Cena

Gracias Marcelo!  Por el proof reading, la edición relámpago y, sobre todo, la onda.  Muy agradecido, vo’ 🙂

A vos que vas a leer: esto no trata sobre gastronomía.


I’m gonna set you free, yeah
Jefferson Airplane


And the perverted fear of violence
Chokes the smile on every face
Leonard Cohen

Dejame ver qué hay para saborear esta vuelta
La Renga

Ah I don’t believe you’d like it,
You wouldn’t like it here
Leonard Cohen

12 de setiembre de 2011.  Los fríos del invierno iban quedando atrás.  Los árboles despuntaban brotes nuevos.  La vida estaba por estallar de nuevo, como cada año.  La luna era un faro maravilloso.  Me la quedé mirando un rato largo, ensimismado.  Como quien mira a los ojos a su enamorada.  Todo nuevo, todo de nuevo.  El renacer, quizás.  Quizás.

El motivo oficial para encontrarnos era cenar.  En casa.  El tiempo, cálido y cargado de los olores de la inminente primavera, puso su granito de arena.  Nada más vernos supimos que la comida era una pura excusa; no nos mentimos ni un segundo de más.  Nada de palabras de amor, ni velas, ni charla superflua, ni copas de largo pie. Necesitábamos darnos una buena revolcada.  Ella parecía apenas tensa, pero yo estaba hecho un arco.  Hacía mucho desde la última vez que nos habíamos visto.  Así que descorché la botella y preparé la cena.  Nos tomamos el tiempo justo y nos miramos por encima del borde de los vasos, sin hablar apenas.  Buscándonos.

Empezamos despacio… empecé despacio, a pesar de la urgencia.  Cada vez, las veces anteriores y ahora, estuvo en control de la situación, dueña de una claridad y un entendimiento que a mí siempre me faltó.  Así que ahí estaba, haciendo un esfuerzo para no apurarme, para controlar la ansiedad, el Hambre.  Teníamos toda la noche y no había necesidad de correr.  Control.  Tanto control, tanto control, que al final dejé de funcionar.  Por allí abajo no se movía nada.  Mi cabeza y mi voluntad la deseaban a gritos, todo mi cuerpo… abierta, entregada, dispuesta, increíblemente hermosa y con ese perfume que me encantaba.  Todo mi cuerpo la deseaba a morir… menos la poronga.  La poronga no quería ni hablar del tema; era un pedazo de carne fofo y bobo, más inútil que un tiro en la cabeza.

— Dejame que te ayude, me dijo al oído, invitadora.
— Salí, contesté frustrado, casi furioso.  A esta mierda no hay quien la levante.
— Dale, bolas, dejate de machismos al pedo y dejame jugar un ratito.  Dale…, insistió y me estampó un beso húmedo y caliente.  Así que la dejé jugar.

Me tendió boca arriba y se acostó sobre mí.   Cada centímetro de su cuerpo presionando el mío.  Me besó largo rato.  En la boca, en la cara, en el cuello, casi sin moverse.  Solo el mimo infinito y el calor.  Apoyó los pies y las manos en el colchón y apoyándose apenas, empezó un movimiento de vaivén.  Atrás, adelante, atrás, adelante, despacio, apenas rozándome.  Los muslos, los pelos del pubis, el vientre, las tetas, la lengua, los brazos.  Todo me rozaba.  Suave, lento, luego con firmeza, después más rápido, para volver a ir despacito.  Cuánta levedad!  Era enloquecedor y me empezó a hervir la sangre.  Un cosquilleo hizo amago de aparecer por allá abajo, pero desapareció en cuanto le presté atención; mastiqué una puteada.

—Sshh… no pienses, me dijo.  Concentrate en mí, solo en mí.
Y lo hice.  Quise tocarla, abrazarla, aferrarla, pero no me dejó.
— No. Quedate quietito.  Sentime, disfrutá…

La sentí, pero no llegué a disfrutarla del todo.  Algo más me distraía.  Un algo al  borde del pensamiento.  Como cuando ves un movimiento con el rabillo del ojo, pero no podés decir qué es.  Ella seguía en lo suyo.  Entregada.  Atrás y adelante.  Compenetrada.  Totalmente en el presente.  Apenas rozándome.   Atrás y adelante.

