…un bombazo le vamos a dar! Para que no nos moleste nunca más (*)

Viernes.  Horas de la tarde.  Casa de cambio.  Atiborrada de clientes.  Saco número, indiferente a la espera y me siento en uno de los bancos, con el tiquecito con el 984 apenas sostenido entre el pulgar y el índice.  Miro, a medias interesado, una tele al fondo del salón que está dando los Winter X Games, donde unos anormales en snowboards hacen cosas increíbles y se tiran volando entre rocas, desde sitios a alturas escalofriantes.

Me sentía, creía que me sentía, tibiamente bien.  Un balance rápido indicaba que, estando por terminar la jornada, con el aire fresco del equipo acondicionador, la gente que no hacía ruido al punto de que hasta se podía escuchar la música del local que estaba con Oktubre, el discaso de los Redondos, junto a que el programa de la tele era decente, daba como resultado una situación bastante agradable.  Nada parecía estar mal… hasta que ella se sentó a mi izquierda.  No quise mirarla.  Adiviné quién era y me rehusé a mirarla, clavando la vista en el televisor.  Porque siempre hay una vieja de mierda dispuesta a joderte la vida.  En realidad la edad no importa; tampoco el género, ya puestos.  Es como un fenotipo que, para mayor comodidad, en esta oportunidad llamaré La-Vieja-De-Mierda.  Ella tosió.  Luego carraspeó.  Volvió a toser.  Silencio breve.  Tos.  Carraspeo.  Tos. Y yo me empecé a acelerar.   Nunca te pasó?  Que sentís la violencia crecer bien honda adentro tuyo, desplegándose, majestuosa e incontenible como la ola de un tsunami?  Y yo abracé la locura, la violencia, las ansias, como si fuera una amante esperada y deseada durante eones.

Y mientras tanto, tos, carraspeo, carraspeo, tos, carraspeo, tos… interminable, desesperante, infinita, como si fuera la invención más demente de algún demonio en algún círculo desquiciado del Infierno.  Todo se va anulando, todo sonido, todo ruido, toda voz, hasta que solo queda la tos, el carraspeo, la tos, otra tos y otro carraspeo, una y otra y otra vez.

Hasta que, en cámara lenta, ausente, llevé la mano derecha detrás de la espalda, tomé firmemente la 9 mm y mientras la iba extrayendo de su pistolera la amartillé y quité el seguro, todo en un mismo movimiento.   Casi sin cambiar la postura, apunté a mi izquierda, mecánicamente, desapasionadamente, todavía sin mirar, a la fuente del sonido:  18 centímetros por encima y 9 centímetros por detrás del sonido y apreté el gatillo dos veces en rápida sucesión, incrustando dos balazos en la maldita cabeza de La-Vieja-De-Mierda.  La primera en el centro de la oreja, tal como era la intención; la otra, debido al violento movimiento, le voló la tapa de los sesos, salpicándome la cara y ensuciándome la camisa clara con pedacitos de hueso y pelos y sangre y otras inmundicias.  El carraspeo se detiene como si el doble estampido lo hubiera conjurado de golpe junto con la tos, lo que me hace esbozar una ligera sonrisa, satisfecha y casi beatífica…

—Ochenta y cuatroooo!  Ochenta y cuatroooo!

Me despierto, sintiendo que ella me toca el brazo: —Creo que lo llaman a usted.

Tose, carraspea y sigue:

—Me hacen un mal terrible los equipos de aire acondicionado.


(*) Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
Divina tv Führer – Oktubre

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3 Respuestas a “…un bombazo le vamos a dar! Para que no nos moleste nunca más (*)

  1. Ja, ja, ja, vaya final, la pobre vieja envcima te despierta!

  2. poobre! no tenés corazón! jaja

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