Leyendas del Uruguay profundo

Promediando la década de los ’60, Alberto era un gurí de 16 o 17 años.  Podía leer si no lo apuraban y sabía escribir un poco.  Había terminado la escuela hacía un par de años y era peón y vivía en un establecimiento ganadero de pequeño tamaño, a medio día a caballo del pueblo y a una hora del núcleo social más importante de la zona: la pulpería de Stanislas Mikusinsky, un francés atravesado conocido como el Polaco Estanislao.

Durante el día Alberto trabajaba en los quehaceres de campaña y una o dos noches a la semana se dejaba caer por lo del Polaco a tomarse una caña y ver un poco de gente.  Aunque más no fuera, el mismo grupo de peones con los que trabajaba a diario, pero tomándose una y charlando tranquilos y jugándose algún cobre a las tabas o al truco.

Tenía poco roce con mujeres, sin embargo.  Andando bien, iba al pueblo una vez al mes y más a menudo, una vez cada dos meses.  El patrón tenía dos hijos varones, Doña Julia tenía como 50 años y Estanislao se la había jurado, revólver en mano, la última vez que lo había visto ronceando a su hija Sabina, que no era muy linda, pero era la única mujer disponible a la que podía aspirar la peonada en kilómetros a la redonda… y Estanislao lo sabía.

En esa situación, joven, vigoroso y con la sangre hirviendo un día sí y otro también, Alberto se consolaba como podía, tratando de hacerlo de la forma más discreta posible.  Claro que, él no podía saberlo, en el medio del campo y rodeado de pícaros, no existe tal cosa como “ser discreto”.

Una noche llegó Alberto a la pulpería, pidió una caña y se acodó al mostrador, mirando sin ver la imagen que le devolvía el maltrecho espejo rodeado de botellas a medio vaciar y flanqueado por viejos almanaques salpicados de cagadas de mosca.  Estaba cansado y como rumiando ideas.

A una mesa de distancia, Juaquín, el capataz de la estancia, ya hacía rato que estaba ahí junto a otros parroquianos.  Juaquín lo miró a Alberto de reojo y con una media sonrisa le hizo una seña a Santiago, compañero de mil soles y tropeadas.  Santiago empezó, hablando apenas fuerte.

—Vio lo que le pasó al Julián, don Juaquín?
—No  —dijo Juaquín, curioso.  —Cuénteme.
—Se le armó mesejante puterío en la casa, con la mujer.
—Y eso por qué?  Le levantó la mano?
—No, mucho peor!  La chancha parió y salieron toditos los chanchito con cara de cristiano!  La Susana está malasa!  Los mataron a todos, pa que no quedara huella y ella amenazó con coserlo al Julián a puñaladas si seguía con esas cosas, como si ella no le alcanzara y precisara montar un bicho, como si fuera un gurí desesperao.
—Y sí  —dijo Juaquín—, es lo que tiene.  Cristiano y chancho no se pueden mezclar, lo sabe todo el mundo.  Endispué vienen las tragedias.  Y la Susana tiene razón.  Semejante hombre con semejante mujer, buena y trabajadora y caderona:  qué necesidá de andar haciendo invento.  Ese Julián es un abombáu, no aprende más.

En el mostrador, Alberto había parado la oreja hacía rato y se le había atragantado la caña en pleno buche.  Desde el espejo, un gurí igual que él lo miraba con los ojos grandotes de susto.  Esa noche se tomó una sola y se despidió temprano porque tenía que madrugar.

Una noche, a dos meses de la noticia sobre el Julián, Alberto comió temprano y se fue a dormir.  Llevaba una semana en ese tren: cenaba a eso de las 7, y para las 8 ya estaba durmiendo.  El patrón estaba preocupado.  Estasnislas le había contado con placer que el gurí hacía días que no se aparecía por la pulpería y a pesar de dormir todas las noches, Alberto tenía unas ojeras de andar en carretilla y andaba medio como sonámbulo todo el día.

Juaquín pasaba a las risas, pero nunca dijo ni media palabra.  Santiago y Julián, a quien Alberto había querido sonsacar con torpeza, tampoco.  El Polaco sentía curiosidad, porque en la pulpería cada tanto largaban la carcajada sin decirse nada.  Aunque nunca le importó no saber.  Sabina estaba más tranquila, desde que faltaba el Alberto, y Estanislao era feliz con eso.

Lo que el patrón no sabía, era que a eso de la medianoche, mientras el resto de los peones dormía, Alberto se levantaba sin hacer ruido, iba al galpón de las herramientas, agarraba una horquilla y se iba despacito hasta el chiquero, donde la chancha estaba por dar cría.  Una noche tras otra hasta que clareaba el otro día.  Y luego trataba de quedarse medio cerca, por las dudas.  Arreglando los gallineros, poniéndole bleque a los techos de chapa de los galpones, engrasando los arados, estirando los alambrados de los potreros, limpiando la bosta del embarcadero de ganado y del tambo chico.  Siempre a pocos pasos del chiquero, por las dudas.

Cuando la chancha finalmente fue a parir, una madrugada fría y medio lluviosa, Alberto esperó a cada chanchito horquilla en ristre y conteniendo el aire.  Se había hecho una promesa solemne: en cuantito asomara el primero con cara conocida, lo lanceaba sin pensarlo.

Diez chanchitos y una placenta más tarde, Alberto se fue a dormir, después de 10 días en vela.  Estaba tranquilo y ni el patrón pudo despertarlo ese día a pesar de ser pasado el mediodía.

A las pocas semanas Alberto pidió que le arreglaran las cuentas y se fue de la estancia rumbo al lejano Canelones.  Algún tiempo después se hizo camionero, el campo no era lo suyo.

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