La perfección no reconoce límites ni fronteras

Una vez unté la tostada con manteca perfecta. O sea, no sé si era realmente perfecta, pero fue perfecta para mí. Una vez. No quiero decir que me parezca imposible volver a untar una tostada con manteca perfecta, pero va a ser muy difícil, porque cuántas veces puede uno lograr la perfección?

Y encima sin pretenderlo, porque esa tostada llegó sin buscarla y sin esperarla. Fue una tostada como caída del cielo. Seamos sinceros, salvo que tengas un trastorno obsesivo compulsivo que involucre las tostadas con manteca, nadie anda buscando o esperando encontrar una tostada con manteca, perfecta o de cualquier tipo.

Como sea, resulta que un fin de semana de hace algunos años fuimos a Buenos Aires con un amigo, a visitar una amiga en común, usando de pretexto la llegada desde España de otra amiga en común. Fue un viaje muy divertido, debo confesar, donde además de partirnos la boca a conciencia con cuanto manjar y beberaje pudimos encontrar, también nos comportamos como auténticos turistas y vivistamos montones de lugares… turísticos: el Museo del Neumático, por ejemplo, aunque no vimos una puta cubierta, ya que estaba lleno de monedas y billetes y estampillas antiguos de diversos orígenes y épocas; también pasamos por el viejo edificio del Correo, donde había una preciosa exposición de… viejos aparatos telefónicos, con central de clavijas incluida; llegamos a La Bombonera, donde nos fue imposible comprar un puto chocolate; y hasta fuimos al Museo del Tango, en donde funcionaba un bar.

Hay que reconocerlo: los porteños son muy ingeniosos para algunas cosas.

Si quisiera volver hoy a esos lugares, no podría. En realidad, ni siquiera sabría por dónde empezar, ya que no presté atención a nada más que a la charla. El encargado de decidir a dónde ir era este amigo con el que viajé y que llamaré Bruno en este relato. Bruno se encargó, mapa en mano, de indicar, todo el tiempo, a qué estación de subte ir, en cuál bajarnos, cuándo doblar, cuándo seguir derecho, etc. Fue, desde todo punto de vista, un auténtico GPS humano.

A la noche pernoctamos los tres, Bruno, nuestra amiga y yo, en un pequeño hotel, bonito y limpio. Fue a la mañana siguiente cuando tuvo lugar mi encuentro con la tostada untada con manteca perfecta.

Bajamos a desayunar a eso de las 9 y el comedor estaba casi vacío. Probablemente debido a que la primera oleada de pasajeros ya había desayunado (en la juerga hotelera, a los huéspedes se les llama pasajeros… a veces también se los llama con algunos epítetos soeces que no voy a reproducir aquí porque no vienen al caso, a pesar de ser muy pintorescos).  Así que ahí estaba el personal, trajinando como loco, reponiendo las jarras con café y leche y jugo… y las fuentes con tostadas.

Fue así que me encontré con los diversos elementos que, por un azar del destino, estaban no sólo disponibles, sino también en su punto justo.

La manteca estaba apenas por debajo de la temperatura ambiente. El utensilio para extenderla no era un cuchillo de punta redonda como es habitual, sino esa especie de gancho semiplano que al pasarlo sobre el pan de manteca forma como un rulo o caracola, delgada y maravillosa. Y las tostadas! Las tostadas estaban apenas tibias, con esa temperatura idealizada que funde apenas una pequeña película de manteca que le permite fluir por su superficie, pero sin que se encharque; además, tenían el tamaño justo: tres bocados. Lo suficiente como para saborear el momento, pero ni tan pequeñas que hubiera que untar 20 tostadas para acompañar una taza de café con leche, ni tan grandes que no se pudiera terminar la segunda. Y en su punto. Crocantes por fuera y esponjosas por dentro. Más linda que la mierda, la tostada con manteca. Tanto, que no sabía si comérmela, o guardarla en el bolso y traerla de vuelta a Uruguay para mostrársela a mis amigos… finalmente me la comí, ante el riesgo de que la tostada llegara llena de la pelusilla de las medias de algodón.

Para redondear lo maravilloso de ese desayuno, mis compañeros estaban inusualmente silenciosos, más dormidos que despiertos. Y yo, feliz. Sí, porque uno debería poder ser capaz de comerse la primera tostada con manteca en silencio. De todos modos, qué hay para decirse antes del desayuno? Y si lo hubiere, es tan importante y urgente que no pueda esperar hasta después de la primera tostada?

Igual, es lindo tener con quién compartir las tostadas y los desayunos.

Ah, justo! Ahí viene María Luisa con las cosas para el desayuno, luego sigo…

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5 Respuestas a “La perfección no reconoce límites ni fronteras

  1. qué lindo relato.
    si te digo que nunca comí tostada con manteca. Desde que tengo memoria “no me gusta” la manteca.

    • Cómo que “no te gusta la manteca”? No seas chanta… y toda tu repostería con qué la hacés? Con grasa de pato? 😉

      A mí me encanta la manteca! Casi podría decirte que las tostadas con manteca y el café con leche son un grupo alimentario por sí mismos 🙂

  2. jajaja! La manteca es la base fundamental de casi todo lo que cocino. No la como sola, con pan o galletas. Y me pregunto por qué.

    • Ja! Si “desde que tenés memoria” no te gusta, lo más probable es que sea sólo un prejuicio.

      Como terapeuta calificado y clasificado dentro de la categoría chantística de 42, te invito a que pruebes una capa finita de manteca sobre una tostada… con miel por encima.
      Si después de eso no te la bancás, entonces mi diagnóstico es que probablemente seas una chica con problemas.
      A ver, contale a Panchito: De chiquita, te pegaban con un pan de manteca? Peor aún: te pegaban con una vaca cuando hacías macanas? Una vaca, sicológicamente hablando, no es más que la manteca disfrazada de leche forrada en cuero. Eso podría explicar, en parte, tu rechazo patológico a la manteca untada y a la vista, pero no a usarla entreverada con otras cosas.

      O es al revés? El sicoanáli es confuso!

  3. Me acuerdo dónde está el hotel. Una tristeza que haya que quedarse ahí para poder desayunar.

    Digo, podrían ofrecer su desayuno a ex-clientes y amigos por una módica suma. O algo, no sé.

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