Comimos en: La Lupita

Juntamos una banda de gente y nos fuimos a La Lupita,  un pequeño restaurante de comida mexicana en Luis de la Torre 565.

Tacos, tortillas, nachos, frijoles… todo bien enchilado.  No había comido nunca comida mexicana.  El picante está muy bien y algunos platos (caso de los huevos motuleños) elevan varios grados la temperatura corporal, al punto de que dan ganas de salir a pelear osos polares vestido en camiseta.  De todos modos, estoy segurísimo de que es sólo una minúscula expresión del fuego en cucharita que comen los mexicanos de ley.

El lugar está presidido por la Virgen de Guadalupe y se ven motivos tradicionales y reproducciones de Diego Rivera, además de un saludo hacia mi humilde persona que me llenó de regocijo.  Soy un ciudadano del mundo, como quien dice.

Pancho

Para ir a probar comida típicamente mexicana, con el sabor y la textura originales (según me comentó gente que la conoce), está muy, pero que muy bien.  Los precios y las porciones son inversamente proporcionales, que conste y sirva de aviso… y las porciones son Pequeñas.  Bastante, Pequeñas.

El guacamole de La Lupita está de muerte.  Muerte. Muerte. Muerte. Si vas, no podés dejar de probarlo.  Si vas y no pedís guacamole, subliminalmente te vas a arrepentir toda tu vida.  Un placer maravilloso e inesperado.

Como sea, comimos mucho y rico, aunque no me enloqueció especialmente.  Supongo que me la imaginaba más sabrosa y distintiva.  Sí pienso ir a buscar cada tanto un poco de guacamole y tortillas.

Esta reunión comidística fue marcada por dos hechos notables.

Primero: redescubrí una de las verdades universales: si el tequila es maléfico, entonces el mezcal es Diabólico.  Maravillosamente diabólico.  Supongo que eso, además de pastafari, me convierte en satanista, porque después del primer fuego el resto queda todo tiernito-tiernito y baja sin problemas pidiendo más.

Segundo: nuestro grupo finalmente tiene un poeta!  Más que poeta, prácticamente, y nunca hubiera esperado encontrarme uno, un gonnagle.  Le falta la gaita hecha de ratones, pero tiene todos los atributos.  Su poesía es poderosa y conmueve.  Sus relaciones, humanas y enternecedoras, nos dejaron al borde de las lágrimas.  Sirva este pequeño ejemplo como muestra de su excepcional talento.

Lo que sigue son los primeros versos de una sentida trova intitulada “Canción para un amor imposible” y comienza con el trovador que,  transido de dolor, llama la atención del auditorio mientras pide permiso para cantar sus cuitas:

Aro, aro, aro…

Ayer pasé por tu casa
y me diste una gran perla.

Me hacés el favor de darme la concha
que no sé dónde ponerla?

Desgarrador, verdad?  Así tengo la piel, de gallineta de guinea (que se erizan mucho más que las gallinas comunes).

Bien entequilado la poesía se aprecia mejor, sabelo.

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