El budismo tiene respuestas interesantes para brindar ante los graves interrogantes de la Vida el Universo y Todo Lo Demás

La entrada sobre Maldito Karma me hizo recordar una pequeña anécdota que creo no había colgado.

Mi maestro de kung fu no es un tipo hablador.  Cuando se copa a explicar algo, o si tiene alguna enseñanza particular para transmitirnos, puede hablar por horas, pero en general es muy medido y hace gala de una gran economía de palabras.

Esto ocurrió a finales del año pasado, cuando hicimos la comida de despedida del año/confraternización con los chicos de la escuela de kuoshu y tai chi.

Ponele unas 20 personas junto al maestro Gustavo.  Así que ahí estábamos, mandando muelas como posesos, degustando un regio asadito mientras el maestro daba cuenta de un plato rebosante de 7 tipos de ensaladas, ya que practica el budismo y es vegetariano estricto .  En una, el tipo levanta la cabeza, alza la voz y dice:  No siempre tenemos oportunidad de conversar, así que si alguien tiene una duda, cualquiera, de cualquier tema, aunque no sea de la práctica, este es el momento de preguntar.

Bajó la cabeza y siguió comiendo.  Algunos hicimos alguna consulta o comentario, pero en general seguimos manducando.   Evaristo, sin embargo… llamémosle Evaristo, quedó pensativo.  El tenedor cargado a medio camino.  En su cabezota se estaba cocinando algo.  Algo GRANDE.

Evaristo es todo un personaje dentro de nuestra pequeña y feliz familia kungfuceril.  Lo más parecido al Cándido de Voltaire que he visto en la vida.

Así que en una el tipo, Evaristo, va y le pregunta al maestro, serio y respetuosamente:

—Maestro, dígame una cosa, qué es peor, matar un perrito o matar una cucaracha?

Pah!  Qué querés que te diga?  Ahí nos quedamos los 20 boquiabiertos.  Hasta los que estaban lejos y no llegaron a escuchar la pregunta se quedaron a la espectativa.  En corto.  Sin saber si cerrar la boca, rebuznar de risa, o seguir comiendo.

El maestro siguió comiendo.  Sin apuro.  Sin alterarse.  Meditó la respuesta por lo que pareció una eternidad, pero que no deben haber sido más de unos poquitos segundos y casi sin levantar la vista del plato sentenció un breve y contundente:

—Es lo mismo.

En el silencio que se había producido, esas tres palabritas, aunque sin brusquedad ni malicia, sonaron secas y afiladas como una navaja de afeitar.  Yo rebuzné de risa y eso pareció decidir al resto.

Evaristo manifestó un quedo “gracias” y siguió comiendo, sin dudas pensando en todos sus malos pasos.

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