Mi reino por un plato de pappardelle!

Cuánto trabajo para poder llegar!

No recuerdo bien cuáles fueron los obstáculos pero fueron muchos y difíciles de salvar.

Iba acompañado, y fue realmente un alivio que los dos llegáramos a salvo… pero tampoco recuerdo quién me acompañaba.

Ya puestos, tampoco recuerdo el lugar al que llegamos.  Sí sé que era una habitación amplísima, con una enorme mesa central, del tipo hecha de tablones sobre caballetes, y con largos bancos de madera cada lado.

Sobre la mesa: pasta.  Pasta fresca de todo tipo, cortas y largas y rellenas y redondas y rectangulares y… salsas.  Ollas y ollas con cualquier cantidad de tipos de salsa.  Olores, colores, texturas, suficientes para hacer babear al mismísimo Mandinga, si el mismísimo Mandinga tuviera la fortuna de poder babearse por un plato de pasta fresca con salsa.

Alrededor de la mesa, un lote de cocineros vestidos de inmaculado blanco se afanaban dando los toques finales de lo que parecía un banquete de aúpa.

Y yo me senté en un pequeño taburete.  Agotado.  Encorvado.  Ajeno y triste, vaya uno a saber por qué.  Hasta que en un momento salí de mi ensimismamiento y empecé a contemplar esa mesa grandiosa, maravillado, con la mirada súbitamente brillante de placer… y deseo.  Una Gula como no imaginara jamás El Bosco.  Pero estaba tan, tan cansado.

Hasta que uno de los cocineros me toca el hombro y me dice:  qué te vas a servir, Panchito?  Y yo fui feliz y una sonrisota me colmó la cara y los ojos mientras le contestaba: pappardelle.  Pappardelle con una albahaquita, por favor.  Una albahaquita estaría bien, sí.

Mientras me servía, desde la otra punta de la mesa, un vago me gritaba ¡y este es el postre!  Mientras me mostraba una especie de pan pita gigante.  ¡Esta tartarella va rellena de chocolate! A saber lo que es una tartarella, pero a mí me alcanzó para renovar el babeo.  Que se multiplicó cuando me trajeron la comida.

Qué placer cuando tuve finalmente el plato de humeante pasta fresca frente a mí!  Ese aroma de ajo y tomate y albahaca y un toquecito de estragón con una pizca de nuez moscada, era fantástico.  Y la pasta!  Los pappardelle, anchotes  y amarillos y flexibles y con la textura justa para que la salsa se adhiriera a ellos, cubriéndolos de maravilloso rojo, con la albahaca fresca en chiffonade recién agregada y al lado, el cuenco con el queso parmesano más finamente rallado que puedas recordar.  Y enfrente?  Un copón con un vino del rojo rubí más alucinante que vas a ver en tu vida!  Colmé el tenedor y…

ahí sonó el despertador, me levanté a las puteadas y me fui a trabajar, sintiéndome totalmente estafado, la-pú-ta-que-ló-parió!

La realidad es una mierda.

Mirá que dejarme sin fideos a mí!  Un ultraje!  Así que tá!  El sábado al mediodía, si quieren venir a almorzar, ya saben el menú.  Y si no encuentro pappardelle en este pueblo de mierda, me los hago yo mismo, porque yo no me quedo con estas ganas, ni loco! Entendido?

Bien.

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3 Respuestas a “Mi reino por un plato de pappardelle!

  1. Y si los hacés en casa de mamá?? 🙂

  2. Pingback: Logorrea | 42

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