Salto al vacío

Me agacho, apoyo la mano derecha en el borde y salto formando un arco con las piernas.  Todo en un solo movimiento hecho con la soltura que da la práctica.

Algo va mal.  Lo sé al instante.  Si alguna vez ha habido algo instantáneo en la Historia del mundo, eso es mi toma de conciencia de que algo está rematadamente mal.  El piso, probablemente.  El piso parece estar infinitamente lejos.  Y cuando ese conocimiento te llega cuando estás en el aire, no es precisamente una buena noticia.

Así que bien, estoy en pleno salto, en el aire, fuera de todo asidero efectivo, el piso está bastante más lejos de lo que sería perfectamente saludable… y está oscuro.  Mi mano derecha sigue aferrada al borde, más para mantener una referencia en medio de esta rápida ceguera que para detener mi caída.  Lo último es imposible, no hay vuelta atrás.  Toda mi atención se centra en un único y minúsculo detalle: no romperme nada.

Hago una comprobación rápida de la situación.  Estoy casi horizontal.  Salvo que seas una avioneta, no es el escenario más adecuado para un feliz aterrizaje.  Corrijo la posición.  Tengo las piernas rectas y rígidas.  Las flexiono y trato de aflojarlas un poco.  Sigo bastante inclinado hacia adelante.  Caer e irme de jeta tampoco es tan buena idea.  Corrijo otro poco la posición.  Todavía voy en el aire, así que todo está bien, de momento.  Por un ley inmutable de la Naturaleza, siempre que vayas en el aire, todo estará bien.  Lo que mata no es la caída, es la frenada.  Intuyo que el piso se acerca, aunque no pueda verlo.  En algún momento de ese proceso, me acuerdo de soltar mi mano derecha, lo que resulta ser una idea fantásticamente astuta.

El golpe me toma por sorpresa.  Olvidé acomodar la posición de los pies, así que tomo contacto con los talones primero y pierdo cualquier vestigio de equilibrio que pueda haber esperado tener.  Las rodillas chascan y ceden.  Las piernas se doblan.  Siento el movimiento hacia atrás y comienzo a ovillarme como un bicho bolita.

foto vía: Pires míos.

Mis piernas llegan al final de su recorrido, amagan rebotar y yo empiezo a rodar hacia atrás.  Ruedo sobre el desnivel del piso y veo pasar a toda velocidad una sombra más oscura que se adivina bastante más dura que yo.  Pego el mentón al pecho y dejo que esta buena mujer, Gravedad, haga su trabajo como mejor quiera.  Cuando el mundo se aquieta yo me quedo inmóvil hasta saber dónde estoy.  Lentamente, milimétricamente, me voy incorporando… hasta sentir una punta dura que se apoya en mi espalda.  Es la esquina de la escalerilla.  Si me hubiera levantado a lo bobo, el encuentro entre ella y yo no hubiera sido ameno ni divertido.  Es lo que tiene el acero:  si lo querés prepotear, generalmente perdés.

Hay varias cosas que me llaman la atención: no me hice ni un rasguño; no me duele nada; el tiempo se hizo tremendamente lento, ya que toda la maniobra no duró más de un segundo y sin embargo puedo hacer un raconto de cada instante… curioso; el error en los cálculos no fue de más de 30 centímetros.  Treinta.   Y hacen toda la diferencia.  Creo que hay una enseñanza aquí:

Los últimos 30 cm son los peores

En el contexto adecuado puede ser una frase divertida…

Tarde acude a mi recuerdo una de las máximas preferidas por Confucio:

No seas pavote y fijate lo que vas a hacer antes de bajarte de un camión.

La filosofía oriental es maravillosa.

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Una respuesta a “Salto al vacío

  1. Pancho me dejaste en el aire… ¡no se te puede dejar solo un momento ¿eh?! menos mal que Confucio ‘el menor’ estaba al acecho

    beso(s)

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