Un instante perfecto de paz

La noche no trae fresco.  La casa sigue igual de bochornosamente caliente que durante el día.  La mañana siguiente es tórrida desde el comienzo.  El aire está seco y sofocante y la transpiración surge copiosamente incluso en la quietud total.

Se adivina la tormenta en este viento norte.  Se la espera junto con su promesa de frescor.  Pero no quiero esperar, así que ayudo al clima poniéndome a limpiar y ordenar el dormitorio, que es un caos.

Saco el colchón a asolear, airear, cuando empiezan a juntarse las primeras nubes.  Saco las alfombras y las raqueteo a conciencia.  De dónde sale tanta tierra?  Cuando prendo la aspiradora es el no va más del conjuro y el trueno, lejano, deja oír su voz de bajo profundo por sobre el molesto zumbido del aparato.

En la atmósfera opresiva, el sol sigue brillando de a ratos, pero ya se apresta a tocar retirada.

La tormenta se aglutina.  Nubes ominosas, como tubos rodantes, pasan amenazadoramente cerca.  Un súbito temor me asalta.  Y si esas nubes fueran las precursoras de un tornado?  A diario damos muchas cosas por sentadas, damos las cosas por sentadas, ¿cómo será verse despojado de todas ellas?  Peor aún, ¿cómo será  ver tu mundo material venirse abajo en el instante que le lleva al dedo de Dios tocar la Tierra y hacer una rayita en el suelo?

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Me dejo llevar por las imágenes.  El galpón con sus hierros retorcidos y las chapas esparcidas como los naipes de una precaria pirámide que recibe el manotón de un niño caprichoso y enfurecido.  Las herramientas  que pacientemente fui comprando durante años.  Mi pequeña biblioteca armada con esfuerzo y no menos paciencia durante la mayor parte de mi vida; gran parte de ella obtenida antes de la democratización de Internet y las descargas.  Los pocos electrodomésticos y cacharros que forman mi cocina.  No hay desprendimiento, ni elección, ni opción: simplemente te las arrebatan en un instante.

El corazón falla un par de latidos de solo pensarlo.  El materialismo se hace evidente.  Son relativamente pocas cosas… pero SON MÍAS.  Sí, el mantel de hule también.

De todos modos, me gusta creer que sería capaz de afrontar la situación con entereza y resignación.  Con tristeza también, claro está, pero sin desesperación; quizás con una mirada buddhista “Esto ya pasó, esto ya se fue, esto ya no está”.  A lo mejor al comenzar de nuevo pueda evitar mucho de lo superfluo.  Pura especulación vacua.  Espero no tener que averiguarlo.

El sonido de las primeras gotas me saca de ese ensimismamiento.  Pájaros, solos o en pequeños grupos, pasan volando hacia el sur.  Se levanta viento, un Pampero del suroeste cargado de frío y furia, y la lluvia gana en intensidad.

Aparecen algunas golondrinas adictas a la adrenalina, y tratan de planear en el vendaval; su vuelo se torna errático y brusco.

El viento aumenta su velocidad y el chaparrón se torna copioso.  Los eucaliptus al fondo del solar frente a casa, sacuden sus copas con furia.  Latiguean.  Culebrean rayos, los truenos gritan, destellan relámpagos.  Y el plumerillo se mece.  Protegido por un árbol de mayor porte, apenas se mueve bajo el ventarrón.  Detrás de él, las flores de mburucuyá están tan serenas que parecen pertenecer a otra película.  A una de ellas llega un mangangá, gordo y negro con una banda amarillo brillante en el lomo.   Se aferra a la flor como un amante desesperado y una vez encaramado, se sosiega y queda inmóvil.  Debajo de su flor amante, el abejorro goza de un instante perfecto de paz.

De repente, alguien cierra el grifo y la lluvia se corta en seco.  Solo quedan algunas golondrinas evolucionando en las turbulentas corrientes de aire.

El aire está fresco y limpio y yo me aflojo, aliviado, con los ecos del miedo apagándose en la distancia.

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3 Respuestas a “Un instante perfecto de paz

  1. Me gustó mucho este texto, y por un momento sentí miedo yo también.

  2. ¡¡Menudo susto!!

    Besos, Pancho

  3. Tormentas veraniegas, como os echo de menos, aunque no nos podemos quejar con el invierno que llevamos 😉

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