Un varazo no quita lo pacífico

Se me ocurrió, en la mejor tradición jucequeana, el nombre para un personaje: Arbustivo Raquítico.  A Arbustivo le dicen Palito, en un intento de racionalizar el uso de la biomasa.

En otro orden de cosas, me encanta usar y me encanta cuando alguien utiliza, la palabra “ponele”.  El “ponele” es un estupendo sustituto para el acartonado “supongamos” o, más específicamente, para la conjugación de la segunda persona del singular del imperativo del verbo suponer.

Otro uso puede ser el de una afirmación pasiva, abierta.  Por ejemplo:

—Pah!  Qué lindo estaría para juntarnos a comer algo!
—Seehhh… podríamos hacer un corderito a las brasas, no?
—Ponele…

El “ponele” en este caso, abre un abanico de respuestas:  “Sí, es una buena idea”, “Por qué no?”, “Lo que vos decidas está bien”,”No lo había considerado, pero es una posibilidad que satisface completamente la propuesta, mi estimadísimo colega”, “Cuándo arrancamos el fuego?”, etc.

Digamos, ponele, que escribo un cuento.  Ponele que su protagonista sea Arbustivo “Palito” Raquítico y que a Palito, un tipo enérgico, mal encarado, flaco, canoso y casi pisando los sesenta años, le gusta usar la palabra “ponele”.

También sirve en ocasiones, para amenizar el socorrido y manoseado “tomemos”.  Siempre que puedas decir “Tomemos por ejemplo el caso de Arbustivo Raquítico”, también podrás decir “Ponele que tomamos de ejemplo el extraño caso de Palito”.

Aquí ya no sólo estamos incluyendo al interlocutor de manera directa, haciéndolo partícipe de nuestra anécdota, si no que también transformamos un tono semiformal en algo más simpático, coloquial y fraterno.  Como pa’ gente como uno.

Ponele que Arbustivo se presenta ante vos un día y empieza a hablarte de esta manera:

Hola.  Soy Arbustivo Raquítico, pero me dicen Palito.  El enfermo que pensó este apodo la primera vez, dijo que le parecía muy ingenioso… y como todos mis amigos son cortados por la misma tijera, e igual de enfermos que el primero, quedó Palito.  Podría decirse que con semejante apodo me despojaron (me deshojaron diría alguno de mis amigos) de mi identidad.

Pero no importa, no me calienta.  Yo, Palito, soy un hombre de paz… en general.  Digo en general porque hay algunas cosas que me sacan un poco de balance.  Ponele que son como que me sacuden la rama.

Los perros son una de ellas.  Los perros me sacan de quicio.

No todos.  En realidad no tengo nada contra los perros, así en general; sólo me perturban los que quieren morderme.  En particular los que quieren morderme cuando voy andando en la moto.  Es horrible, para un motociclista, lidiar con un perro impertinente.  No sabés nunca si el puto perro va a ponerse delante de la moto, si va a ponerse delante y correr o ponerse delante y plantarse, o si va a tirarte un tarascón a los garrones a la pasada o si sólo quiere hincharte las pelotas.   Frente a esta disyuntiva no sabés si acelerar, aminorar, frenar o esquivar, ante la duda de si será peor el remedio que la enfermedad.

Los perros que quieren morderme cuando voy en moto, y digo quieren morderme porque siempre es mejor estar preparado para lo peor aunque se espere lo mejor, me causan el mismo efecto que los perros que mean el tronco de un arbusto tienen para el arbusto: rechazo… y furia.  Yo, por el nombre que me puso el hijo’e sietemilputas de mi padre, tengo una marcada tendencia a identificarme con estos sufridos seres del reino vegetal, y te digo:  sienten rechazo y furia hacia los perros.  Hacia todos ellos.

Así que Solventé ese problema.  El uso de la S mayúscula no es fortuito.  Me basé en los diseños de los carros de guerra usados por los antiguos persas: los ejes se prolongaban y estaban terminados en hojas cortantes.

Sólo que como mi moto es una Hondita de 50 cc y su eje es mínimo y los perros no son cosa de todos los días, munido de mi ingenio monté un práctico dispositivo retráctil: un botón libera a cada lado y a la vez, un par de largas varas telescópicas de acero flexible de un metro de longitud, a unos diez centímetros de altura.  Otro botón activa un pequeño servo motor que vuelve a esconderlas en pocos segundos.  El sistema, ingeniosamente disimulado con el cubrecadena, pasa desapercibido cuando está inactivo.  Pero, impulsado por sendos muelles elásticos, se despliega en una fracción de segundo con un sordo SCHACLAK! cuando la situación lo requiere.

Voy tranquilamente, sin representar una amenza ni molestar a nadie, humano o cánido, cuando el chucho de turno se me acerca, loco de furia y bríos, a toda carrera.  No más miedo! No más disyuntivas!  Ahora sólo tengo que hacer un rápido cálculo de distancia y timing apropiado y… SCHACLAK!  Perro que aúlla-mientras-se-revuelca, no muerde y problema Solventado!

Espero que hayas notado que no utilizo hojas afiladas como los antiguos persas, sino unas notablemente menos letales, y por ende mucho más humanas, varas de acero… porque la idea es quebrarles sus inmundas patitas, para que sufran.  Malditos bichos apestosos!

Los perros deben tener algún método para comunicarse entre ellos, porque desde hace meses no he visto ninguno en mis cercanías.  Incluso creo que distinguen el sonido de la Hondita, porque cuando voy andando, vuelta a vuelta, escucho chillidos agónicos donde antes pululaban perros.

Ahora que lo pienso… este sistema podría ser usado con bastante éxito con los pendejos hijos del verdulero de la esquina.  Los mocosos se han agarrado la costumbre de esperar a que pase con la moto y pararse en medio de la calle, como si fueran a cruzar.  Me ven venir, pero no cruzan, ni vuelven a la vereda, se quedan ahí, los muy soretes, con una sonrisa bobalicona en la cara.   Están en esa edad en que son demasiado mayores para tener un respeto por la gente grande, pero no tan mayores como para encontrar aburrido joderle la vida a la gente grande.  Son… adolescentes (leélo con tono de desprecio, por favor).  Los adolescentes, todo el mundo lo sabe, por algún motivo encuentran fascinante romperle los huevos al veterano canoso de la Hondita amarilla.

El otro día superaron mis cotas de paciencia y en un arrebato irreflexivo les tiré la moto encima.  Ahí sí se corrieron, los muy perros.  Lo sé, lo sé, debería haberlo pensado unos instantes.  Si hubiera reflexionado un poco, seguro que habría apretado el botón al pasar.

Será que no se me ocurrió porque, en definitiva, soy un hombre de paz?  Ponele que sea eso.  O a lo mejor es que estaba distraido, quién sabe!

Pero no importa, no me calienta.   Los adolescentes no suelen escarmentar de primera.  Es más, creo que voy a salir a dar una vuelta en la moto…

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2 Respuestas a “Un varazo no quita lo pacífico

  1. Cdo empecé a leer este post pensé: ¡¡trasmisión de pensamiento!!!! Ayer, cuando volvía del súper venía pensando en el ponele vs. suponete; y definitivamente me gusta mucho más el ponele. Y me di cuenta que lo adopté sin darme cuenta….

  2. Kiki? Bienvenida, alter ego de Ana 🙂

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