Los buenos samaritanos suelen ser unos hijos de puta, o… Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /40

En la empresa estamos certificando ISO 9000.  A la gente de la consultora que nos guía en el proceso se le ocurrió que podía ser buena idea organizar una salida informal con unos colegas, y como a todos nos gusta fraternizar, comer, brindar y contemporizar (en lo referente a la comida y la bebida), allá salimos.

El punto de encuentro era la oficina de la consultora, llamémosla Le Damos La Hora Exacta Con Su Propio Reloj, mejor conocida por su sigla en inglés Y.O.C.U.R.R.O.A.S.Í., pero a la que llamaremos Los Invisibles (por eso de que el consultor es invisible a los ojos… que no tiene nada que ver con lo esencial) para mayor facilidad de tipeo.

Así que bien, estábamos esperando a unos últimos rezagados de nuestra oficina en lo de Los Invisibles, un lugar muy lindo en un primer piso, con una amplia terraza a la calle, cuando de repente alguien, desde la calle, nos llama a los gritos:

—Eeehhh!  —nos llama a los gritos un chabón desde un auto parado en medio de la calle.
—Eehh! — vuelve a gritar cuando vio que no nos habíamos inmutado.
—Qué pasa? —pregunta Miguel.
—Eso es de ustedes o lo atropelló alguien? —contesta el otro, a los gritos y señalando hacia un lugar poco iluminado de la calle donde se adivinaban unos bultos informes.

Miguel, uno de los muchachos de la empresa colega, mira al otro tipo en la calle largamente y en silencio durante unos instantes y luego pregunta, muy serio:
— Lo qué?

—Ese!  Ese que está en el piso —vuelve a decir el tipo desde su auto, impaciente—, está con ustedes?

Yo fuerzo un poco la vista y por allá distingo una masa de pelos que asoman entre las sombras.  Parecían pertenecer a una persona.  Me puse de bastante mal humor, la verdad.  Porque el chabón del auto debería haberse dado cuenta de que el hecho de que hubiera un mogólico desparramado en la calle difícilmente pueda indicar que el susodicho mogólico estuviera con nosotros.  En qué cabeza cabe?  Si hubiera estado con nosotros, no habría estado en la calle, imbécil!  En realidad, y eso lo descubrí inmediatamente, al chabón del auto era un tremendo hijo de puta.  No le importaba una mierda ayudar al coso desparramado, en realidad quería involucrarnos a nosotros para poder sacarse el lazo con la conciencia tranquila.

Así que bajaron de la terraza para brindar alguna asistencia al individuo a la vez que yo iba llamando a la emergencia.  Mientras llegaban a la calle aparecieron los rezagados.  Así que mientras llamaba a la ambulancia, los otros iban haciendo las presentaciones.  La tal reunión social rodeando al fiambre, se armó!  Eso seguramente quede en los anales de las Relaciones Púbi… Púdi… Púdli…Públicas!

—La persona que está en el suelo —me interrogaba la operadora—, se mueve?
—Che, pelado!  Me pregunta la chica de la emergencia si el coso se mueve! —Le grito a uno de los nuestros que estaba en la calle desde la terraza en la que estaba francamente muy cómodamente instalado.
—No se mueve!  Pero parpadea y respira!
—No se mueve, pero parpadea y respira —retransmito y mientras hablo por teléfono voy bajando las escaleras hacia la calle.  Le doy la dirección y me uno a la reunión que definitivamente había dejado de tener lugar en la terraza.

El tipo, el “occiso”, estaba desparramado con las piernas retorcidas en un ángulo bastante violento, con un bolso todavía a la espalda y con un atado formado por una colchoneta y un par de mantas finas a un par de pasos de distancia.  Era flaco, alto y desgarbado.  Vestía una camisa clara de color liso, pantalones vaqueros y botas de cuero de punta cuadrada.  El movimiento de la respiración era casi imperceptible.  No respondía a los llamados.  Sangre no había.  De todos modos nadie le tocó un pelo, por las dudas que tuviera algo quebrado.  Nadie pudo decir si estaba así desde hacía mucho rato o si sucedió justo a tiempo para que lo viera el hijo de puta del auto y nos cagara la reunión en la terraza.  Empezaron las especulaciones:

—Qué le habrá pasado…?
—Yo pa’mí, que le dio un ataque al corazón…
—Pah! Y cayó fulminado…!
—Che, yo tengo hambre…
—Naah!  Qué va a ser ataque al corazón!  No ves que no está muerto?  Pa’mí que es epilesia.  Porque la epilesia tiene eso: en cuantito te da el ataque de epilesia, a la epilesia no le importa nada si estás en el baño, durmiendo la siesta o caminando a lo oscuro con un bolso a la espalda.  Es brava, la epilesia.
—En serio, vo… cuándo comemos?
—Pero si no tiembla ni nada… la epilepsia no viene con temblores y eso?  Mi tía tenía epilepsia y cuando le daban los ataques quedaba como Chaparrón Bonaparte con chiripiorca.  A lo mejor se desmayó y ta’, no?
—Che… alguien tiene idea de adónde vamos a ir a comer?
—Vamos a la parrillada Qué Torazo!?  Al fondo pusieron una mesa de pool…
—Desamayo?  No parece desmayo…
—Mmno sé… yo tengo ganas de comer pizza…!
—Y si vamos a comer pizza y luego a jugar al pool…?
—Vo’, gurises… que estamos a jueves recién.  Quién nos levanta mañana?
—Bueno, acá están los jefes… que ellos se levanten primero y llamen al resto, no?
—Sí, es lo justo!  —entonamos todos a coro, menos los jefes.
—Ah!  Ahí viene la ambulancia —dijo oportunamente uno de los jefes.

