Crónica de una gata siamesa bizca

Hola.

Espero que te encuentres bien.

Mi nombre es Anastasia, aunque la mujer a la que le permito prestarme su casa insiste en llamarme Tekla.  Es un nombre extraño, Tekla, considerando que soy de la realeza.  Sí, lo soy.  Mi nombre no es casual.

Tengo un leve problema en la vista, que consiste en que cada ojo intenta mirar todo el tiempo hacie el lado opuesto de manera simultánea.  Las personas suelen encontrarlo muy gracioso.  Bueno, no lo es.  En contrapartida, por alguna razón inexplicable, eso me hace, si cabe, aún más irresistible a sus ojos, por lo que recibo mimos, caricias y atenciones extra.  Que no es que no los merezca, pero son siempre bienvenidos.  Supongo que no hay mal que por bien no venga.

Hace unos días, la mujer a quien permito que me alimente invitó, sin consultarme, a otras dos personas a almorzar.  En el acto me pregunté quiénes serían esta vez.  A veces desearía que esta buena mujer no fuera tan generosa.  Los invitó a comer foie gras!  A un par de plebeyos!  En lugar de compartir esa vianda conmigo!  Qué vida tan perra!

Cuando los vi entrar me dije “Oh, no.  No otra vez la rubiecita y el pelado que la acompaña”.  Pero sí, hube de rendirme a la evidencia.  La rubiecita tiene una mascota muy extraña.  Ya los había visto una vez antes y debo decir que no me habían impresionado para nada.  La rubiecita no es capaz de acariciarme en lo más mínimo, posiblemente debido a la timidez que le provoca encontrarse frente a un ser tan magnífico como yo.  El peladito en cambio… a veces deseo ser capaz de resoplar.  Es tosco y se ve a la legua que no posee ni los más básicos rudimentos de educación para tratar con alguien de mi categoría.  Y sin embargo, tanto la rubiecieta como la mujer a la que permito llevarme al veterinario para mantenerme sana, le dejan compartir la mesa con ellas.  ¡Inaudito!

La reunión comenzó con una charla muy animada que deambuló por las costumbres grastronómicas de distintas tierras y tiempos.  Vino al presente y se retrotrajo a la Edad Media, escuchamos músicas majestuosas unidas a grandes historias y la hora fue pasando.

En un momento dado, el peladito se empezó a poner ansioso.  Apestaba a impaciencia, debida probablemente a que no veía ningún preparativo en la cocina.  Probablemente sea de esos pobres seres que se pasan dos horas cocinando cada vez que tienen que llevarse un bocado a la boca.  Pobre vasallo simplón.  Ese tipo de persona debería dar gracias porque nos dignemos a posar nuestra mirada sobre ellos.

Pero la mujer a quien magnánimamente dejo que me acaricie, no es ninguna improvisada.  Todo estaba calculado al detalle.  Como de la nada apareció una bandeja con delicados medallones de salmón, preparados con limón y especias y aderezados con mostaza de Dijon y salsa de rábano picante.  Ah, dije para mí, la pièce de résistance.

Pero me equivocaba.

¡Me expulsaron de la mesa!  ¡Un ultraje!  Y la rubiecita no paraba de hacerme ademanes amenazadores y sisearme “¡Shúu!  ¡Camine afuera!”  Como si fuera un pobre perrucho campesino!  Y tuvieron el tupé de poner sobre la mesa por la que me paseo para alegrar sus ojos, unos manteles perfumados e inmaculados que no tenían para nada mi olor.  ¡Por la Reina Berúthiel, que se sintió como un coup d’État!  ¡Fue indignante!  Respondí a semejante falta de modales y etiqueta, aposentándome en la esquina más lejana de la mesa, mirando ofendida hacia afuera y dirigiendo miradas de frío desdén a mi alrededor.  Finalmente empecé a acicalarme, porque aunque desplazada, la elegancia nunca debe perderse.

Y siguieron comiendo, charlando y riendo, comentando las bondades del pescadito y regando todo el invento con vodka, sin ser capaces de ofrecerme una mísera miga. No pararon hasta limpiar el plato y se los veía tan satisfechos y orondos que tuve que irme de puro fastidio.  ¿Crees tu que se percataron de mi ausencia?

Presentí que el salmón en realidad era una entrada y me dirigí hacia la cocina.  Allí esperé un rato.  No venían.  Volví al comedor.  Me paseé bien a la vista de todos.  Volví a treparme a la mesa, de donde volvieron a expulsarme.  Ignoré a la rubiecita y su mascota y volví a la cocina.  Hasta que vinieron, finalmente.

La mujer a quien permito cepillar mi pelo comenzó a cocinar, tomando a sus órdenes a la rubiecita y al pelado.  Limpió de venas y acondicionó un kilo de foie, mientras la rubiecita cortaba en finos bastones un par de manzanas y un par de peras y el peladito hacía de lavandín.

Entretanto, nadie parecía darse cuenta de lo oportuno que hubiera sido alcanzarme un trozo de foie para que lo probara.

Ella puso una sartén al fuego y una vez caliente fue colocando las piezas de hígado.  ¡El peladito preguntó si no llevaba aceite!  ¿Lo podés imaginar?  ¿A una carne que se llama “hígado graso”?  A veces desearía que la mujer a quien dejo cambiar mis piedras sanitarias a intervalos regulares, dejara de invitar a estos personajes tan provincianos y pueblerinos.  Si hubieras visto su expresión ante la grasa de pato, te darías cuenta de lo que hablo.  En nombre de Bastet, ¿es que esta persona no sabe NADA de la vida?

Cocinó el foie un minuto de cada lado, sin agregar sal ni nada y luego lo retiró de la sartén, reservándolo.  Retiró la mayor parte de la grasa dejando solo un fondo al que agregó la fruta picada.  Espolvoreó esta con azúcar y canela en abundancia y removió continuamente hasta que estuvo caramelizada pero todavía consistente.

Al momento de servir, emplató un poco de la fruta y del foie gras al que condimentó con una poca de pimienta negra recién molida.

Fueron todos a la mesa entre exclamaciones de placer y sin dedicarme una sola mirada.

Acompañaron el plato con un vino blanco joven de Pisano: el Verde Virgen. Y por sus expresiones y la manera de comer, silenciosa, pausada y casi extática, parecía que hubieran encontrado el Cielo en la mesa. En realidad no sabría decirte si era verdad, porque no fueron capaces de convidarme con un solo bocado.

Luego de comer, de terminar el vino, de acompañarlo con unas fantásticas uvas moscatel rosado, el peladito se dignó jugar conmigo.  Pero maldita sea si fue un consuelo mordisquear el ratón de juguete relleno de espuma sintética.

Procuré arañar al pelado lo más posible, aunque no me casuó la más mínima satisfacción.

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5 Respuestas a “Crónica de una gata siamesa bizca

  1. Esta entrada sin fotos de tus brazos y manos no sirve de nada 😉

  2. Tekla manda saludos y maulliditos mimosos! (Se llama Tekla, por una abadesa alemana medieval, y no Tecla, que era una santa de Galicia, una santa gallega, patrona de los panaderos y almaceneros de este país).
    La proxima vez cocinas vos, dice…

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