Logorrea /03 Un paspe

Las playas de Punta del Diablo son increíbles.

Las arenas tienen tantos matices y colores que es difícil describirlos todos sin caer en largas parrafadas.  No es que 42 sea ajeno a las parrafadas, vos lo sabés, pero en este caso parece inadecuado plasmar una sensación tan definida usando una maraña de palabras. Igual lo voy a hacer, ojo, pero que conste que es bajo protesta formal.

Hace algunos días que llegamos al pueblo.  Comimos nuestros primeros pescaditos, instauramos nuestra rutina playera, nos mimamos en la noche estrellada con el rumor del océano cercano como banda de sonido y recuperamos horas de sueño atrasadas.

Hoy, sin embargo, es un día especial, porque llega Hermana a visitarnos.  Ana, una amiga, también está de visita y ya hace un par de días que nos amenaza con dejarnos en paz sin decidirse.

A las tres les encanta lagartear al sol.  Hermana está especialmente ansiosa por bajar a la playa, ya que viene por el día, así que allá salimos.  Para mí, estar tumbado al sol solamente por “tomar sol”, tiene el mismo atractivo que mirar secarse la pintura, así que mientras ellas se quedan tiradas en la arena, aprovecho para hacer lo único que me había prometido: una buena caminata.

Si estabas en Punta del Diablo el domingo 26 de enero, en la Playa del Rivero a eso de las 10 de la mañana, y viste pasar con rumbo norte (o sur, dos horas más tarde) un coso de sombrero de ala ancha, hatta al hombro, lentes oscuros y una varonil y hemingwayana barba pelirroja, ese era yo, yendo (o volviendo, dos horas más tarde).

Empiezo a caminar y enciendo el reproductor de música; a los pocos pasos termina Pearl Jam y comienza Pink Floyd: Animals, el doble Pulse + The Wall y algún otro tema suelto.

La arena es fina y apenas áspera. Se ve sucia, mezclada con la tierra rojiza de la calle.  El sol pega con fuerza y el aire no se mueve.

Cuando voy llegando a la punta rocosa que marca el final de la playa de Punta del Diablo empieza a sonar Sheep y el paso se vuelve firme y acompasado.

Las rocas costeras son extrañas.  En Colonia, son masas de granito compacto y uniforme, mientras que en esa zona de la costa, parecen formadas por infinidad de otras pequeñas piedras, unidas por una misteriosa argamasa.  No parece granito.  En un principio pensé que podían ser sedimentarias, pero no hay estratos visibles, quizás sea algún tipo de formación metamórfica, pero finalmente no tengo ni puta idea de qué tipo de piedra es la que forma la línea costera.  Son ásperas y aunque de lejos parecen tener una textura grisácea uniforme, en realidad las piedras que las forman se han ido gastando de forma despareja y hay que ir con cuidado de no rajarse una pata en un filo ocasional. En definitiva es eso lo que importa. Y otra cosa: este tipo de divagues son los indicadores de que la cabeza se va vaciando.  Se va vaciando de los problemas diarios y empiezan a aparecer las asociaciones libres, sin otra pretensión que decir “hey, hola, mi nombre es Heráclito Somorgujo y soy una idea en potencia”.

Es una de las mejores cosas de las vacaciones, vaciar la mente.  Es como ir haciéndose más básico.  Las cosas, todas las cosas, las reales, las que deseo, las que necesito, las que veo y las que imagino que veo, van perdiendo adornos y artificios y se vuelven más simples.  El músculo duerme, la ambición descansa, como dice el tango.

La arena que forma las dunas que rodean la punta rocosa es granulosa y de un dorado oscuro;  se calienta velozmente con el sol de mediodía y traspasa la suela del calzado. Un incentivo más para apurar el paso.

Cuando llego a lo más alto, ya con la Playa Grande a la vista, fijo mi mirada en una pequeña construcción que se ve sobre la línea del horizonte: a la distancia parece una especie de choza.  Es un buen punto de referencia y lo tomo como destino-pivot: voy, chusmeo y vuelvo.  Calculo que puede estar a unos dos kilómetros a vuelo de pájaro, aunque no importa demasiado en realidad.  Tengo unas ganas enfermas de caminar, también de gritar.  Quiero gritarle al mar y sacarme demonios de adentro.

Bajo a la playa desde el pequeño promontorio.  Técnicamente, estoy en el Parque Nacional Santa Teresa.

La playa es amplísima y de arenas finas y compactas.  La escasa gente se amucha cerca del camino de acceso y más allá se ralea a una o dos personas cada varios cientos de metros.  El sonido del mar, brevemente silenciado por la calma de la bahía, va ganando en intensidad a medida que el largo arco se va abriendo.  Lo percibo en las tripas más que en las orejas, que están atrapadas por Pink Floyd.

