Logorrea

No entiendo cómo hice para dejar de fumar. Sé por qué lo hice. Eso es fácil. O dejaba de fumar o dejaba de practicar kuoshu. El régimen de entrenamiento físico de las artes marciales me puso contra la pared. No sé cómo lo hice. Me sigo considerando un fumador. Un fumador que no agarra un pucho desde hace tres años, es cierto, pero sigo siendo el mismo enfermo vicioso de siempre. En noviembre van a hacer tres años. Un 22 de noviembre. Tres años. Lo único que hice de provecho en estos tres años, fue dejar de fumar. Pocas tallas, pocos logros, pocas relaciones, poco avance, las mismas dudas, los mismos miedos, la misma neurosis… pero sin el cigarrillo. No entiendo cómo lo hice. Me maravilla y me repugna a la vez. Me detesto por mi autocontrol en ese sentido. Odio esta puta determinación que me impulsa a rechazar incluso la idea de volver a prender un pucho. Siempre fui permisivo en relación a las tentaciones. Teníamos una relación amistosa, las tentaciones y yo. Ellas venían a pedirme algo y yo les decía que no. Pero era simplemente no. Pocas veces era NO. Entonces las muy guachas se ponían juguetonas, remolonas, elocuentes y finalmente las dejaba hacer lo que querían, como un gurí al que se le concede un capricho con una sonrisa indulgente. Incluso tengo una remera que lo testimonia. La conseguí en Lima. Es negra y tiene un conejo en el pecho. Un conejo blanco, de moño azul y con sonrisa de parranda. Por detrás asoma una cola roja terminada en aguijón. En una mano tiene un porrón de licor. En letras rojas, arriba, indica mi signo: Escorpio. Debajo, en letras blancas, aparece la leyenda: Podemos resistir las tentaciones, pero no nos interesa. Sin embargo, acá estoy: sin fumar.

Y sólo el MEV sabe cómo lo extraño. No pasa un día en que no sienta el impulso feroz de fumar. Recuerdo la sensación. El placer. La urgencia que se aplaca. La vida que se calma. Cuando prendés un pucho, el caos del universo al completo se aquieta. Creo que nadie que no sea adicto a alguna mierda puede llegar a entender ese concepto tan breve. A través del humo, todo se centra. Y hablo de tabacus vulgaris, nada de cosas raras. El cigarrillo es la más perfecta de las drogas. La marihuana, en comparación, es como hablar de caramelos. Nunca tuvo ese influjo sobre mí, a pesar de que con María nos conocemos casi desde la misma época de mi encuentro con el tabaco. Claro que los gobiernos del mundo, en general, no recaudan un peso de impuestos por concepto de porros, que es la razón por la que el cigarrillo es legal y la maruja, no.

Pero me voy por las ramas: cuántas ganas de fumar un puchito! Curiosamente, cuando veo a alguien fumando al lado mío, no me dan ganas. Al contrario, me rompe bastante las pelotas el olor nauseabundo del tabaco. En cambio, cuando veo fumar en la tele, flasheo en tres colores. Cuando el muchachito de la peli, recién molido a trompadas, se sienta tambaleante en el cordón de la vereda y prende un pucho entre la jeta partida, me inunda un sentimiento poderoso de solidaridad. Te entiendo, vago. Sé exactamente cómo te sentís. También viene la envidia: menos mal que tenés un cigarro, para sobrellevar el mal trago… si fueras un pelotas de hule de esos que dejan de fumar, como yo, estarías cagado a palos y sin el más puto consuelo. Da gracias al MEV!

Claro que hay vicios y vicios. Algunos son abyectos, como trabajar, por ejemplo, o peor, pagar impuestos. Pero otros no. Otros, dependiendo del lugar en el que uno se ponga, son pequeñas dádivas que te da la Vida.

Por ejemplo, atrás de la casa del tío, que era la casa del abuelo, están los galpones donde antes se hacía la esquila, el tambito medio desmantelado, los potreros de encierro y el embudo y la manga de embarque para ganado. Más allá, línea de eucaliptus de por medio, un campo y detrás, lo de Atanasio, oculto por la primera línea de árboles.

