Roberto Bolaño

Probá con Bolaño, me dijo mi hermano Marcelo hace tiempo, como respuesta a un comentario donde le decía que la literatura latinoamericana y su temática me resultaba rara, lejana y por momentos incomprensible.

Ayer me acordé y de pasada por la librería pregunté por él, por Bolaño, no por Marcelo, que todavía no está en el circuito de best sellers.  Me presentaron cuatro libros.  No estaban a la vista, todo lo contrario: medio sucuchados detrás de tochos de Osho y otras mierdas innombrables.

Uno era 2666, su novela póstuma, enorme y que no me animé a comprar.  Me pareció mucho para una primera toma de contacto; es como que quien no ha comido nunca un asado, se pida una vaca entera para probar.  El otro era Los Detectives Salvajes y no me animé a comprarlo porque no entendí la contratapa.  El tercero de los que no compré era Llamadas Telefónicas; a ese no lo compré culpa de una costumbre que tengo: cuando no sé qué esperar de un libro, lo abro por la mitad y leo algunas páginas: si me engancha, aunque no entienda de qué va la historia, lo compro, de  lo contrario se vuelve a su estante.  Llamadas telefónicas tuvo la mala fortuna de que lo abriera en una de las historias policiales, en medio de un asesinato.  Y a mí la novela negra no me llama mucho la atención, así que lo descarté en dos párrafos, sin saber que los relatos policíacos conforman solo una parte del libro.

El que sí compré, sin embargo, fue otro librito, también póstumo, llamado Entre Paréntesis. En él se incluyen discursos, ensayos y columnas periodísticas.  Me pareció mucho más adecuado; primero porque entendí la contratapa al toque, segundo porque a las dos frases de un texto cualquiera ya me había encangachado a leer olvidado del mundo y de que mi bus partía en 20 minutos, y tercero porque ese libro es como un diálogo, ameno, franco y maravilloso.

Es como que vos vas y le preguntás a Roberto: Y vos quién sos?  Y el tipo va y te cuenta. Y vos para cuando llegás al segundo párrafo no podés explicarte porqué carajos demoraste tanto en descubirirlo y por qué Marcelo demoró tanto en recomendártelo.  Y sobre todo, por qué bendita circunstancia estás ahí como un abombáu, conteniendo las lágrimas de pena por la pérdida de un tipo que vivió y murió sin que ni siquiera te enteraras, y que escribió un montón de cosas de las que no te habían llegado el nombre ni de refilón, hasta que empezaste a buscar los títulos en Wikipedia cuando ibas por la mitad de este artículo.  Eso puede generar Roberto Bolaño, ese chileno que decía lo que tenía que decir sin morderse la lengua, haciéndote emocionar y cagar de risa todo a la vez, incluso cuando hablaba de gente a la que tampoco habías oído nombrar en tu vida antes que él lo hiciera.

Entre Paréntesis no es solamente un libro que te ayuda a conocer al hombre, el escritor y su estilo, si no que es una puerta a otro universo poblado de autores y otros libros.  Leer a Bolaño es, también y para usar una de sus expresiones, un exilio sin irse a ningún lado.

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