El peinado

Alejandra está sentada en la vieja silla de madera que parece haber estado en su familia desde siempre. Es una silla rejilla estilo Luis XV, con patas molduradas de suaves curvas, el respaldo casi oval y sin una sola línea recta. El tiempo y el uso la han ido desgastando, hasta dejar la madera de haya con una textura sedosa y un lustre natural. No tiene posabrazos, pero Alejandra no los necesita para estar cómoda.

Deja las manos apoyadas con displicencia sobre sus rodillas y, con la espalda derecha pero sin tensión ni severidad, disfruta del tibio sol de otoño que entra a raudales por la ventana de su habitación. A contra luz, su pelo castaño parece refulgir. Lo lleva lacio y largo hasta debajo de la mitad de la espalda. Es por eso que se coloca todos los días en ese lugar. Con precisión, como si fuera parte de un delicado reloj que marcara el paso de las estaciones, día a día cambia casi imperceptiblemente la posición de la silla para acomodarse al desplazamiento del sol, de manera que el íntimo ritual que llevan con Marcia desde hace años sea lo más placentero posible.

A Marcia le encanta peinarla y cómo luce su cabellera mientras lo hace. Siempre canturrea. No importa que le lleve treinta minutos, el mínimo tácitamente aceptado para lograr un peinado decente y satisfactorio, o más de una hora, para los más elaborados diseños de trenzas y cuentas. Siempre entreteje el canto con el pelo, sin hacer una pausa, sin perder un compás y sin repetirse. Esa característica siempre maravilló a Alejandra, incluso al principio, o sobre todo al principio, cuando los primeros peinados más complejos llevaban dos horas largas de esforzadas marchas y contramarchas.

Consciente y partícipe del gozo de su compañera, Alejandra sonríe. Nadie puede ver su sonrisa, no hay ningún Leonardo para pintarla, pero Marcia sabe que está ahí y eso también es suficiente.

Las mañanas de otoño se consagran al peinado de Alejandra. Están juntas. No hablan. Conocen cada mínimo estado de ánimo de la otra. Sus deseos. Sus anhelos. Sus miedos. Además, hablar habría implicado un peinado sin cantares. Para qué interrumpir la voz de Marcia con palabras vacías? Ya tendrán tiempo a lo largo del resto del día para decirse lo que tengan que decir, si acaso.

Alejandra no se impacienta. Con serenidad disfruta de la vista del patio; los fresnos del fondo ya lucen su follaje casi totalmente amarillo. Hasta la semana pasada todavía estaban verdes. Con ese verde oscuro de finales del verano. Pero bastaron algunas madrugadas un poco más frías de lo habitual, para que cambiaran de traje. Las matas de romero del huerto están en flor, mientras que las de salvia que están a su lado por momentos dan la impresión de querer rendirse. Alejandra nunca entendió la salvia. Cada dos años, si las deja, las plantas florecen de manera bellísima, pero luego semillan, se secan y mueren. Si las flores se quitan a tiempo, en cuanto aparecen los pequeños pimpollos, la planta sigue una temporada más, pero como a regañadientes. Incluso los vástagos, las plantitas hijas que puedan sacarse en primavera, tienen la misma vida que la planta madre. Aunque sean pequeñas plantas nuevas recién enraizadas, llegado el momento y como sujetas al mismo reloj biológico, florecen, semillan, se secan y mueren.

Todas a la vez.

Como la gente del pueblo.

Como la de la ciudad.

Alejandra no puede evitar el recuerdo. Primero se cortó la conexión a la red. Luego los teléfonos. Al otro día solo recibieron estática en el televisor. Finalmente, enmudecieron las radios y el periódico dejó de llegar. Casi al mismo tiempo, desapareció el tránsito por la carretera cercana, más allá de los fresnos.

