La accidentada vida de Juan Gregorio

Hola.  Mi nombre es Juan Gregorio Rojas.  Mamá es una mujer sencilla y práctica, de ella tengo mi primer nombre.  Papá fue un soñador medio caído del catre, así que de él, además del apellido, tengo mi segundo nombre… por si salía papa, santo, o me dedicaba a armar almanaques.  Le hacía mucha ilusión que un día Su Santidad, lo saludara con un “Buenos Días, Padre”.  Cosas así.  Aunque podría haber sido peor, visto lo visto.  Papá se llamaba José Adolfo gracias al abuelo, hombre previsor y prudente, que lo bautizó a papá en plena guerra, así que ya ves.

Finalmente, salí medio eletricista.  Medio, porque uno hace lo que puede y con título o sin él, hay que ganarse el puchero.  Así que ahí estaba yo, el domingo, tranquilo en casa, tomando unos mates.  Estaba pensando en que el lunes, hace un par de días, tenía que ir a la estancia nueva que está armando la porteña cerca de El Caño.  Tiene un apellido raro que no hay Cristo que lo pronuncie, así que pa’ todo el mundo es “Doña Karen”.  Bastante laburo, pero bien pago.  La Doña no es tan agarrada y yo no le doy problemas, así que me cumple bien.

Hasta que me aburrí de pensar en el trabajo un domingo y me puse a pensar en el fúbol.   Jugaba el Sur, más tarde, pero no tenía con quién ir, así que dejé el mate, prolijito al lado de la silla, agarré la moto y me fui hasta lo del Peteco, a ver si no tenía ganas de ir a ver el partido.  Total, después volvía y terminaba de tomar mate tranquilo.  O sea, quise ir a lo del Peteco. La verdá es que ni fui a lo del Peteco, ni terminé de tomar mate y ni me acordé más del partido de porquería ese.

Yo lo vi, al perro.  Venía subiendo por la callecita que sale al lado de la plaza de toros y él entreparó y yo medio aminoré, pero como el medio entreparó, yo seguí y no le di más bola… una lástima, mirá, porque se ve que el perro mugriento tuvo la misma idea que yo.  Cuando quise acordar, solo vi un manchón adelante mío.  Le clavé los frenos a la moto, pero hace 5 días que llueve, así que la moto en vez de frenar, derrapó.  Derrapó la rueda de atrás y yo lo calcé al perro podrido con la de adelante.  Arriba del guardabarro, lo dejé.  Tan bien lo calcé que en un momento íbamos la moto y el perro y yo, todos juntos y de costado y sin tener ni idea de cómo hacer pa’ frenar ni pa’ bajarnos.  Al final, la moto se las ingenió pa’ frenar sola, el perro se las ingenió pa’ bajarse solo… y yo no.  Se me enganchó la bota ‘e goma en la parrilla cuando estaba boliando la pata pa’ bajarme y me fui al suelo con moto y todo.

Me raspé hasta la cédula, aunque la moto, por suerte, es bastante dura y bruta y se melló un poco el puño del embrague nomás.  Y tras cartón, una vieja que empieza a los gritos “Mi perrito!  Mi perrito! Ay, lo que le hizo a mi perrito!”  y yo pa’ mi iba pensando, “Calmate, Juan Gregorio, calmate”.  Tuve un momentito, en que estuve tentado a largarle un “Vieja argolluda, atalo con correa a ese perro de mierda”, pero no.  Porque uno debe tener un respeto, no?  Así que en vez d’eso, le dije que “Mire doña, haga el favor de atar al perro, porque un día se va’ lastimar alguno, con el bicho suelto”. Y al final se tranquilizó la mujer y yo me fui pa’ casa, aunque al perro no lo vi más.

Al final, seguí pensando en lo que tenía que hacer el lunes y me acosté temprano, sin ver fúbol, sin terminar el mate, caliente y dolorido.

El lunes también amaneció medio lloviznando.  Envolví la caja de herramientas en nylon y la até a la parrilla de la moto, enrollé el alargue bueno y me lo colgué del hombro y salí pa’ lo de Doña Karen.

Llego y abro el portón y cuando voy cruzando los muchachos que estaban emprolijando las plantas me dicen que le de tranquilo que ellos cierran.  La casa está como a dos cuadras del portón.  Semejante campo es, y el camino estaba medio embarrado por la lluvia.  Así que yo pensé que podía divertirme un rato con el barro y la moto y ta’.  Metí primera, aceleré un poquito y ahí le hundí el corcho a fondo, metí segunda casi sin desembriar y sobre el pucho la tercera.  La idea era que, esta vez sí, derrapara.  En vez d’eso, la moto dio media vuelta completa y quedé mirando pa’ la calle de nuevo.  Tan desorientado quedé, que otra vez me fui de cabeza al suelo… entre el barro y el agua.

El veterano que estaba atando la viña a la derecha del camino de entrada tenía una bolsa enorme a la espalda, de la que asomaba un montón de mimbres.  Podrás creer que el guaso se descolgó los mimbres de la espalda pa’ poder reírse más cómodo?  Se hincó de rodillas en el piso y palmoteaba en el suelo como si le estuviera contando hasta cien a un peleador.  Era una carcajada finita como un cacareo que salía de una boca pura encía.  Más me miraba y más se reía, el vago.

El otro, el que estaba cortando la alfalfa del otro lado del camino, paró la rotativa y se tumbó de panza arriba del guardabarro del trator.  Bramaba de risa el muy hijo ‘e puta.  Yo entre mí lo miraba y le mandé un pedido chiquito a Dios, a ver si lo hacía caer de culo en el barro, por pavo, pero se ve que Dios también se estaba riendo de mí, porque ese día, el único que se cayó con el ancho del lomo en el barro fui yo.

Los que estaban rastrillando el pasto recién cortado de la entrada se apoyaban en las herramientas y se sacudían de risa mientras se enjuagaban las lágrimas.

Y yo chorriando agua, mojado hasta las bolas, aunque de un solo costado, eso sí, con todas las herramientas medio empapadas, con un frío de campeonato y con todo el día por delante para estar así.

Pero esa no fue la mejor.  Porque mientras iba trabajando en la obra, iba de brazo abierto, el izquierdo, como con el sobaco paspado, porque si juntaba el brazo, el buzo y la camisa como que se escurrían de toda el agua y me corría el chorro finito por las costillas que era una tortura de no terminar nunca.  Recién al medio día me pude cambiar y ponerme ropa seca.  Un alivio, la verdá.

Pero la del campeonato fue cuando, ya terminando el día, me puse a juntar todas las herramientas.  Me puse a juntar las herramientas y no me di cuenta de que el alargue del taladro, además de medio mojado, todavía estaba enchufado.  Lo agarré con las dos manos, pa’ enrollarlo, ahí fue cuando sentí las manos como con un imán y se me juntaron.  No me preguntes cómo hice pa’ reacionar y pegar el sinchón una pa’ cada lado.  Así hice, CHAS! y pude soltar el cable, pero perfectamente me podría haber eletrocutado, te juro.  No me eletrocuté de puro pedo, pero me gané un patadón que entré en un solo temblor a la casa.  Hasta ayer me duraron las sacudidas.

Y todo eso entre el domingo al medio día y el lunes de tarde… a lo mejor el viejo tenía razón y tendría que tirarme a papa.  No sé bien cómo se hace eso, pero seguro que es más fácil que ver un partido de fúbol y hacerle la intalación elétrica a Doña Karen.

Lo que sí te digo, es que nunca voy a ser corredor de motos.  En cuanto pueda me compro una camionetita, porque así no es vida.

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