Cuando era gurí y hasta bien entrada la adolescencia, siempre que podía me daba una vuelta por allí. Le voleaba la pata al alambrado y me iba despacito, como paseando por el campo, viendo como se acercaba la línea del monte. A veces llevaba el rifle, un Brno 8 hermosísimo, o la vieja escopeta del abuelo, una calibre 20 de un solo caño, liviana como un suspiro pero fantásticamente letal, o la honda de tres tiros, o un bastón, o la chumbera, o las manos en los bolsillos y un chiflido en los labios. Pero sin importar cómo fuera, siempre, invariablemente, se me aceleraba el pulso. Expectación.

Lo de Atanasio es un viejo casco de estancia, abandonado por la gente primero y ganado por el monte después. La casa es enorme, de dos plantas. Ni bien entrás, te recibe una de las estufas a leña más grandes que he visto. En su chimenea habita, o habitaba al menos, una colmena igual de imponente. Ni soñar con acercarse a menos de 5 metros de distancia. En cuanto las tablas apolilladas del piso empiezan a crujir, todo el bicherío se pone en alerta. “Alerta”, para las abejas, todo el mundo lo sabe, es lo mismo que decir “al primero que aparezca lo carneamos”.

Junto a la puerta norte hay una palmera, frondosa y saludable. Un lugar ideal para que las palomas de monte, grandes como pollos, aniden. Solían zurear por el suelo en grupos de 10 o 12, picoteando lo que hubiera que picotear. A veces, cuando andaba con la escopeta con munición fina, me acercaba pasito a paso por el lado ciego de la casa esperando que se colocaran de la forma correcta. Cuando finalmente lo hacían, me bastaba bajar la escopeta, alinearla horizontalmente y apretar el gatillo. Difícilmente tumbara menos de 6 bichos: la mitad del escabeche de un solo tiro. Me acuerdo clarito que quedaba un reguero de plumas, como en un dibujo animado del Gallo Claudio. La paloma que estaba más cerca solía quedar como ofrenda a la Pacha Mama: la mirabas y se desintegraba, de tantos perdigones, pero el resto quedaba bastante bien.

Bueno, tampoco es para tanto. Cuando sos un niño, en medio del campo, tu idea de la crueldad es que tu vieja te mande a dormir la siesta una tarde verano, en vez de dejarte salir a jugar en la costa del arroyo; y además, me comía todo lo que mataba. No había maldad en la acción, era simplemente un golpe de buena suerte. Maldad era comerte los merengues asados que mamá tenía reservados para cubrir la torta del domingo… bueno, eso e intentar enseñarle a nadar a los pollitos de la abuela. No hay manera de que un pollo aprenda a nadar, te lo prometo. Pero me voy por las ramas.

Esa hecatombe con las palomas la hacía no más de dos veces al año. No era cuestión de volver el ambiente tan hostil que se fueran al diablo. La abuela y mamá hacían unos escabeches que eran un ensueño. Cada tanto te tropezabas con algún plomo, pero si masticabas con cuidado no había problemas. Yo quería seguir comiendo escabeches! A eso le dicen… le dicen… tiene una “g” al medio… cómo era? Cinegética? No… Cómo era? Mierda! Maldito alemán! Como sea, hay una palabra que se usa cuando el cazador tiene un mínimo de criterio; el suficiente como para pensar en la temporada siguiente. Me encantaba cazar. Era un vicio, podría decirse. Podía pasar horas esperando que volviera un bicho a su nido. Nunca tuve paciencia para pescar, pero el acecho es distinto: a diferencia de los peces, vos sabés que tu presa tiene que volver en algún momento… además, podés verla.

Hacia el otro lado de lo Atanasio, hacia el sur, lejos del monte, había un campo que terminaba contra los terraplenes de la vía del tren en su esquina este, y sobre una pequeña laguna alimentada por un arroyo cercano en su esquina oeste.

Entre las dos esquinas, a unos 50 metros de cada alambrado, había dos talas inmensos. De la misma manera que iba al monte a buscar palomas, solía recorrer ese campo buscando perdices. Recuerdo clarito una tarde de principios del verano. Eran cerca de las tres y salí con la escopeta al hombro.

