Mejorar la sintaxis

Era de tarde, creo, porque la fachada del Club Chanta 4 estaba en sombras.  Pasé la puerta, caminé por el zagúan de entrada, cruzé por las puertas de vaivén CRAN-CA-CRAN y entré en la penumbra del club de bochas.

Es un ambiente raro.  Un microclima único, el del Chanta 4.  Húmedo de a ratos, con olores de alcoholes y tabacos y la mezcla con que se arreglan los pozos causados por las bochas al golpear la cancha.  No es, sin embargo, el olor rancio del bar de mala muerte.  Es, más bien, un olor acre que siempre asocié a esas personas y lugares que, como barcas, se anclan a la costa del río del tiempo: las mareas llegan y se van, hay tormentas que lo dejan revuelto y hasta puede cambiar su curso, pero las barcas siempre están ahí.  Inmutables, parecería.  No puedo describirlo de otra manera.

Ya sea jugando un partido, acodados a la barra, u ocupando alguna de las 5 o 6 mesitas con un par de sillas cada una, siempre hay algún conocido en ese local vetusto, detenido en el tiempo, cuya iluminación está consagrada a la cancha de 20 metros de largo y a la mesa del truco, la única con más de dos sillas.

A medida que me acercaba a la barra la vi.  Sentada frente a la esquina de una mesita a media luz había una flaquita.  Estaba jugando a la escoba de 15, sola.  Inclinada hacia adelante, concentrada.  Frente a ella, como una barricada ante las barajas, un montón de pedazos de papel blanco, de distintos tamaños y dispuestos en esquemas regulares.  Hacía una jugada, levantaba la baza, y modificaba la disposición de algún papel.  Era realmente intrigante, a la par que metódico y casi científico, así que me quedé mirando, olvidado ya de mi misión original de comprar pilas para la radio.

—Qué hacés? —Le pregunté cuando ya no pude aguantar más.
— Esto acá —me dijo sin levantar la vista, pero señalando un par de tiritas de papel finas y largas que parecían divisiones—, es porque el conteo ya está consolidado.

Siguió con lo suyo, como quien explica algo elemental a un niño que sin llegar a ser molesto del todo, perturba la tarea.  A los minutos, siguió explicándome su curioso sistema, una mezcla de conteo de cartas del 21, con la llevada de los tantos del truco, todo aplicado a la escoba de 15.  Hablaba con calma y como quien no quiere la cosa.  Me explicaba los tantos consolidades y todo el resto, pero le daba lo mismo si la entendía o no.  De todos modos yo no había cazado ni una palabra, así que ni siquiera la interrumpía con una pregunta.

Cuando hizo una pausa, le pregunté si no era más fácil si usaba algo tecnológicamente superior, tipo un ábaco.  Sólo ahí levantó la vista para mirarme y con una sonrisa me contestó que sí, que era más fácil, pero que le gustaba lo artesanal del método de los papeles.

Nos quedamos conversando de nada, como amigos de toda la vida.  Tenía pelo largo, enrulado, castaño claro, mirada franca y un sonrisa hermosa.  Re linda la flaquita.  Macanuda. Luego llegaron tres de sus amigas y se sumaron a nuestra mesita.  Parecía muy joven y medio que me dieron escrúpulos.  Al final me dijo que tenía 18 años.  Luego de una cuenta rápida, me di cuenta de que estaba justo del lado bueno de la franja.  A resultas de esa rápida operación, se me debe haber dibujado una sonrisa espléndida en la cara, porque la flaquita me quedó mirando, intrigada.  Pero no dijo una palabra.  La pregunta estaba implícita en esos ojazos.  Me caía bien, la verdad.  De alguna manera habíamos conectado.  Finalmente le pregunté el nombre.

—Piri-pipíp —me dijo mecánicamente.
—El qué?
—Piri-pipíp.
—Vo’, me estás jodiendo?
—Piri-pipíp Piri-pipíp Piri-pipíp…
—Ah, no.  —Dije con tristeza, al comprender.— Puta madre…  No es justo…

Cerré los ojos un momento.  Cuando volví a abrirlos, la penumbra del club de bochas se había transformado en la penumbra de mi habitación.

Piri-pipíp Piri-pipíp Piri-pipíp

Tiraba manotazos, furioso, y el puto despertador seguía con el pitido maldito.  Por allá paró solo, como si le causara una gracia loca y tuviera que dejar de hacer ruido para poder reírse tranquilo.   Me quedé unos momentos boca arriba.  Las manos atrás de la nuca, sintiendo el frío de la madrugada mordiéndome los brazos y terminando de despertarme.  Después largué la risa.  Qué otra cosa podía hacer?

No es precisamente mi idea de una aventura de una noche.  Lo único que me falta es convertirme en Mugo Nagava, el increíble personaje de Balcarce y Manco.

Si hay algo verdadero en la vida de un hombre, es un sueño

Ernesto Sábato

Todo muy lindo, Ernesto, pero voy a tener que dejar de conocer chicas mientras duermo.  Probablemente lo mejor sería cambiar algunas palabras de esta última frase y conocer chicas con las que dormir.

De todos modos es una mejora.

Sólo me queda cambiar la sintaxis y listo.

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2 Respuestas a “Mejorar la sintaxis

  1. Jajaja, no me la esperaba!
    Lindo nombre parecía, igual.
    Leíste “La noche boca arriba”, de Cortázar?
    http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/nocheboc.htm

  2. No lo he leído, no, pero ahora con el enlace se soluciona. Gracias! 🙂

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