Juceca /06

Sin salida

Lo malo que tenían los ferrocarriles de antes pal maquinista, digo yo y fijesé, era que si no sacaba la cabeza pa fuera pa mirar, no veía nada pa delante. Y no hay nada más peligroso que ferrocarril atropellando a lo ciego, como decía Bolerín Colérico, el casau con Hidrogena Fantoche, una mujer nerviosa que jamás pudo espumar un puchero sin salpicar el techo.
Cuando Bolerín dejó a la mujer porque de tan nerviosa nunca pudo embocar el chorro de agua pa cebarle un mate, salió cortando campo con su tristeza aquerenciada en un silbo bajito que apenas le asomaba entre los dientes. Como el triste es de mirar pa abajo, en una de esas vio dos ruedas de fierro tiradas entre los pastos. Como no sabía que hacer con su vida, se las puso abajo del brazo y siguió caminando. A la media legua, mira así y ve otras dos ruedas de fierro. Como no sabia qué hacer con las dos ruedas que llevaba, levantó las otras dos y siguió tranco y tranco. Como las ruedas le pesaban mucho, y son de lo más incómodas pa llevar abajo de los brazos, pensó en hacerse un rancho con ruedas cosa de hoy o mañana mudarse sin pagar flete.
Le quedó una casa tan hermosa, que cuando llegó con ella al boliche El Resorte todos se la ponderaron y entraron a festejar con vino de damajuana y dulce de leche con salame, pa picar.
Pa la madrugada se descolgó una tormenta que era puro trueno y relámpago pa todos lados y el agua que se venía.  Allí fue cuando el tape Olmedo, mamau por unanimidá, lo aconsejó al hombre y fue y le dijo; vaso de vino en esta mano, pucho apagau en esta oreja, pastito tierno entre los dientes, fue y le dice:
—Usté perdone que uno se meta en su cada cual, vecino, pero pa mí, si empieza a llover, ese rancho con ruedas de fierro se le va a quedar clavau en el barro.
El que más el que menos todos opinaron, hasta que el pardo Santiago dijo que lo mejor pa que no se enterrara era poner el rancho arriba de la vía del Ferrocarril, porque la vía está pensada pa que no se entierre nada.
Bolerín Colérico dijo que bueno, que cómo no. Entre todos llevaron el rancho y lo calzaron arriba de las vías con Bolerín adentro. Pa que el hombre no pasara la noche tan solito, el barcino se quedó pa acompañarlo hasta que amaneciera. Era una noche brava de tormenta, puro trueno y relámpago pa todos lados y el agua que se venía.
Cuando se estaban quedando dormidos, el hombre y el gato, sienten que el rancho se mueve con el viento. Se asoman a ver por la ventana, y el rancho iba agarrando velocidá por las vías y los dos a las carcajadas porque nunca habían viajado más que en carretilla. Iban de cantarola cuando miran así pa delante y allá, de frente, ven un punto negro que se viene y se viene por la misma vía.
El punto negro primero parecía un punto negro, después parecía una mancha oscura, después parecía una máquina que se venía y después Bolerín comentó:
—Parece ferrocarril.
Cuando el barcino se dio cuenta que se les venía arriba un tren hinchó el lomo como pa saltarle. Como a Bolerín nunca se le había venido un ferrocarril de frente, se quedó pensando en la cantidad de cosas que nunca le habían pasado. Pensó que nunca se había caído de un ucalito, ni se había quemado con dulce de membrillo hirviendo, ni se había pinchado un ojo con una tijera, ni se le había venido un ferrocarril de frente pero que ahora se le venía. De repente, el barcino se tiró por la ventana del rancho y salió a la disparada por esos campos de Dios y otros pocos.
En el boliche El Resorte taban terminando una damajuanita de vino, cuando vieron entrar al barcino a toda velocidá. Se trepó al mostrador, se paró de manos, se colgó de un salame del techo, le volcó el vino al tape Olmedo, le comió dos higos a Rosadito Verdoso, le sopló el tabaco al pardo Santiago, le arañó las chancletas a la Duvija, amagó a salir y se los quedó mirando desde la puerta con el lomo hinchau y la cola señalando pa fuera. Ahí fue cuando el tape opinó: vaso de vino volcado en una mano, pucho entre los dedos fue y dijo:
—Si ese gato no se volvió loco de golpe nos está llamando pa alguna cosa, y habría que ir a ver, digo yo ¿no?
Que vamo, que no vamo, al final salieron todos en un carro con damajuana de vino por cualquier cosa.  El barcino, de a pie, iba adelante pa marcarles el camino como una luz entre los pastos. Y siguiendo al gato treparon a los cerros, cruzaron los arroyos, subieron a las lomas, bajaron de las lomas, se salpicaron en los bañados, se metieron en los montes, salieron de los montes, se sacudieron en los pedregales… ¡y allá van los del Resorte en un carro! ¡Y más allá va Bolerín con su rancho por la vía, y allá viene el ferrocarril a una velocidá infinita derechito a reventarle el rancho, y allá viene el carro con el tape parau en el pescante meta chicote y vino, y allí viene el tren, y allí va el rancho, y se van a encontrar los tres en el mismo sitio y a toda velocidá…
Y allá va el rancho como chijete, y de frente por la misma vía el ferrocarril a una velocidá infinita, y allá viene el carro con el tape Olmedo en las riendas, y el rancho de aquel lado y del otro el ferrocarril, y cuando llega al medio de la vía el caballo va y se empaca, y el carro queda atravesao, y el rancho que se viene de allá y del otro lado el ferrocarril, y el caballo en medio de la vía, y el tape le dio con un rebenque y no había caso. Le explicaron la situación. El caballo como si nada, con el carro en medio de la vía y el tren a toda velocidá, y de frente el rancho, y ahí fue que el tape Olmedo pegó el grito: ¡Paren el cuento!
Después, en el boliche, comentaban que una vuelta, por culpa de un cuento, casi los mata un ferrocarril.

Julio César Castro

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