Recorrí todo el largo del campo bastante rápido, digamos media hora, sin encontrar un solo bicho, hasta que llegué a la pequeña laguna. Ahí la verdad es que me aburrí. No tenía tantas ganas de caminar ni de cazar. Una de las cosas más fantásticas de la escopeta del abuelo era cuando la abrías para recargarla, si apretabas un pequeño pasador, quedaba girando libremente en su bisagra. Así podías doblarla en dos para meterla en la funda corta… o para que quedara cómodamente apoyada en tu hombro si sólo querías pasear sin tener que llevarla en la mano todo el tiempo. Así que abrí la escopeta, me la puse al hombro y enfilé despreocupado hacia el lado este del campo, que daba a la carretera que pasaba frente a lo de mi abuelo. Cuando pasé el primer tala, levantó vuelo una pareja de perdices y salió derecho en mi misma dirección. Ahí cambié de frecuencia. Un circuito se cerró en mi cabezota y el vicio ganó sin esfuerzo. Cerré el arma, la amartillé, apoyé firme la culata contra el hombro y empecé a avanzar despacio. Alboroto de alas. Levanté la escopeta, tiré por reflejo y bajé una. Recargué. Llegué a la perdiz, la metí en la bolsa y seguí caminando. A los pocos pasos, otra perdiz. Otro tiro. Otra presa. Seguí caminando. Vuelan tres perdices. Otro tiro. Otra presa. Cuando voy llegando al segundo tala, veo que vuela otra pareja de perdices, pero en dirección al primer tala. Con el bichito de la matanza en la sangre, doy media vuelta y desando el camino. Erré un par de tiros, pero entre esa ida y otra vuelta, conseguí 8 preciosas perdices. Ellas volaban de un lado al otro entre los dos árboles. Ni se les ocurrió volar a un costado, o planear un poco más lejos. Nunca lo había tenido tan fácil. En veinte minutos tuve suficiente para tres frascos de escabeche de perdiz. Era suficiente. Una hora después de haber salido, casi sin transpirar, me puse a desplumar pajarracos. Mamá sacudía la cabeza, incrédula. En retrospectiva, creo que esas perdices pertenecían a alguna secta fanática de tendencias suicidas. Es la única explicación razonable a semejante comportamiento.

Tiempo después dejé la cacería. Fue un día en que salí con otros amigos. Había dejado la escopeta del abuelo y tenía, finalmente, la mía propia. Una CBC calibre 16 de caños yuxtapuestos y martillos ocultos. Culata de madera veteada. Hermosa. Pesada como la culpa pero con un balance del carajo. Eso sí, mientras que con la 20 era un as, con este semejante trabuco no le pegaba a una mierda. Ni por las dudas. Y gastaba plata a lo estúpido, porque no sólo que los cartuchos eran más caros, si no que también solía tirar los dos tiros a ver si le embocaba. Supongo que nunca pude acostumbrarme a la banda central para hacer puntería, después de años de tirar con una escopeta de un solo caño. Ese día saqué la cuenta de los cartuchos que había tirado, y hubiera podido comprar el asado para toda la barra. Los chiquilines habían gastado, entre los tres, un par de cajas de balas… eran bastante más tetas que yo tirando, pero las balas .22 no valían nada. Una tarde completa en 5 campos diferentes, tres rifles y una escopeta y los kilos de munición gastada, daban un resultado lamentable: una paloma inutilizable (uno de los pocos tiros de lleno que acerté con la 16) y dos liebres escuálidas. Y no fue por falta de presas. Los bichos poco más que se tiraban de panza en el suelo a reírse de nosotros. No le embocábamos ni al arco iris.

Las liebres las hicimos en un estofado. El cocinero era Euclides y ya desde el vamos fue todo de mal en peor. Cuerearlas fue un triunfo, porque todos éramos bastante chambones con el cuchillo. Luego, la puesta en limón de la carne para intentar blanquearla un poco, pareció dar resultados inversos: la carne había quedado negra como culo de caníbal. La cosa menos apetitosa que he visto en mi vida! Finalmente Euclides puso el sofrito al fuego y en lugar de cuidarlo, se puso a jugar al truco con nosotros y a tomar vino. Debimos haber sido más responsables y decirle que vigilara la comida, pero creo que no teníamos más de 17 años y la verdad era que nos faltaba uno para el truco. Uno tiene que establecer prioridades, no?

