José Saramago: Las intermitencias de la muerte

No creí que fuera posible, pero me reconcilié con Saramago, que explora uno de los temas recurrentes de 42.

En Las intermitencias de la muerte, ésta decide conducir un experimento: qué pasaría si le concediera a las personas el tan manido lamento de “no quiero morir”, o mejor aún “querría vivir para siempre”?

Usando un humor irónico y sutil, esta sátira se ambienta en un país anónimo en una época no determinada.  Sólo se sabe que a partir del primero de enero, no muere nadie.

Claro que la muerte, específicamente la de las personas, detiene su trabajo, pero no evita el decaimiento del cuerpo y la mente.  Así se van explorando las consecuencias de esta aparente bonanza, en lo político, religioso, económico y social.  El tono ligero enmascara realidades crudas y disfraza de chiste conceptos que han atormentado a las personas desde siempre.

El ritmo es ágil, bien dinámico, pero la forma en que está escrita se sale de toda convención.  El texto se estructura en párrafos larguísimos y sigue un patrón de desarrollo casi coloquial, que parece responder a la manera en que fluyen los pensamientos.  Lo más difícil de la lectura se da a la hora de encarar los diálogos, ya que éstos se articulan en largas frases separadas por comas, donde la intervención de cada interlocuror está dada por el uso de mayúsculas.   Un recurso bien raro e incómodo al que cuesta acostumbrarse: básicamente, rompe bastante las pelotas.

Otra cosa es que el narrador muchas veces se va de la historia para hablar directamente con el lector, al estilo, por ejemplo, de lo que hizo Tolkien con El Hobbit.

Te dejo el primer párrafo, para que te hagas una idea.

Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada, como la palabra nada. Ni siquiera uno de esos accidentes de automóvil tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad o el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir quién va a llegar a la muerte en primer lugar. El fin de año no había dejado tras de sí el habitual y calamitoso reguero de óbitos, como si la vieja Átropos de regaño amenazador hubiese decidido envainar la tijera durante un día. Sangre, sin embargo, hubo, y no poca. Desorientados, confusos, horrorizados, dominando a duras penas las náuseas, los bomberos extraían de la amalgama de destrozos míseros cuerpos humanos que, de acuerdo con la lógica matemática de las colisiones, deberían estar muertos y bien muertos, pero que, pese a la gravedad de las heridas y de los traumatismos sufridos, se mantenían vivos y así eran transportados a los hospitales, bajo el sonido dilacerante de las sirenas de las ambulancias. Ninguna de esas personas moriría en el camino y todas iban a desmentir los más pesimistas pronósticos médicos, Este pobre diablo no tiene remedio posible, no merece la pena perder tiempo operándolo, le decía el cirujano a la enfermera mientras ésta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, quizá no hubiera salvación para el desdichado el día anterior, pero lo que quedaba claro era que la víctima se negaba a morir en éste. Y lo que sucedía aquí, sucedía en todo el país. Hasta la medianoche en punto del último día del año aún hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento de las reglas, tanto las que se refieren al fondo de la cuestión, es decir, se acabó la vida, como las que se atienen a las múltiples formas en que éste, el dicho fondo de la cuestión, con mayor o menor pompa y solemnidad, suele revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trata, es el de la ancianísima y veneranda reina madre. A las veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos de aquel treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo para apostar el palo de una cerilla quemada por la vida de la real señora. Perdida cualquier esperanza, rendidos los médicos ante la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el último suspiro de la matriarca, tal vez unas palabras, una última sentencia edificante para la formación moral de los amados príncipes sus nietos, tal vez una bella y redonda frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos futuros. Y después, como si el tiempo se hubiera parado, no sucedió nada. La reina madre no mejoró ni empeoró, se quedó como suspendida, balanceándose el frágil cuerpo en el borde de la vida, amenazando a cada instante con caer hacia el otro lado, pero atada a éste por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, seguía sosteniendo. Ya estamos en el día siguiente, y en él, como se informó nada más empezar este relato, nadie iba a morir.

A pesar de que por momentos Saramago se esfuerce por perdernos en alguna de las tantas vueltas que da, es una buena historia, con muchas aristas y puntos de vista y un final muy agradable.   En nuestra escala arbitraria, se lleva un muy honroso 7.

Te dejo un rar para descargar la novela en formato EPUB.

Luego de http://www.mediafire.com copiá y pegá lo siguiente:

/download/z7rfy7hzhxurlok/LIM_-_JS.rar

La contraseña es: Pompozo

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