Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /46

Nuestra empresa es bien visible.  La parte edilicia, quiero decir.  Además de la puerta de entrada a la oficina, cuenta con dos portones de 6 x 4.50 metros.   Es como una invitación permanente para quienes andan recaudando fondos para la causa que sea.  Los bonos de colaboración a Bomberos, Policía, Policía Caminera, las murgas, los del Carnaval, los Caif o algún merendero, los que juntan plata para Fulanito que tiene parálisis cerebral, y para Menganito que tiene que operarse de El Trastorno (cámbiese por la enfermedad/síndrome/condición/afección que corresponda) en El Exterior (cámbiese por el país que corresponda).  También vienen a vendernos rifas y participaciones de sorteos de cuanta cosa hay en la vuelta, a beneficio de cuanta actividad se esté realizando.  Así, vienen a enchufarnos rifas los clubes de baby fútbol, las cooperativas de vivienda, las escuelas que están financiando un viaje al Cerro de Montevideo, los Leones, los Rotarios y la Comisión de Fomento de la Paja en el Ojo Ajeno y cosas similares.

Naturalmente, después de tanto tiempo, ya podemos reconocer a tales parásitos curreros personas en el acto.  Una cierta manera de caminar, un lenguaje corporal específico, una amabilidad fayuta desmedida y en general un pequeño cartapacio con los papeles que sean.

La mayoría de las veces no se los rechaza y se les deja exponer el motivo de su visita a nuestra pequeña y feliz familia.  Incluso, si la causa es buena, solemos colaborar con varios de ellos.

Otras veces no.  Algunas almas malhadadas tienen el don de caer en los momentos más inoportunos, ya sea luego de alguna discusión interna caldeada, justo cuando estamos tratando de solucionar un problema con una carga crítica o una rotura mecánica, entran en plena tormenta de mal humor, que las tenemos como por ráfagas, o sencillamente, nos agarran hastiados de que nos mangueen cinco veces al día, todos los días.

Ayer a la mañana, a eso de las 10, El Boss había estado discutiendo acaloradamente por teléfono durante los últimos 20 minutos sin llegar a buen fin.  A las 10:01, las vemos entrar…

Eran dos veteranas, cada cual con su carpeta, que entraron por la portón grande del frente.  El Boss las vio venir desde que pisaron el depósito y las dejó llegar.  A mitad de camino de la oficina, las chichis compusieron su mejor sonrisa. El Boss, parado frente al escritorio, dejó de ordenar papeles y les dedicó su atención completa e indivisa, mirada intensa, manos en puños apoyadas sobre el escritorio.

—Está el dueño? —pregunta una de las mujeres, de sonrisa resplandeciente, pero cometiendo dos errores en una sola frase de tres palabras: no dijeron ni buen día y arrancaron a hacerse las misteriosas.

Dejame que te diga dos cosas, si estás vendiendo algo que en general la gente no quiere comprar, por un lado, al menos tené la cortesía mínima de saludar; y después, no des vueltas innecesarias: exponé tu caso claramente y sin rodeos.  Ya sabemos que nos querés sacar plata.

—No.  —Responde El Boss sin que se le mueva un músculo.
—No está el dueño?  —Arremetió de nuevo la señora.  Se la vio insegura y la sonrisa fluctuó.  Evidentemente sabía que El Boss era el boss, pero el chabón estaba impenetrable.  Parapetado sólidamente detrás del escritorio, era inexpugnable.  Como Cuernavilla, en el Abismo de Helm, pero sin las cornetas.
—No.  —vuelve a repetir El Boss, impertérrito.
—Está el gerente entonces?
—No.
—No tienen gerente, tampoco?  —contraataca la doña.  En su desesperación, recurrió a un incrédulo tono de guasa, sin percatarse en ningún momento de que el horno definitivamente no estaba para bollos.
—No.  Acá no tenemos nada de eso.

La señora abre la boca para volver a la carga, pero El Boss ya está harto
—Pegue la vuelta.
—Que?  —dice la señora, totalmente fuera de guardia.
—Pegue la vuelta y váyase.
—Que me vaya? —dura de mollera, la doña.
—Sí.  Ahora. —responde El Boss y la desecha de su mente volviendo a los papeles.

Ultrajadas en su dignidad, las señoras se van entre airadas protestas a las que El Boss no da ni 5 de bola.

A los 15 segundos suena el teléfono y atiende El Boss.  Escucho esta conversación, mantenida con el tono indiferente de quien no da un poroto por lo que necesita el otro, al mejor estilo de los más recalcitrantes empleados públicos.
—Hola.
—No, no está.
—No, no vuelve.
—En la playa.

Dejo de hacer lo que estoy haciendo y lo miro con fijeza.  El tipo me devuelve una mirada serena y una sonrisa satisfecha ondea en su boca.  Por el tono se está sacando de encima a un indeseable y no sólo no le importa un carajo, sino que lo está disfrutando.  Lo miro fascinado.  Irradia la fuerza y la invencibilidad de un Héroe de la Antigüedad.

—Está de vacaciones.
—En la playa, volverá en marzo, de repente.
—No, no sé la fecha, es el dueño, sabe?
—Por nada, que tenga buen día.

´—Eran del Centro de Funcionarios de TALENTEDELESTADO  —me explica con un suspiro—. Seguro que el jueputa me quería vender algo.  A esos los cazo en el aire!   Si en marzo llama de nuevo, decile que… me morí volviendo de la playa.

Para vos, Nachito.
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4 Respuestas a “Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky! /46

  1. jajjaaj a veces me gustaría presenciar uno de estos hechos.. sólo para confirmar, que lo que me imagino, con gestos y formas, es tal cual a lo que narras…

  2. ohhhhhhh. mi queridisimo Nkosi, ahora si! esto es volver. Gracias

  3. No des nombres, mi amorcito. Por favor te lo pido, ta? Por eso lo llamamos El Boss y Madre, respectivamente. 🙂

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