Receta de la abuela: bollos fritos

La receta en sí, está abajo de todo.  Si querés saltar directamente a ella sin tener que soportar mis divagues, hacé click acá.  Si, por el contrario, te dan las bolas para leer algunos recuerdos de mi infancia, entonces adelante.  Harás cumplido honor a lo que ya sospechás: que sos un pequeño demente. :)

Cuando viene mi hermana desde Montevideo, mamá tirá la chancleta cocinando.  Se zafa para todos lados y no damos abasto a lastrar.  Hermana vino el jueves y se fue recién el domingo, así que imaginate lo que fueron estos santos días!  No tuve necesidad ni tantas ganas de cocinar, pero eso no quiere decir que haya estado alejado de la cocina.  En realidad, tuve un reencuentro con mi niñez.

No soy de cocinar cosas dulces.  Tortas, bizcochuelos, helados, confituras, panqueques, babarois, cheesecakes, ensaladas de fruta, compotas, frutas en almíbar para conserva, orejones, mermeladas y jaleas… de todo eso y más y, loado sea el MEV, mucho más, se encarga mi mamá.  Ah, el sambayón de mi vieja haría palidecer de temor por su alma inmortal al propio Benedicto, allá en su oficina, de pura gula.

Mientras vivimos pegados a la casa de los abuelos paternos, que estaba el tambo ahí nomás, hasta el dulce de leche se hacía en casa.  Yo, como buen gurí al pedo, era el encargado de terminarlo, que es la parte más tediosa del proceso.  De tanto revolver y revolver para que no se pegara al final, terminé convirtiéndome en un experto de nivel mundial en cuanto al punto del dulce de leche.  O sea, el punto EXACTO.  Todo gracias a la vagancia y a la gula.  A la vagancia, porque no quería revolver las putas ollas un segundo más de lo necesario; a la gula, porque me encanta el dulce de leche, por lo que no quería revolver las benditas ollas ni un segundo menos de lo necesario.

Mi vieja es un asunto serio para la cocina.  Entre mis dos abuelas, más lo que estudió, más las biblias del Crandon, más un amor por la cocina que le vino impreso en los genes, lo de mamá con la comida es una maravilla.  Pero los postres y dulces en general, son su especialidad.  Lo único dulce que venía haciendo en casa y desde hace no demasiado tiempo, son las torrejas.  Calentitas y con miel. Animal!  Capaz de morir de empacho comiendo torrejas.  Me piro por las torrejas, pero mi vieja, al detestar los fritos, las hace cada muerte de obispo… y no hay derecho, ni necesidad, a esperar tanto por una buena tanda de torrejas.  Además, no es cuestión de hacer tres o cuatro.  Nada de mariconadas!  O hago un fuentón que dure dos días de asaltos indiscriminados, o nos dejamos de joder.  Así que ya sabés: no te metas con mis torrejas, loco!

Pero en fin, no era de eso de lo que quería hablarte.  Es de mi abuela.  En particular de una receta que hacía mi abuela hace muchos años.  Más de 25 años!  Puta madre!  Jua!  Más de 25 años… y sin embargo la memoria se aferra a ciertas sensaciones, sabores, olores, colores y texturas como si las hubiéramos experimentado el día anterior. La memoria puede ser perra, pero también puede tenderte una mano cálida y amorosa.

Hay sabores que te dejan marcado.  De esos que significan un hito, mojón y referente.  Como los bollos que cada tanto, en las tardes lluviosas de la niñez, hacía mi abuela materna.  Hacía sartenada tras sartenada, porque todos enloquecíamos con sus bollos, pero nunca alcanzaban.  Mamá y sus hermanos, más la gurisada (hermana y yo y los primos), juntos, parecíamos una nube de langostas arremolinados en torno a la bandeja con bollos fritos.  Hasta el abuelo, tan serio él, se iba acercando, como haciéndose el boludo hasta la fuente.

Abuela los fritaba en chisporroteante grasa de chancho. En esa bendita época no existía el colesterol ni la hipertensión, y ya puestos, tampoco andaba nadie rompiendo las pelotas con la salmonella por lo que la mayonesa era mayonesa, con un intenso color amarillo de puro huevo y un extravagante y contundente sabor a limón.  Como sea, sigo  paseándome de rama en rama; volvamos a los bollos.

Abuela le pasó la receta a mamá, mamá la estacionó en su cuaderno de recetas, de donde terminé rescatándola, luego de años de antojo y añoranza por los bollos.  Y así llegamos al tiempo presente, en el que, luego de ponerme manos a la obra hace un ratito nomás y con la magnanimidad que caracteriza a 42, sitio bueno, pastafari apostólico y romano si los hay, la comparto con vos.