Un gruñido empezó a formarse.  Fue más o menos cuando me di cuenta de que estaba adentro, rígido e hinchado.  Ella ya no jugaba.  Se hamacaba suavemente y gemía mientras me apoyaba las manos en el pecho.  Y yo sentía el gruñido que nacía, se agrandaba y se me adueñaba del pecho.  Empecé a tomar el control, pero sin ser consciente apenas.  Era hora de otro juego.

Embestí.  Más adentro.  Sincronicé mis embestidas con su vaivén y ella aceleró su cadencia.  La abracé y giré en un solo movimiento, quedando arriba.  Me echó los brazos al cuello y me acercó a ella.  Sus piernas se trenzaron a mi espalda.   Escuchaba su respiración y sus jadeos pegados a mi oído; sentía su corazón a toda velocidad.

Lentamente, mezclado con el gruñido, empecé a sonreír; una sonrisa de dientes apretados y embestidas feroces.  Cuando empecé a mordisquearle el cuello me hundió las uñas en las espalda, haciéndome rugir de dolor y placer a partes iguales.  Un rugido rojo, Despierto.

Mordí los pezones y ella enloqueció.  Fui al hombro y mordí con más ganas;  esta vez quería su dolor; lo necesitaba tanto como sus jadeos.  Ella se entrecortó y  quiso sacudirme, sorprendida. Dijo unas palabras de reproche que no entendí, pero no paré.  Toda la vida del mundo estaba en movimiento y no íbamos a detenernos.  Cómo hacerlo?  Sentía nuestra sangre, su sangre, caliente y tumultuosa, corriendo acelerada a una piel de distancia y la deseé.  Deseé su sangre y su carne tanto o más que a su cuerpo, que ya era mío.  Todo era mío.  Todo.  Sus pensamientos y hasta su alma, en ese momento… por qué no también su sangre?

Volví a morder.  En el cuello. Hacia adelante, cerca de la clavícula, donde sentía el latido, fuerte y nítido y desbocado.  Gritó.  Sus manos, como garras, se inmovilizaron mientras buscaban dónde asirse.  Volví a morder.  En el mismo lugar.  Más fuerte.  Volvió a gritar, más fuerte.  Unos gritos de gloria.  Un lobo frente a un cervato.  Indefenso, con miedo.  Destinado a saciarme, tanto tiempo pospuesto.

Tanto tiempo.

Todo mío.

Volví a morder.  En el mismo lugar, más fuerte.  Ella volvió a gritar, más fuerte, aterrada, pero esta vez no aflojé la presa.  Seguí atenazando esa arteria con mis dientes, cada vez más profundamente.  Sus piernas se sacudieron, desesperadas.  Forcejeaba, frenética, tan linda en su coraje.  Aahh, tan hermosa.  Tan viva.  Me enardecía.

Algo cedió.

Su cuello y yo llegamos al clímax a la vez, desbordándonos, ahogándonos.

En mi cabeza sonaba un aullido que parecía una risa; una risa que aullaba; un sonido sin voces que me empujaba a morder más y más profundamente, hundiéndome en su vida, que fluía caliente y espesa, con un olor dulce y nauseabundo.  Demoró un buen rato en dejar de moverse.

Tanta Hambre…

۞

Desperté sobresaltado, con la ropa empapada y tiritando de frío, en la playa.  Era temprano en la mañana y el sol apenas estaba asomando.  En la derecha tenía una botella de vino vacía y había una mancha roja, desvaída, en la arena.   Medio me senté en la arena y busqué con la mirada a Claudia, sin encontrarla.

Estaba cagado de frío y con ganas de un desayuno calentito.  Qué noche tan increíble, pensé para mí, mientras trataba de levantarme para volver a casa.   La comida y el vinito, ricos.  La parte del sexo, alucinante.  Si no hubiera sido por esa pesadilla tan rara, habría sido perfecta.  Abrí la boca en uno de esos bostezos de perro, largos y amplios,  y se me saltaron las lágrimas de dolor.  No había músculo de la mandíbula que no me doliera.  Más que dolor.  No podía ni abrir la boca.  Era un martirio tan solo intentar moverla.  Junto con la llegada del dolor, un montón de imágenes empezaron a caer como fichas de tragamonedas.

De repente me dio un miedo tremendo a volver a casa…

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5 Respuestas a “Cena

  1. Me gusta. 🙂

  2. ta bueno…

  3. si se hubiera mandado un viagra, nada de eso hubiera pasado…

    es broma, está bueno! 😀

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