cazo de cobre.  Lo llenó hasta la mitad y lo puso sobre un fuego vivo.  Tomó una jarra de gres vidriada y echó tres generosas cucharadas de té.  Luego, con el agua que comenzaba entibiar, apenas mojó el té.

Dejó que la jarra reposara.  La operación de contemplar cómo se hinchaba el té era fascinante para Ricardo, le ayudaba a pensar.  Cuando el agua se absorbió completamente, le agregó una nueva cantidad, ya algo más caliente.  Apagó el fuego al primer hervor y contempló nuevamente su preciosa jarra.  Las diminutas hojas del Darjeeling comenzaba a tomar cuerpo y consistencia.  Esperó pacientemente el punto exacto y luego, con firmeza, agregó el agua que todavía gemía en su cazo de cobre.

Mientras esperaba que las hojas que flotaban descendieran (jamás Ricardo aceptaría en emplear un colador de té, es más, negaba que tal artefacto acaso existiera) colocó una grabación del concierto en C-dur de Mozart, aquel del bellísimo andante, el así llamado número 21.

Es difícil describir el cuidado con el cual derramó (depositó, deslizó, la acción requería un verbo preciso) el té en la taza, evitando que el remolino que se formaba envolviera a las escasa hojas que todavía flotaban en la infusión.  Observó con delicia que todas caían al fondo.  Luego tomó una delgada rebanada de mantequilla y la echó en el té.  La contempló todo el tiempo que demoró en fundirse y flotar como una mancha amarillenta sobre el líquido color naranja subido.  “Todo lo que se hace con mantequilla es mejor con aceite de oliva” pensó Ricardo, “excepto el té de Darjeeling”.   ¡Recién ahora estaba completo su complicado té!  ¡Recién ahora podría comenzar a meditar en el misterio del falso Figari.

La conexión MAM, de Juan Grompone.

Creo que es un pasaje maravilloso.  Esos pequeños párrafos valen sobradamente el resto del libro, a mi humilde juicio.  No es que el libro sea feo.  Nada de eso.  Está muy bien.  Pero la temática es una mezcla extraña de suspenso y novela policial/detectivesca.  Esta parte, sin embargo, encierra, de alguna manera, toda una filosofía de vida.  El ritual, la precisión, el dar a cada cosa su tiempo y lugar, el perfeccionamiento de una acción que, de no prestarle atención, se vuelve una mera tarea mecánica.

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4 Respuestas a “El ritual del té

  1. Cuando llegué a leer “té de Darjeeling” algo retumbó en mi mente.. como conocido, como si alguna vez lo hubiera visto, nombrado.. y así fue como me paré, fui al aparador y me fijé en una cajita de madera que traje de la India, sabía que en uno de sus lados mencionaba los té que contiene… y voila..
    Darjeeling Tea… 🙂 para ti
    Un día que vengas, lo probamos, querés?

  2. Todavía te queda? Creí que habías traído solo lo que dejaste en casa de la vieja. Vamos todavía!
    Es lo único que le encargo a la gente que va para esos lados… pero nadie me da pelota. El Darjeeling es muy bueno.

  3. No queriditooo! Hay cosas que fueron directo para mi casita! Como ese té! jijijijj…
    Seh… yo también, té de Turquía por ejemplo, que se me estan acabando los conocidos que hacen el viaje y me pueden traer…si, esto sigue así, voy a tener que ir yo personalmente! 🙂

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