Llega la ambulancia.  Se baja el personal y se preparan para brindar la asistencia requerida.  Lo primero que hace la flaquita (médica, doctora, paramédica, enfermera o sepa el MEV qué) es darlo vuelta y ponerlo boca arriba, como quien lava una túnica a orillas del Ganges.  Lo segundo que hace, es empezar a sacudirlo.
—Le está haciendo resucitación!  —dice una de las muchachas con voz ahogada.
—Nahh!  —la tranquiliza Miguel— pa’mí que lo quiere despertar nomáh.

En eso sentimos a la flaquita mascullar: este hombre está alcoholizado!  Y ahí sí que se acabaron las amabilidades!  Sólo les faltó intentar despertarlo a patadas, al pobre infeliz.  Hasta que en un momento el tipo reacciona.

—Sha shegamo’?
—A dónde quiere llegar, señor?
—Baysandó… ete e el ónibu va a Baysandó?
—Sufrió un desmayo.  No está en Paysandú.  Está en Colonia.  Tiene familia acá?
—Naaahh.  Tengo bar.  El bar de ashá —dice el vago señalando a todos lados a la vez para terminar apuntando hacia arriba.
—Y qué tomó, señor?
—Wiky!  Musho wiky!  Un wiky e miédda!
—Cuánto whisky tomó, señor?
—Musho!  Ocho wiki!  Dié wiky!
—Botellas?
—Nah!  Ta’ borracha vo?  O me vista cara de gué?  Farole!  Cómo van a seh botella?  Me gueré matá?
—Bueno, está usted muy alcoholizado… —empezó a decir la flaquita, que fue interrumpida por una risotada del choborra—… y tiene que comer algo.  Ahora vamos a llamar a la Policía, así puede descansar.
—Bero si sho edoy lo máh bien!  —dijo el coso e intentó caminar, antes de darse cuenta de que estaba en la calle; por lo que intentó pararse, antes de darse cuenta de que era literalmente imposible; por lo que intentó gatear en cuatro patas, antes de darse cuenta de que tenía las piernas como si Harry Potter le hubiera hecho desaparecer todos los huesos; por lo que intentó hincarse, antes de rendirse y dejar que el chofer de la ambulancia lo arrastrara amablemente y lo dejara sentado en el cordón de la vereda con la espalada apoyada contra un árbol.
— Edoy bien!  No shamé a lo milico, mamita.  No lo shamé, que no se precisa.  Bolisía bara gué precisa! —canturreó el vago entonando a Sepultura a ritmo de cumbia.  Mamáu por unanimidá, el hijo e puta!
—Tenemos que llamarlos, señor, es lo que dicen las leyes.
—Na seah mala!  No sea botona, vo.  No ve que edoy lo máh bien? —dijo, y por un momento casi lo logra, eso de quedar parado.  Pero tuvo un System Shutdown imprevisto y si no hubiera sido por el chofer de la ambulancia que lo abarajó al toque, hubiera hecho una reconstrucción perfecta del hecho.

Al rato llega la Policía.  Conversan con el flaco.  No sé si el flaco los convence, o si ellos no se sienten inclinados a correr el riesgo de que el tipo descargue los whiskys en el asiento trasero del patrullero, pero el tema es que en un momento dado tanto la ambulancia como la cana se van y el flaco se queda.  Fumando un cirgarrito.

Subimos de nuevo a la terraza a terminar de decidirnos y al momento de bajar y subir a los vehículos, sentimos al tipo que nos va interrogando por turno:

—Che, alguno diene fuego?  Un foforito?  Un yesguero?  Nada?

Pregunta que todos contestamos negativamente, cosa que lo llena de amargura.

—Es gue nadie tiene vicios chicos en este pueblo?

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5 Respuestas a “Los buenos samaritanos suelen ser unos hijos de puta, o… Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /40

  1. Muuuy bueno! Estoy en mi descanso 😉 y no podía contener la carcajada!

  2. Obviamente que mientras pasaba todo esto, nos íbamos remachando contra las paredes de risa.
    Nanana… cuando el flaco se quiso parar y se le doblaron las patitas, pensé que me enfermaba de risa. Sho estoy bien!! Clásico de clásicos! Le faltó preguntarle si “vos sabé todo lo que sho te guiero, verdá?
    Los de la ambulancia tenían una luna salvaje. Estuvieron como media hora con el desprolijo.

  3. aaaaahhhhhhhhhhhhh y no había cámara no había. muero riendo!

    • Nah, si lo hubieras escuchado al vago cuando le decía a la chica de la ambulancia “Farole! Farole! No bodella! Me gueré matar, vo?”, entrás en coma de pura risa.

  4. Sin desperdicio!

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