Unheimlich

Hoy viene María Luisa.  Llega de tardecita.  Me escapo a casa a la hora del desayuno y mientras la cafetera hace lo suyo, me pongo a ordenar un poco la cocina, que es un caos.  Preparo la lista de la compra imaginando un menú: peras, crema, carne de cerdo, algunas hierbas… va a estar bueno.

Pongo un poco de pan de garbanzos en la tostadora.  Es rico el pan de garbanzos (hecho al vapor con harina de arroz y de garbanzos a partes iguales), aunque con un sabor difícil de combinar.  Con quesos queda bien y con manteca también, pero no con dulces ni con miel.   Es raro.   Tiene el sabor del fainá… jiji.  Todo lo que tiene harina de garbanzos tiene gusto a fainá.  Es curioso que a nadie se le haya ocurrido que el fainá tenga gusto a harina de garbanzos.

Mientras desayuno disfruto del silencio y de la vista.  Cuatro golondrinas evolucionan y contrastan contra el cielo gris.  Van una detrás de otra como eslabones de una cadena alada, cada una copiando los movimientos de la que la precede.  Quedo como hipnotizado hasta  que la golondrina que encabeza la marcha rompe bruscamente a la derecha y las demás dejan simultánea y  abruptamente la formación, una a la izquierda, otra hacia arriba y la restante hacia abajo.  Una acrobacia digna de aparecer en cualquier festival de aviación.

Luego tomo uno de los libros que tengo empezados mientras como una tostada.  Es uno de cuentos cortos de Mark Twain.  Geniales, llenos de ironía y humor.

Me encanta tener los libros pendientes desparramados por la casa.  Bolaño sobre la mesa; Mark Twain sobre la mesita para el café; Whitman y Stevenson en una silla al lado de la cama; Milton y Chejov en un módulo de la bibilioteca, al medio del módulo y el módulo solo contiene ese par de libros: Paraíso Perdido y los Cuentos Imprescindibles respectivamente.

Me gusta toparme con mis libros pendientes a cada rato, es como tener un niño que te tira de la manga con insistencia para que le des bolilla, pero sin el berrinche.

Paso el escobillón, guardo los cacharros limpios, junto la ropa limpia de encima de la cama y la enchufo en el ropero.  La casa empieza a parecerse, una vez más, a una casa.

El orden se ve interrumpido por una necesidad acuciante.

Me lo llevo a Bolaño.  Nadie lee con más intensidad y prestando más atención que cuando está cagando.  Preguntale a cualquiera.  Es como que al ser todo lo demás más o menos automático y como de todos modos no podés hacer más nada que eso, la atención se enfoca totalmente en la lectura.  Y si encima estás solo y no tenés nada en el fuego para preocuparte, te podés dedicar por entero a esas actividades tan placenteras.

Bolaño es un mostro, ya lo dije.  La manera que tiene de escribir es imponente.  Hasta su uso de las comas maravilla.  Estoy leyendo uno de sus artículos donde habla de Borges y su cuento La Rosa de Paracelso, cuando siento un estrépito afuera.  En un sobresalto me acomodo y salgo a ver qué es lo que causa semejante escándalo.  Miro por las ventanas del fondo, por la de la cocina, me asomo a la puerta.  Nada.

Vuelvo al baño.  Termino el artículo de Borges y empiezo otro sobre Los soldados de Salamina, una novela del español Javier Cercas.  Bolaño describe textos y argumentos de una manera tal que te dan ganas de zambullirte en la lectura de autores y temáticas por las que de otra manera nunca te hubieras interesado.

Siento una tos en el living, pared de por medio.  Mi mirada se nubla y dejo de ver las letras.  Me quedo en un silencio y quietud absoluta, esperando… Espero unos minutos pero no vuelve a oírse nada más.  La tentación de salir y mirar es grande, pero me contengo.  Miro fijamente el bidet y me obligo a pensar que en realidad no oí claramente una tos, que en realidad fue un sonido indistinto y que todo fue cosa de mi imaginación.

Vuelvo a Bolaño con un esfuerzo de voluntad.  Roberto habla de Philip K. Dick.  Termina su pequeño artículo con una  imagen del autor norteamericano escuchando voces en su cabeza que le dicen que lleve a su hijo de nuevo al médico y le sugiera a los doctores otra enfermedad distinta, más grave y rara; los doctores le hacen caso, descubren su error, operan al niño y éste se salva. Qué crá, Dick, por hacerle casos a sus voces.  Qué crá, Bolaño, por la manera en que habla de Dick.

Escucho un susurro al otro lado de la puerta del baño.  Es como si… están arrastrando algo.

Está bien, no hay necesidad de mirar ni averiguar nada.  Leo una entrada más de Bolaño, donde habla de una novela de Turgéniev;  no me interesa ningún autor ruso en este momento, pero así le doy tiempo a lo que sea que haya del otro lado a que se aleje y a mi corazón para que retome su ritmo.

No soy tan duro de mollera.   Sé cuando me tiran una indirecta.  Con fingida indiferencia cierro y marco el libro, termino mis asuntos escatológicos, miro la hora y mascullo un «mirá que tarde se hizo, tengo que volver al trabajo» apenas audible, corro las cortinas, me echo la mochila al hombro y cuando estoy mirando que esté todo cerrado entreveo una sombra fugaz por el rabillo del ojo, manoteo el casco y salgo cerrando con llave apresuradamente.

Espero que para cuando vuelva a casa hayan terminado.

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