Al final se quemó el sofrito. Juan opinó que unas cebollas quemadas le daban mejor sabor a cualquier cazuela y allá seguimos. Como ya era tarde para comprar verdura de vuelta, nos hicimos la idea de que no era para tanto y le dimos igual. No puedo explicarte lo impresentable de ese menjunje. Un asco. Si no lo más asqueroso e incomible que probé en mi vida, seguro que está en el podio.

Ese día dejé la caza. Ese día, hace ya más de la mitad de mi vida, también decidí que en adelante, de las comidas de olla me iba a encargar yo, o que al menos iba a involucrarme mucho más activamente.

Hablando de comida, unos domingos atrás desayuné en la playa. El sábado, que vino Hermana de visita, almorzamos a eso de las 5 de la tarde. O sea, yo almorcé a las 5, ella almorzó a las 5 por segunda vez para acompañarme, de onda. Hice los pappardelle con mi salsa de albahaca. Como el tuco de los azahares, pero con albahaca. Finalmente di con el punto de la pasta! No puedo explicarte el placer que se siente cuando la masa tiene la consistencia justa, cuando el amasado da la elasticidad justa, cuando al estirarla se logra el espesor justo. Es maravilloso. Y de paso también sé por qué las veces anteriores me quedaban los fideos como de plástico, duros y sin flexibilidad: les faltaba cocción. Fácil, eh? Un minutito hace toda la diferencia.

Así que bien: terminamos de almorzar a las 6 de la tarde. Con la panza como tarnero guacho. Qué vas a hacer luego, me preguntó mi hermana. Dormir una siestita ahora y después no sé. Capaz que hago unos bollos, le dije con una sonrisa. Vos estás loco, con todo lo que ya amasaste, me contestó, pero si hacés bollos, avisame. Así que ahí estaba yo, a eso de las 8, recién levantado de mi siesta de un par de horas y con la espalda como si me hubieran cagado a palos tres veces, cuando decidí combatir fuego con fuego: si amasás y te duele la espalda, entonces amasá otro poco a ver si se te pasa. Mis abuelas se convirtieron en mis héroes: amasaban para 12 personas tres o cuatro veces por semana y ni mosqueaban. Como hablábamos con Nacho, varias minitas (y tipos también) que alardean de sus idas al gimnasio deberían probar ese ejercicio doble que hacían mis abuelas: cortar leña con el hacha para la cocina a leña y luego amasar y estirar pasta para la caterva de gente que estábamos a diario a comer. El tema es que a las nueve de la noche, llamada de teléfono mediante, se apareció Hermana para ver si precisaba ayuda con los bollos. Yo los iba fritando y mientras los escurría, ella metía una tanda nueva en la sartén; mientras yo los daba vuelta, ella le espolvoreaba el azúcar impalpable a los que ya estaban en la fuente; mientras yo trataba de no quemarme, ella se los iba comiendo… casi da pérdidas mi empresa de bollos con ella cerca. Al final terminamos a las 10 de la noche comiendo bollos recién hechos con un cafecito recién pasado. Una maravilla, mire.

Así las cosas, el domingo, a eso de las 8 y media que fue la hora en que pude arrancar de la cama, sólo tuve que calentar un poco de café con leche, ponerlo en el jarro térmico y salir, con el jarro en una mano y una bolsa con bollos en la otra, rumbo al río. Estaba nublado y medio fresco, casi tormentoso, lo que junto con la hora temprana me aseguró tener el río todo para mí. Apenas se veía un par de personas a lo lejos, una en cada punta de la playa. Mirar a lo lejos tiene algunas ventajas. Es saludable y hace bien a los ojos por un lado. Tener la vista enfocada en un punto cercano todo el tiempo, por ejemplo la pantalla de una compu, no es bueno. Así que se aconseja cambiar el “foco” de la vista cada tanto. Mirar a lo lejos, mirar a media distancia y luego volver a lo cercano. Cinco minutos en cada cosa. Como quien ejercita un músculo. Es eso en realidad. Mirar a lo lejos también tiene otras utilidades. Literalmente dejás de ver el árbol y te obligás a mirar el bosque. Tomar un poco de perspectiva también es bueno. Despeja la cabeza. Despeja el alma. Sobre todo si tenés la ayuda de un café con leche calentito y un buen puñado de bollos. Después terminé haciendo tai chi bajo los árboles que están frente al Hotel Bahía. Hay como una pequeña isla de fresnos en donde el terreno está bien nivelado, sin pozos y con el pasto cortado bien al ras. Casi perfecto. Hay que tener cuidado de no engancharte nada con una rama baja. Después del primer par de veces, esquivarlas se vuelve instintivo.