Que yo sepa, es la primera vez en cerca de 25 años que esta receta vuelve a ser preparada en la familia.  Quedó bastante parecida, te diré, pero, afortunadamente, no igual.  La explicación es bastante simple: primero que los bollos fueron fritos en aceite, por lo que cambian un poco.  Cambian en todo: color, olor, sabor y hasta en la textura. Segundo, es bien simple: yo no tengo el oficio de mi abuela para amasar.  Lo de afortunadamente es porque hubiera sido terrible que 25 años después y al primer intento, los bollos me hubieran quedado iguales a los de ella.  Porque hay ciertas cosas que deberían ser sagradas y eso hubiera significado una falta de respeto rayana en el sacrilegio.

Así que bien, vamos a la receta, ideal para la merienda o para la hora del mate.  De una sencillez maravillosa:

Armá un volcán con tres tazas de harina, 2 cucharaditas de Royal (polvo para hornear) y 6 cucharadas de azúcar.  En el centro agregá 3 cucharadas de aceite, la cáscara rallada de un limón y dos huevos. Comenzá a armar la masa con un tenedor y andá agregando leche hasta que quede una masa elástica, de ligeramente a bastante pegajosa, pero que se pueda estirar a rodillo. Eso se consigue con entre media y una taza de leche, más o menos.  Amasá bien, cagala un poco a trompadas contra la mesada y con un palote (rodillo) estirala sobre una superficie enharinada hasta formar una lámina delgada, de no menos de 2 milímetros y no más de 4 milímetros de espesor.  Cortá en cuadrados o rombos de entre 3 y 5 centímetros de lado, y fritalos en aceite bien caliente de un lado y del otro, hasta que estén doraditos.

Escurrílos, llevalos a una fuente cubierta de papel absorbente y tamizales un poco de azúcar impalpable.

Ya.  Con esas cantidades salen dos fuentadas como las de las fotos, más que suficientes para el saqueo indecente de 4 personas trastornadas o el consumo de 6 a 8 personas normales, con un resto para el desayuno del otro día. ;)

El corte queda perfecto con un corta pizza; con un cuchillo de repente terminás a los tirones, porque la masa es bastante pegajosa.  Los tipos se inflan como un pez globo cuando toman contacto con el aceite, así que si son triangulares o demasiado pequeños, te va a resultar muy difícil darlos vuelta; o sea, te va a resultar difícil darlos vuelta y que se queden así :)  Al ser delgados, es un toque que se hagan, así que no te apartes de la sartén porque corrés el riesgo de que se quemen.

Sí te digo, que la próxima vez los voy a fritar con grasa de cerdo y en la sartén de hierro.  A ver si puedo acercarme a esa textura particular, casi granulosa, que no puedo explicarte, pero que mi memoria tiene presente de manera detallada.

Disculpas por tanto teatro para una receta de un párrafo.  Pero me dieron ganas de contarte de los bollos de mi abuela, qué se le va a hacer!

Cocina con alegría, no te salpiques con aceite caliente y buen provecho!

10 Respuestas a “Receta de la abuela: bollos fritos

  1. Maravilloso que hayas retomado la receta! Quedaron buenísimos, riquísimos! No iguales a los de la abuela, pero lo suficiente como para teletransportarse un poquito!
    Ya estoy esperando la próxima!

  2. Ah.. me gustaron las fotos!

  3. Bien por la teletransportación! Y sin equipamiento ninguno! :)

  4. Si Mork viajó en un huevo, yo perfectamente me puedo comer un bollo e ir a donde quiera!

  5. qué rico, qué rico, vuelvo después y leo bien todo

  6. ahora sí leí el post completo.
    Qué grande que rescataste la receta…
    Pasate la de las torrejas que yo nunca probé (y me han hablado de ellas) :)
    Anoto para algún fin de semana

    • Pemonte Saltaqueña! Cómo osas decir que nunca has probado las torrejas? En 25 años? Nunca…? Cómo has logrado sobrevivir hasta ahora? Oh, my MEV!

      La receta que uso, muy parecida a la de mi vieja, es la de las torrejas clásicas que aparece en Gastronomía & Cía. Pasate por acá. La única diferencia que hago, es cortar el pan un poco más fino. Por lo demás, no cambio un gramo de nada.

  7. Pingback: Logorrea | 42

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