Una de cal y una de arena

Olvido

Ayer te apareciste en la oficina.

No esperaba verte, la verdad.  Sobre todo después de un mes y medio sin siquiera cruzarnos por la calle.  Había temido el encuentro de alguna manera, no te lo voy a negar.  Pensé que si te veía, si cambiaba tan sólo una palabra con vos, todas mis razones, mi resolución, incluso mis sentimientos, podían verse sacudidos.

Es curioso, cómo llegamos a subestimarnos a nosotros mismos.  Te vi y tuve una doble satisfacción: que ya no me dolés, y que tampoco tengo animadversión.  Pensé que tendría ganas de revancha, que guardaría rencor… no sé, algo así.  Vos sabés cómo es.  Y sin embargo no.  Renuncié a eso casi de manera involuntaria.

Me di cuenta sobre todo por el detalle de que noté que te habías cortado el pelo.  Estuve a punto de comentártelo, pero me detuvo un pensamiento muy simple: no me importa.  Lo más llamativo es que efectivamente, me chupa un huevo.  Creo que en parte ayudó tu propio orgullo, con el que había contado, sí, pero que, una vez más, había subestimado.

Cuando con tono magnánimo me dijiste “si querés hablar, estoy en el mismo lugar de siempre”, te juro que estuve tentadísimo de largar la risotada.  Y sin embargo, no pasó de una media sonrisa torcida causada más por la sorpresa de escucharte decir semejante ridiculez.  Creo que sólo necesitaba ese mínimo empujoncito para terminar de eliminarte de mi sistema.  Gracias.

Agradecimiento

Anoche, antes de ir a la cama, prendí un sahumerio de sándalo, lo tomé entre mis manos y me encaré, con una pequeña reverencia, con el pequeño Buda.  Ese que descansa entre la Biblia y el Corán, mientras le da la espalda al libro de física.

Hacía mucho tiempo que no daba gracias, así que tuve que pensar un poco al inicio.  Luego, las cosas se volvieron más fluidas y fue como una especie de letanía.

Por los proyectos que están en marcha; por mi familia que está sana; por mis padres que están vivos; por la práctica que me rescata; por el techo que me cubre; la ropa que me abriga; la comida que no me falta; por los amigos; por lo que comparto con ellos; por los problemas, reales o imaginarios que pueblan mi mente… no porque sea Buda quien los provoca, sino por permitirme, a veces, la capacidad de verlos en una mínima perspectiva y darme cuenta de que, en realidad, no es para tanto ni mucho menos; y finalmente por mi trabajo, no porque me encante, si no porque, en definitiva y a pesar de la demencia que vivo a diario, me permite tener en marcha todo el resto de cosas que me interesan y me nutren.

En algún punto me di cuenta de que eran sinceras.

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4 Respuestas a “Una de cal y una de arena

  1. Dicen que es de bien nacidos ser agradecidos… te felicito por ambas situaciones (más la primera que la segunda por todo lo que implica)

    tres besos

  2. A mí me gusta más la segunda.
    La primera es una situación que no depende enteramente de mí, y de la que no tengo control directo.
    La segunda sí. Implica sincerarse un poco con uno mismo, reconocer las cosas y salir de la contemplación del ombligo para mirar lo que hay alrededor. Es un trabajo mucho más arduo, pero con una recompensa mejor. No hay elementos negativos, que de por sí es una recompensa.

  3. Que lindo post. Me conmovió, de veras. Suscribo 100% a lo que dice aquí. Así que: gracias a ud.

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