Los instintos son maravillosos. Tomemos por ejemplo, el caso de mi última cacería. La de las liebres escuálidas y la paloma. Ya dije que éramos tan torpes que los bichos casi se tiraban de panza a reírse de nosotros. La paloma fue diferente. Era medio idiota, la paloma. Íbamos los 4 en paralelo, con menos de un metro de distancia entre cada uno; más conversando y disfrutando de la tarde cálida que prestando atención a la cacería. Juan a mi derecha, Euclides a mi izquierda y Nicolás a la izquierda de Euclides. En un momento dado, siento un alboroto en un árbol directamente a mi derecha. Debe estar aterrada, porque no atina a liberarse entre tanto aleteo desesperado. No tomo conciencia de eso, pero el dato refulge un instante para hacerme ver que cuento con un segundo extra que en condiciones normales no tendría. Hecho una luz y en un solo movimiento, le pego un manotazo a Juan, de derecha y en el medio del pecho para apartarlo de la línea, veo el bicho, levanto el arma con la izquierda mientras saco el seguro, vuelvo la mano derecha a la escopeta, encaro y tiro. Casi inmediatamente, donde antes había una paloma forcejeando para liberarse de las ramitas finas de un tala, queda una pequeña nubecita de plumas flotando perezosamente en el aire tibio. Fue lo más parecido a acto de magia negra que he visto en mi vida. Juan habló de ese tiro durante años. Sobre todo recordaba el estampido brutal del cartucho y el eco retumbando interminablemente entre el monte. Eso y la velocidad. Cuando mi instinto toma el mando, soy más rápido que una serpiente… que una serpiente especialmente rápida. Claro que mi instinto toma el mando durante unos pocos segundos cada 15 o 20 años… pero cuando lo hace, es impresionante de ver, mi instinto! El resto del tiempo soy un bobeta un poco más torpe que el promedio… que el promedio de los bobetas. Extraño a mi instinto, la verdad. Podría aparecerse más seguido para sacarme de este limbo. Aunque no sé a ciencia cierta si puedo hablar de instinto. Me ha pasado practicando, por ejemplo, aunque una cantidad alarmantemente baja de veces, que un golpe sale y llega a destino de manera perfecta con una técnica casi inmaculada. O que una forma de Tai Chi, un movimiento, es justo y preciso y fluido y con gracia… como si lo ejecutara alguien que realmente sabe lo que hace. O bailando un tanguito, han llegado momentos en el que todo desaparece y sólo queda la música y la mujer que me acompaña. Un momento en que la música es la única música y la mujer es la única mujer que hay en el universo. Y mi cuerpo lo sabe y deja de trastabillar y las dudas se evaporan como si nunca hubieran existido y en lugar de luchar con el baile, bailo y todo transcurre tan suave y fluido como una caricia de despedida. Hasta el momento en que termina la música y ella se aparta y se me queda mirando con una sonrisa con cara de desconcierto, porque, quién este tipo y dónde está Pancho? No sé si es instinto. Probablemente no. Quizás tan sólo sea que dejo de intentar controlar todo y me rinda. Supongo que no hay neurosis invencible.

No, probablemente no haya neurosis invencibles.. pero por el MEV que saben dar batalla, las neurosis, hijas de una gran puta!

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3 Respuestas a “Logorrea

  1. Tas pasado…

  2. Pero igual.. lo leí todo.. 🙂

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