Trajan y talla de letras

Estás aburrido de verla por todos lados.  Te topás con ella en el cine y en internet y en la tele hasta que quedás harta.  Hay videos que la denuncian

Pero la verdad es que la fuente Trajan es hermosísima para hacer talla cincelada, o incised carving, en inglés.  Los serifs son regulares y redondos.  Los ápices y los vértices son agudos como dagas, pero deliciosamente asimétricos; cada uno lleva 6 o 7 cortes, porque a la A, por ejemplo, tenés que tratarla como si laburaras en tres astas convergentes; y si la madera es muy blanda o de grano corto que no toma bien el detalle fino, lograr una A decente es todo un desafío.  Los lados de las astas finas, por su parte, no son paralelos, sino que se se angostan ligeramente mientras  se unen a las principales, y al angostarse, alivianan la fuente y la hacen más elegante.  Las espinas y los bucles fluyen sutiles y regulares, apenas descentrados.

Las proporciones son alucinantes y recuerdan muchísimo a lo que hizo Durero con su maravilloso Of the Just Shaping of Letters.  También es cierto que el kerning no es tan sencillo de ajustar, pero si lográs darle un buen “color” al texto, eso repercute directamente en los juegos de luces, que le dan, en definitiva, su encanto a esta fuente, haciendo que el ojo quede capturado por las sombras y su interacción con la madera y el cuerpo de las letras.

Esto me lleva, siempre fue la intención, a mi última talla, terminada ayer domingo en el taller que tengo a tercios montado provisoriamente-por-largo-tiempo en lo de Nacho.

Como una especie de desafortunada herencia, me llegó un cacho de madera.  Sufrida y deslucida por el uso, probablemente a menudo dejada a la intemperie, era usada como taco de trabajo y presentaba, presenta, marcas de cinceles, raspones, agujeros de mecha, pedazos de clavos y un sinfín de marcas y detalles hechos a lo largo de una vida larga y atareada.  Es grande:  unos 50 o 60 centímetros de largo, por unos 30 o 40 de ancho y unas generosas 3 pulgadas y pico de espesor.  Y pesada: un poco más de 10 kilos, quizás.

Su nueva función, me dije ni bien lo vi, era servir de mesa-fuente-tabladepicar-superficiecomunitaria para nuestras comidas o asados.  Pero el uso en un taller lo hacía difícil de usar tal como estaba.  Había que acondicionarlo, más allá de las tallas, para recibir alimentos y darle un mínimo atractivo estético.

Hace tres fines de semana, decidido a no dejarla languidecer en el limbo de las tallas que nunca se concretan, empecé a descubrir qué era lo que tenía en las manos.  Empecé despacito, primero engrasando y afilando un viejo cepillo de carpintero y luego fijando firmemente la madera al banco de trabajo.  Las primeras pasadas del cepillo no sacaron virutas, sino una especie de polvillo grueso.  Las segundas pasadas del cepillo, dejaron al descubierto una madera rojiza.  Mi entusiasmo se aplacó repentinamente y las vigorosas pasadas con el cepillo manual se transformaron en una honda contemplación, más bien pasmada, del taco de madera: lapacho.

Oh, MEV, me dije.  De todo lo que podía tocarme, me vengo a topar con este semejante pedazo de árbol.  Estaba tratando de decidir si cepillaba otro rato a mano o si empezaba a llorar en ese instante, cuando Nacho, milagrosamente a tiempo, dice: Che, me estoy acordando de que hay un cepillo eléctrico acá, te interesa?

Así que bien, después de casi desmayarme de placer y luego de casi levantar las techos con mi imponente suspiro de alivio y tras agradecer efusivamente a la Providencia, Nacho y el chino que hizo el cepillo y sus 5000 revoluciones por minuto, empecé pacientemente y milímetro a milímetro a cepillar la madera.

Luego de cepillada, maté cantos y aristas a la vez que preparaba la superficie para las tallas, haciendo resaltar los laterales con el trompo.  Luego vino la tarea, ya sin herramientas eléctricas, eliminar astillas sueltas o potenciales y aquellas partes machucadas por golpes e impactos anteriores.

El conjunto resultante superó las expectativas, ya que quedó una superficie trabajada, pero a la vez rústica y tosca, con chanfles y muescas y marcas de herramientas (tanto nuevas como de las originales).  Hermosa a la vista y al tacto, pero que invita a usarla sin miedo.

El segundo fin de semana empecé con la talla propiamente dicha y ayer terminé con ella.

La primera parte, hecha luego de meses de inactividad, es más titubeante e insegura. La segunda, ya con un poco más de motricidad recuperada, fue, digámosolo irónicamente, más placentera.

Las fotos, of course, son de Nacho, e ilustran bastante bien la manera en que juegan las luces y las sombras dentro de los volúmenes generados.

Ha sido un placer.

Grandes y generosas palabras de una de las personas más importantes dentro del microuniverso de 42.  Que sean precisamente ellas las que presidan nuestras comidas y den la bendición a la pequeña comunidad que formamos, es mi humilde intento de brindar un homenaje a un Hombre que aún sin quererlo ni pedirlo, supo reunirnos y sacar lo mejor de nosotros mismos.

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