Cierro los ojos y sigo caminando.  Literalmente no hay nada con lo que tropezar.  Si noto arena floja, corrijo mi rumbo hacia la derecha, si siento que chapoteo, lo corrijo hacia la izquierda y así voy, en una especie de, no de ceguera, sino de limbo autoimpuesto, pacífico y lleno de música.

Cuando comenzó The Great Gig in the Sky, los gritos que tenía guardados se transmutaron en lágrimas.  Serenas.  De las que lavan.  Por qué motivo?  No tengo idea.  De maricón, nomás.  Probablemente.

Me siento fuerte y con el paso elástico.  Siento ganas de correr, pero no caigo en la trampa.  La puta choza no parece estar más cerca y el horizonte parece igual de inalcanzable que al principio de la caminata.  Si me canso como un boludo, la vuelta va a ser cualquier cosa menos placentera.  Así que sigo, a buen paso, pero dosificando las energías.  Quiero llegar a la maldita choza… que ya no parece una choza, salvo que sea una choza de dos pisos.

Me gustaría poder seguir adelante.  Pasar la Punta del Barco y seguir de largo todo el Parque, y La Coronilla, y Barra del Chuy y… me detengo.  Paro en seco. Los destinos son una quimera.  Siempre empieza otro camino desde el sitio en que paramos.  Y sigue por siempre jamás, ramen.  El camino es infinito.

Esa idea fulgura en mi cabeza tan nítidamente, que volatiliza mis ímpetus. Empiezo a pensar en sentidos.  En cómo le damos una importancia desmesurada a ciertas cosas que en realidad no la merecen, porque no tienen sentido.  Ni final.  Son como mi idea de llegar a la choza que está en Punta del Barco: la playa sigue, sin más. Qué es tan importante?  Por qué es tan imperioso caminar a todo tren para llegar a… ningún lado?

Mi paso se acompasa al nuevo estado de ánimo y se hace más normal, como un paseo más que como una carrera.

La arena cambia.  Se torna gruesa y pesada.  El paso se hace lento y torpe, hundido en la arena hasta arriba de los tobillos en ciertos tramos, empiezo a notar una molestia.

El camino es infinito, pero yo no: tengo ampollas en los pies.  Salí de championes, pero sin medias, viteh?  Hay que ser vejiga!  Pero uno nunca debe subestimarse, my friend!  Porque nunca se sabe qué tan vejiga puede ser un vejiga.

Sigo caminando.  La choza ahora parece estar más cerca.  En realidad, la choza ya no es una choza, es un mirador al que se accede por una escalera.  Es bastante alto, lo que explica lo engañosamente cerca que parecía en un principio. La arena gruesa da paso a guijarros.  Ya casi estoy.  Unos metros más.  Los guijarros dan paso a conchillas pulverizadas que crujen bajo mis pies.  Otro poco, vamos! Las conchillas dan paso a la arena compacta una vez más.  Inconscientemente, voy apurando el paso de nuevo.   Ahora quiero llegar de una puta vez.

También siento una molestia en la entrepierna.  Justo acá.  Es que el short está húmedo luego de darme un baño y el suspensor me hace daño…

Finalmente llego al mirador.  Miro.  El mar es inabarcable.  Hermoso.  Cegadoramente brillante.  Aterrador en su inmensidad.  El camino recorrido parece mucho más largo desde este lugar.  Me equivoqué feo en la distancia.  Luego haría unas cuentas sobre un mapa y lo que parecía estar a un par de kilómetros, estaba a más del doble.  El nuevo horizonte, al final de la Playa del Barco, está a otro tanto, pero daría igual si estuviera en la Luna.

Me demoro unos minutos, mirando adelante, a los techos de las casas que asoman aquí y allá entre el verdor.  Es lindo en su tranquilidad, sedante.

Pero es hora de volver y paso revista.  Total, pies ampollados y bolas paspadas.  ESO es real.  ESO es importante.  Las ampollas vaya y pase, te descalzás y listo.  Es lo que hago en este momento.  Pero y las bolas paspadas?  No es tan sencillo sacarse el short y airear el equipo en una playa pública.  Quizás una solución de compromiso?  Lo bajo un poco.  Empiezo a desandar el camino.

El retorno es más lento.   Descalzo por las toscas, primero.   Medio de piernas abiertas, como recién bajado del caballo, como si tuviera las bolas entre paréntesis, con un bamboleo parecido al del “Pato que baila”.

Me acerco al borde del agua y dejo que el mar haga lo que sabe hacer mejor, que es mojar.  La arena, contra la orilla, es blanda y brinda una buena escusa para andar despacio.  Bajo el short otro poco.  Cuando me acerco a la zona alfombrada de conchillas, me detengo un momento y escucho.  Las olas rompen con fragor y bañan las conchillas con el último impulso;  cuando las aguas se retiran, las dejan en suspensión un momento y las hacen tintinear como pequeños caireles de hueso brillante.  El espectáculo es hipnótico.

