El atún es la parte más rica del pescado

Feldespato Rosado era hijo de Descolorido Rosado, un hombre con mucho roce,  y de Cíclada Revestida, una mujer de belleza tan insulsa que más que mujer, parecía antropomórfica.

Su nombre causaba confusión, a veces, porque cuando durante su época escolar la maestra preguntaba, ¿de quién es esta cartuchera?, los compañeros solían contestar, ¿la cartuchera? De Feldespato Rosado Revestida, por lo que la buena mujer pensaba que le estaban tomando el pelo, porque la cartuchera era claramente de plástico sin ningún tipo de revestimiento.

Feldespato tenía un hermano que por caprichos del destino se llamaba Salmón, ya que el del registro se comió una “o” al medio a la hora anotar al chiquilín; así que en vez de un grandioso nombre de rey, el chaboncito quedó como un pescado en la orilla.

También tenía una hermana no deseada y accidental que por caprichos del padre se llamaba Espátula.  Descolorido era bastante hijueputa, la verdad.

Feldespato fue un niño mimado.  En realidad lo abrazaban y aupaban y achuchaban a cada rato, debido principlamente a su nombre: Feldespato es una de esas palabras cuyas cualidades sonoras hacen que uno quiera acariciarla, así que, aunque medio feote, el bebé e infante Feldespato fue mimado a conciencia.

Espátula no tuvo esa suerte.  En realidad, le hacían tanto el vacío, que por ejemplo en verano, le inflaban la picinita, le ponían un poco de agua y la dejaban chapoteando tristonga y sola durante horas, como si fuera un acuátil avechucho descastado.  Salmón me contaba que para él, secretamente esperaban que se ahogara, santita.  De todos modos no hablaremos más de ella, ya que si la rechazaban es porque algo habría hecho, no?

Feldespato, lo que sí, es que tenía de tonto, simplón e influenciable lo mismo que de querido.  Y lo querían al máximo.  Era lo que los antiguos romanos denominaban bobus redondae, el famoso zoquete esférico, ya que era zoquete por el lado que lo miraras.

Era un tipo tan bobo, que no servía ni para pelar cebolla, porque la primera vez que preguntó hasta dónde pelaba la cebolla, le contestaron en broma que la cebolla se pela hasta encontrar el carozo, y Feldespato terminó desechando cinco quilos de cebolla-en-mal-estado-por-no-tener-carozo.

Nunca más lo dejaron entrar a la cocina, a Feldespato.

A la hora de la comida, un suponer, era un tipo mañoso y ñango, al que era preciso engañar a cada instante.

—No me gusta el mondongo!  No voy a comerlo! —declamaba Feldespato con resolución y desafío.
Lo que obligaba a la pobre Cíclada a usar su ingenio:
—Pero, Feldespatito —le decía Cíclada—, las milanesas no son de mondongo, son de pollo japonés.  Probalas y vas a ver que tienen el mismo gusto que las del pollo de acá. —decía conciliadora.

—Pollo japonés?  —Respondía desconfiado Feldespato.  Pero a pesar de todo las probaba, porque suponía, con buen criterio y lógica aplastante, que en Japón comerían milanesas de pollo como cualquier hijo de vecino y que si los ojos eran distintos, también distintos serían los pollos peropollosalfin.  Y al final de puro bobeta, le encantaban y se comía media fuente y pedía más.

Lo mismo le pasaba con el atún, al principio de su vida carnívora y omnívora, del que decía, más o menos enfáticamente, que no era para nada de su agrado.
—El atún es un pescado de porquería que no pienso probar!  —exclamba Feldespato, airado.

Eso sucedió hasta que entre Descolorido y Cíclada lo convencieron de que sus compañeritos de escuela estaban equivocados; que el atún no solo no era un pescado que venía en latas infames, sino que por el contrario, todos los pescados tenían atún.
— El atún, sabelo, es la parte más rica del pescado —le remachaban pacientemente.  —El atún es como la bondiola del pescado.  Y si te gusta la bondiola, también debería gustarte el atún.  Porque si no —enfatizaba Descolorido—, es que estás loco y a los locos hay que internarlos y les dan fideos con atún todos los días, en todas las comidas, hasta que se les pasa la locura.
—En todas las comidas? —preguntaba Feldespato, inseguro y amedrentado, el imbécil.
—Sí, en todas.  Hasta el café con leche lo acompañan de fideos con atún —reforzaba Descolorido, agorero.

Y allá iba y se comía Feldespato su arroz con atún, tomate y mayonesa de la comprada, light y no tan rica.  Aunque nunca se supo bien cuál de los amorosos argumentos esgrimidos por sus padres fue el que finalmente lo convenció.

Lo que nunca pudieron lograr, sobre todo desde que su hermano se fuera a Valparaíso, fue que comiera salmón ahumado chileno.  No hubo argumento o amenanza que pudiera convencerlo.

La primera vez que le mostraron un filete de salmón rosado, le hizo un velorio y estuvo 6 meses de duelo.

Desde ese infausto día, le dicen Feldespato el Irreductible.

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