Viajes pospuestos

Soy un convencido de que para poder escribir uno tiene que ser capaz de viajar.  En realidad lo mismo puede decirse del dibujo, las artes marciales, la fotografía o la talla en madera.  No importa qué, creo que es imposible de llevarlo a cabo si uno no viaja.

No es necesario ir a ningún lado, físicamente quiero decir, aunque a veces ayuda.  El viaje puede ser tan sencillo como ver caer una gota y partir de allí descubrir un mundo.  El viaje puede ser ir hacia el interior.  El viaje puede consistir no en ir a ningún lado, sino en dejarse llevar.  Dejarse llevar por una idea, por un sentimiento, por una imagen, un color, un sonido.

El tema es que últimamente no estoy viajando.  No puedo, no me sale, no tengo tiempo.  A veces, no tengo ganas.  Y es horrible, porque en realidad me encanta viajar.  En cambio, últimamente, lo más que consigo es, metafóricamente hablando, salir a ver si llueve.  Es como cuando te llama una clienta para contarte que te va a llamar mañana… algo que podría ser el potencial comienzo de un viaje a Absurdilandia, pero no te lleva a ningún lado.  O quizás cuando estás estructurando el pago de una deuda y luego de dos semanas de masticar y escupir números y barajar opciones y tener todo más o menos armado, te salen con que en realidad la deuda no es de 280’000 dólares, sino que hay otros 220’000 dolaretes de los que nada sabías y que se «olvidaron» de comentarte.  Entonces, eso, eso sí que podría ser el comienzo de un viaje, sobre todo cuando vos en la cuenta corriente solamente tenés 7’000… pero tampoco es un viaje, porque en el hospicio para enfermos mentales no te dejan usar lápiz ni nada con lo que puedas lastimarte a vos mismo; porque cortarse las pelotas entra en esa categoría y al personal médico no le causa mucha gracia todo el estropicio resultante.

Un viaje puede ser un laberinto al que no ves desde arriba, sino en el que estás inmerso.  Es difícil avanzar en un laberinto así, porque no tenés manera de saber cuándo estás en el buen camino y cuándo en una senda muerta.  Así que no tenés más remedio que elegir una mano y torcer siempre hacia ese lado cada vez que encontrás una pared.   Se llama recursividad, específicamente backtracking, y es la forma más fiable de llegar al centro, o salida, del laberinto.  Me gusta pensar más en el “centro” del laberinto que en la “salida”.  A fin de cuentas, o a principios, uno suele empezar del lado de afuera del mismo.  Meterse en un laberinto de buena gana para intentar salir del otro, es decir a la vuelta del sitio donde arrancaste, es una estupidez.  En el centro, en cambio, quizás uno pueda encontrar una recompensa, un destino, o… un mapa para volver a salir.

Pero no es el caso.  Porque esta temporada, en cuanto entro al laberinto, me apagan la luz y quedo dando vueltas a lo ciego, en la negrura más total, en esa negrura que se da pocas veces en la que tener los ojos cerrados o abiertos es indistinto. Y ahí voy, cuatro pasos, pared, doblo a la izquierda, cuatro pasos, pared, doblo a la izquierda, y sigo, y sigo… hasta que empiezo a sospechar que en realidad estoy en un pequeño cuarto sin ventanas y alguien me está jugando una broma.

Las imágenes y los símiles son infinitos.  Como ir por una espiral que se acentúa y se vuelve cada vez más rápida… hasta que termino en la misma pequeña habitación cuadrada.

El respiro llega cada tanto, cuando a algún amigo se le ocurre abrir la puerta desde afuera y me invita a jugar un rato.  Jugar por jugar, que también es un viaje.

O los fines de semana, en que llega María Luisa y me lleva volando con ella.

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