Saramago y el origen de las buenas ideas

Me llama mi amigo Ernesto al teléfono fijo de la casa; a ver cómo ando, en qué ando.  Conversamos un rato.  Me cuenta de su mujer Sofía y de su pequeña hijita Victoria, que acaba de cortar el primer diente.  Le cuento del trabajo y de mi novia, con alguna queja entreverada, de lo que se va en impuestos, lo que cuesta mantener un perro y de la conveniencia de cambiarlo por un gato, que es un bichito que se cuida solo.  Hasta que me acuerdo de Osiris, el maldito gato descrito por Cortázar y me desdigo al instante, que ni en pedo tengo un gato inmundo como Osiris.  Indignado casi, con el gato de Cortázar.  Medio en broma, y ya que nota que casi me enojé sin darme cuenta, me pregunta qué afrenta nueva tengo para contarle.

Así es Ernesto: todo se lo toma a broma, aún las cosas más sórdidas y trágicas que tengo para contar.  Nunca tendrá una palabra piadosa para reconfortarme, pero al menos me escucha.  Hoy por hoy, que alguien te escuche un rato, pero sin cobrarte el sueldo de una semana por ello, es una bendición, así que lo tomo al pie de la letra.  A fin de cuentas, yo me desahogo y él se divierte.

Y yo tengo una ofensa fresquita en la memoria y en el alma para sacarme de adentro y compartir con él. Una ofensa que no voy a tolerar.  Un punto de inflexión.

Es el ómnibus.  El que me lleva todas las semanas desde la casa de María Luisa a Colonia.  De dos horas y media a tres de viaje.

Los viajes en ómnibus, en invierno, son una pesadilla. El maldito del chofer pone la calefacción a una temperatura que hasta los putos Pyrolobus encontrarían incómoda.  Y se ríen.  Se ríen de mí cuando, ya descalzo y en camiseta, me acerco a la cabina y humildemente, casi con desesperación, les pido que por favor bajen un poco la temperatura.

Dormir se hace imposible, acosado por calambres.  Leer se vuelve una tarea titánica, cuando todo en lo que podés pensar es que estás transpirando como un cerdo.  Escuchar música carece de sentido, porque la incomodidad es tal que hasta los auriculares te molestan y te hacen pensar en que incluso las orejas te sudan.

Y te removés, inquieto, insomne, buscando un respiro ante la masa de calor que surge de los respiraderos que están contra el piso.  Y los tapás con una prenda de vestir, y otra, buscando una tregua mínima.  Y apoyás la frente contra la ventana empañada, que te refresca, aunque brevemente, como una mano amorosa que pretendiera bajarte una fiebre infinita y abrasadora.

Y el de adelante, que va durmiendo como un oso, con el asiento tan reclinado hacia atrás, que casi se te apoya contra el pecho; el ahogo y el encierro son casi sólidos.  Igual que el aire caliente que parece palpitar y rielar sobre los asientos.

Y al removerte, de manera forzada en el diminuto espacio libre, lo sabés, le estás rompiendo las pelotas al otro pasajero de al lado; ese hijo de la gran puta que lee al sorete de Saramago sin inmutarse y que envuelto en su bufanda y con el saco del blazer puesto te mira de reojo, como juzgándote, porque él, el señorito, no molesta a nadie pero vos sí.  Pero es Saramago quien te da la respuesta.  Ese maldito se hace el superado a propósito, fingiendo que disfruta del calor sofocante, estoy seguro.  Yo te voy a dar intermitencia de la muerte a vos!  A vos y al otro montón de viejas crotas , malditos trastos, alabando lo calentito y cómodo que se viaja en ómnibus hoy en día, con el aire más seco que el de Atacama y lo bien que le hace pa’l reuma.

Pero todo eso va a acabar.  No más acumular afrentas, le digo a Ernesto, al que sólo adivino todavía ahí porque escucho su risa contenida de dientes apretados.  Esta vez voy a hacer algo al respecto.  Basta de cartas al director del diario.  Aunque va a ser una declaración de principios que va a salir en los diarios y en el noticiero y en todos lados.

Menos mal que estás lejos, le digo, menos mal.  Porque a esos infelices les espera una sorpresa.  ¿Quieren calor?, le digo, enarbolado, elevando la voz y con la respiración sibilante, yo les voy a dar calor pa’ que tengan y repartan.  Y en eso me acuerdo de Gárgamel y me pongo a imitarlo, los atraparé, aunque sea lo último que haga!

Y Ernesto, que percibe una nota discordante en mi discurso, ahora se pone serio y trata de calmarme.  Y empieza a decirme algo de que no me preocupe, que quería darme la sorpresa pero que me tranquilice, que  está en el bus que llega a las 21, que ya pasó el peaje y está a apenas una hora de Colonia y que cuando llegue acá me va a hacer ver que no es para tanto.  Que nos vamos a tomar un buen vino y vamos a terminar riéndonos de todo esto.

Y yo que me quedo de piedra, sin saber qué hacer, qué decir.  Hace meses que no nos vemos con el loco.  Y sólo atino a decirle que se baje del ómnibus.  Que se baje ahí mismo.  Le grito con urgencia que no pierda tiempo y se baje ya mismo sin que importe lo que tenga que hacer.

Y cuando quiero acordar me doy cuenta de que estoy hablando solo, porque la llamada se ha cortado.

Y espero que el teléfono vuelva a sonar.  Y mientras espero, camino.  Camino por el pasillo que lleva del teléfono al living.  Y otra vez al teléfono.  Y al living, donde está la tele.  Y al teléfono, que no suena.  Y otra vez hasta la tele, que está prendida desde temprano esperando las noticias.  Y al teléfono, ese maldito aparato que se empeña en seguir en silencio.

Cuándo se cortó la llamada?

Me habrá escuchado cuando le dije que se bajara?

Me habrá tomado en serio?

Por qué no suena el puto teléfono?

Por qué no me llama de vuelta?

Por qué?

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