Sigo caminando.  Me bajo el short otro poco.  La remera es larga y tapa las indiscreciones, así que no se nota que casi lo llevo a medio camino de las nalgas.  No es elegante y definitivamente es muy poco digno, pero mis paspadas bolas empiezan a darme un respiro.  Se van oreando, como quien dice.

Voy llegando a destino.  Sólo faltan las últimas dunas.  Las últimas dunas formadas por la arena granulosa y de un dorado oscuro que que se calienta velozmente y que  ha estado al bruto rayo del sol toda la mañana.  Y yo descalzo.  Calculo que si hago como esas lagartijas que se ven en la tele y levanto una pata un rato antes de dar el siguiente paso, voy a poder avanzar de manera razonable sin quemarme demasiado.

Obviamente, las lagartijas deben hacer trampa de alguna manera, porque igual me quemo hasta las manijas y termino de cruzarlas corriendo y resoplando.  No, en ningún momento se me ocurrió ponerme los championes de nuevo.  Qué, pasa algo?  Vos nunca tuviste un momento de distracción?  Bueno.

Al final las dunas finalizan y llego otra vez a la arena fresca bañada por el mar.

No tengo más remedio que subirme el short a la posición donde se supone que debe ir.

Hay que tener un pudor.

Después de una caminata de poco más de 10 kilómetros, que no pretendía ser de más de 6, de ver pequeñas maravillas, de contemplar paisajes de ensueño, de experimentar fuertemente el placer de la música y de los sonidos de la naturaleza, del agradable cansancio del ejercicio físico, y de colegir algunos pensamientos interesantes y otros ligeramente filosóficos y casi místicos, puedo sacar una sólida conclusión:

No hay como tener las bolas paspadas para mantener todo en perspectiva.

Que te sirva de lección, Pemonte Saltaqueño.

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8 Respuestas a “Logorrea /03 Un paspe

  1. maravilloso… realmente. ahora, quizá tendrias que caminar desnudo y con los ojos cerrados

  2. Sugerencia: no te pases gel post solar para “humectar” la zona. Sólo empeora las cosas.

  3. Ja, no sé si es porque lo describiste muy bien o porque hice ese recorrido varias veces durante cada verano de mi vida, pero fui viendo todo mientras leía (menos las bolas paspadas, eh, no vi nada, en serio).

    Leíste Verano? (el libro que sacó AUCH).
    La historieta que publiqué ahí tiene muchas cosas en común con tu relato. Cuenta la caminata de una niña desde la sombrilla en el Rivero (que en mi familia se llama “la Simpática”, no sé por qué) hasta un mangrullo como el que vos visitaste, pero que estaba hace varios años (7, 8, ponele) entre el Rivero y playa Grande, ahí, en la arena arriba de las rocas. Ella también se pincha con las rocas y se quema con la arena y apura el paso. Y sube al mangrullo y mira el horizonte (ponele que es todo autobiográfico menos el aspecto de la nena, que es rubia y tiene dos cejas).

    Ta, todo eso muy parecido, bien. Pero lo que más me llamó la atención fue que estuvieras escuchando Pink Floyd, porque cuando dibujé esa historia fue mi banda sonora y elegí el nombre de una canción como título para la historia 🙂

    Mirá: http://divididomaco.blogspot.com/2012/01/signs-of-life.html

  4. Ja! Re voyeur!
    Qué buena palabra “mangrullo”! Cómo no me di cuenta de usarla! Todavía no he tenido la oportunidad de conseguir ese libro. Lo tengo en mi lista de pendientes hasta encontrarme de nuevo con el estand de AUCH. Yo te sigo a todas partes! Pero sin ser un stalker.

    Qué loco lo de la música. Supongo que esos espacios abiertos son muy Pink Floyd.

    • Es muy buena, me dio un secreto (ya no más) placer (muy chiquito) usarla y pensé que lamentarías no haberte avivado. Ahora vas a tener que escribir otra cosa y sacarte las ganas.

      Sobre el libro… leelo, si querés, pero no te hagas muchas ilusiones. Hay pocas historias que me gustaron (y la mía no es una de ellas).

      Tiene que haber alguna relación. Espacios grandes y sonidos envolventes, algo así. No sé.
      Aunque sea sólo una casualidad, estuvo buena.

      • Ya vas a ver, cuando aprenda a dibujar, dentro de 30 o 40 años, voy a dibujar una viñeta que te va a hacer babear de envidia… y vas a recordar este díaaaaaa bbwaaahahahaha!!!
        Me dejé llevar por el personaje…
        Siempre hay algo interesante, y además está bueno apoyar la producción nacional. Además me dejaste con la pica de la botijita solita en la playa con su palita en la mano.
        La relación puede ser que las grandes mentes discurren por carriles similares 😉

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