Desde hace unos cinco años, son las únicas personas vivas que hay en el mundo. El mundo, para ellas, es un gran círculo de unos mil kilómetros de radio alrededor de su pequeña finca. Lo recorren en concienzudas expediciones que llevan a cabo más o menos cada tres o cuatro meses. Visitan tanto los pueblitos como las ciudades grandes. Cada tanto dejan alguna señal o cartel, en una plaza o monumento, con la esperanza de que alguien más lo encuentre. Marcia lo ve como un ejercicio vano, pero no dice nada en contra; no quiere desanimar a Alejandra. Nunca han visto a nadie. Ni siquiera cuerpos.

De momento no les falta nada de lo esencial, ya que los poblados quedaron casi intactos y sus recursos a mano. Siendo solo dos es fácil, aunque cada vez tienen que ir un poco más lejos para conseguir lo que necesitan.

Su vida en común cambió poco, porque ya entonces vivían apartadas de todos, de cierta manera; pero desde el día en que el mundo terminó de apagarse, cada pequeño acto cotidiano cobró otro significado. La globalidad ya no existía, aunque sí quedaba el amor. Cada pequeña cosa que hicieron, se volvió íntima y precisa. Un ritual. Como el peinado.

En ocasiones, Marcia solo toma el cepillo y lo pasa metódicamente, de arriba hacia abajo, desde atrás hacia adelante, quince, o veinte, o cincuenta veces. Siempre con una suavidad extrema, para no provocar ni un mínimo tirón, hasta que el pelo queda brillante y reluciente. Luego, con total deliberación coloca el cepillo en la consola que tiene a su lado, el canturreo cesa y se quedan las dos mirando hacia el patio; Marcia con las manos sobre cada hombro de Alejandra, siempre apoyadas sobre el hueco formado por la suave línea de la clavícula. Permanecen largo rato así, casi inmóviles, sintiendo la presencia de la otra, el fluir de la respiración, escuchando los leves crujidos y ruidos de la casa.

Esta vez, son trenzas. Trenzas de tres cabos. Trenzas de tres cabos, con cuentas. Marcia peina prolijamente la cabellera y luego, con un cuidado casi quirúrgico, toma tres mechones de pelo, no más gruesos que un lápiz, y comienza su tarea. Un primer cabo central; el segundo sobre el primero, hacia la derecha; el tercero sobre el segundo, hacia la izquierda. Otra pasada. Otra. A partir del quinto pase coloca una cuenta en uno de los cabos. Intercala una cuenta, por cabo, por pase. Así hasta el final de la longitud del pelo. Son unas pequeñas cuentas azules con un ingenioso sistema por el que pueden abrirse, colocarse en posición y cerrarse sin tener que enhebrarlas una por una. Luego toma, con igual método, tres nuevos mechones un poco más arriba y vuelta a empezar. Después, toma los mechones a la altura original. Y así sucesivamente. Logra formar un patrón extrañamente simétrico, formando ondas de trenza a trenza, pero a la vez también una suave espiral de cuentas que corre a lo largo de la longitud de cada una de ellas. Siempre canturreando. Cada vez que agarra una nueva tanda de mechones, apoya brevemente los dedos anular y meñique de ambas manos sobre la cabeza de Alejandra. El leve contacto, es extrañamente sedante.

Alejandra se deja hacer, como siempre. Pacientemente, tratando de detectar los pequeños pero inevitables cambios que se dan de día a día en los follajes del patio, sonriendo un poquito cada vez que Marcia apoya sus dedos meñique y anular sobre su cabeza. Sabe que siempre son esos dos dedos. Se lo preguntó. El ritual es inmutable. Tan inmutable como la soledad que las rodea.

Tocan a la puerta con fuerza.  Dos golpes.

La respiración se congela.  El peinado queda inconcluso.

 Gracias Alice, por el poema de Adrienne Rich y por las
palabras.  Gracias Anahí y Fede, por el microscópico
aunque profundamente inquietante cuento de  Thomas
Bailey Aldrich. Gracias Nacho por el  proof reading
y el empujón para editarlo otro poco.
No podría haberlo hecho sin ustedes.
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2 Respuestas a “El peinado

  1. buenismo Nkosi

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