Cada cual para su casa, pero yo para la tuya

No sé lo que te sugiere el título, pero apuesto a que estás en un error.  No tiene nada que ver con nada, ¿ta?

42 es un blog que hacemos entre dos o tres, con algunas colaboraciones de dos o tres. En él se juntan ficciones verdaderas y verdades mentirosas, con pequeñas exageraciones y complejas simplificaciones, que comparten sitio en un ordenado caos en el que casi siempre sabemos dónde está cada cosa. Más de una vez he dicho que esto no es un diario o un confesionario que pueda ser tomado al pie de la letra. Incluso he tenido que recalcarle eso, más de una vez, a personas muy, muy cercanas. Pero tampoco es una colección de disparates y mentiras. En todo caso, en 42 hay bastantes disparates y mentiras y alguna verdad entreverada, de esas que aparecen en los diarios y en los confesionarios… incluso de las que pueden ser tomadas al pie de la letra. Lo entretenido es tejer el tapiz de manera tal, que al final ni nosotros mismos sabemos qué hebra es una mentira remachada y cuál una verdad resplandeciente. Es lo que tiene el gato cuántico que hemos adoptado como mascota: todo es verdad y mentira a la vez. El gato es muy fácil de mantener, también y dicho sea de paso, ya que siempre está hambriento y saciado a la vez.

Todo lo del párrafo anterior es bastante cierto, pero la verdad es que 42 es un depositario de mis propias obsesiones y un medio o canal donde catalizarlas y purgarlas y exorcizarlas. Algunas son obsesiones delirantes y mentirosas, y otras un poco más obsesivamente reales. Pero hay una recurrente: la muerte.

La muerte aparece en esta casa con bastante frecuencia. Alguien mata. Alguien muere. Alguien sueña que muere o que mata o que sueña que vive mientras va muriendo y vice de la versa. Ponele la combinación que se te ocurra. Más acá o más allá, con humor o desesperación, en medio de una guarangada o en algún discurrir más serio, en medio de una reflexión o incrustada en un relato, la Parca siempre está.

Siempre he manejado el concepto de “Buena Muerte”.  Es bastante flexible y va desde el sacrificio de un animal del que se aprovecha todo (vísceras, carne, cuero, sangre y huesos), hasta la de los afectos que mueren rápido y sin dolor, luego de vivir una vida plena y provechosa.

Con algunos y algunas que recalan en esta casa, cercanos y queridos, hemos compartido varias muertes. De las chiquitas, con minúsculas, pero también de las otras, más oscuras y abismales Una gran fortuna, porque hay Muertes que nunca deberían atropellarte estando en soledad. Algunas de ellas milagrosamente terminaron en risas y asados, y otras grosas y heavys… que también terminaron en asados, porque… qué otra cosa íbamos a hacer? A ellos y ellas, si llegaran a sentir que son retratados en algún momento, les digo esto: estas son mis obsesiones y todo parecido con personajes o situaciones ficticias es pura coincidencia.

Porque cada cual hace lo que puede. Sobre todo cuando llega El Gran Igualador. Y sobre todo porque incluso ahora que recién estoy arrancando a escribir y a pesar de tener bastante claro lo que quería decir cuando empecé, ya no tengo ni la más puta idea de lo que estoy escribiendo, ni cómo, ni con qué objetivo. Mil disculpas. A pesar de eso voy a tratar de retomar el hilo conductor de algo que en su concepción iba a ser conciso y certero.

Entre las hilachas de pensamiento que quedaron, está lo curioso y fastidioso del comportamiento general de los grupos sociales. De repente invitás a alguien a comer un fin de semana y por un motivo u otro, no se puede hacer; o pensás en lo bueno que sería visitar a Fulano, que hace mil años no lo ves y sin embargo no te movés de tu casa. Pero basta que se muera alguien, para que una muchedumbre, sean familiares o amigos, se junte. Así sea durante un día hábil en medio de la semana y sin que importe lo lejos que se esté.

Cuál es el magnetismo de la muerte que nos hace acudir a un lugar inmerso en la tristeza, para visitar por última vez a alguien que ya no puede beneficiarse o beneficiarnos de la mutua compañía? Por qué, por contraste, es tan difícil lograr verte con esa amiga querida o con ese primo que extrañás todos los días y compartir una comida, unas risas y un momento juntos?

Uno de estos encuentros, es fútil; el otro es un mundo de posibilidades; pero sólo para acudir a uno es que parecemos encontrar tiempo.

Cuando la Parca aparece, no lo hace en “el mejor momento”, no busca “hacerse un huequito”, ni espera “cualquier oportunidad”. A la Parca nunca le importa que estés cansado, que tengas que manejar el auto dos horas o diez, o que directamente no tengas ganas porque acabás de descargarte la versión BluRay de esa película que tanto ansiabas ver.

Ella aparece y vos dejás lo que estés haciendo y vas a donde sea que ella lo indique, sin que importe mucho o poco cuánto tengas que manejar.

Y vas y llorás y enjugás lágrimas y consolás y buscás consuelo y sacudís la cabeza con tristeza porque te quedaron cosas por decir, cosas importantes, cosas lindas, cosas grandes, como un “te quiero”… y todo porque estuviste a dos cuadras de su casa y no paraste porque “después paso” y después se te fue de la cabeza porque se te vencía el puto teléfono.

O perdés los nervios y te abalanzás sobre ese templo vacío y sordo y mudo y frío y carente de piedad y empatía, pidiendo perdón, con todo el peso de la culpa atenazándote el pecho. Con una impotencia invencible, con una humildad desesperada, perdido todo vestigio de orgullo y soberbia, te das cuenta de que en realidad no importaba una mierda quién tenía razón. Ah! Qué momento ese! Sería hermoso, si no fuera tan trágicamente triste y desolador. Porque son pocas las ocasiones en que las personas se-sacan nos-sacamos las caretas y el orgullo y nos mostramos de verdad como de verdad somos, sin histeriqueos ni egoísmos. Y así nos ven, vulnerables y humildes y humanos; y es bello, a pesar de todo.

Quizás sea que he asistido a demasiados velorios. Tengo el dudoso orgullo de nunca haber ido a un velorio “por compromiso”. Siempre importó. Importó el templo, o importó lo que ese templo significó para personas que importan. Últimamente he logrado tomar distancia, lo que es un alivio; es difícil ir a velorios a cada rato y terminar devastado cada vez. No es vida. Así que me distancio, me alejo, me vuelvo impersonal y desapasionado y frío. Así puedo estar entero para quienes no pueden o quieren darse ese lujo. Porque es un lujo lograr distanciarse genuinamente de la marea de emociones que rodean un velorio. Esa distancia, además de permitirme estar disponible para quienes lo necesitan, también me deja los sentidos despiertos para considerar las cosas más objetivamente. Últimamente, lo que velamos no es a un muerto. Velamos a nuestra tristeza.

Eso es intrigante: los mecanismos de la tristeza.

Porque, por quién lloramos, cuando lloramos un muerto?

Generalmente, creo yo, lloramos por nosotros mismos. No lo hacemos por el muerto. Bueno, yo creo que no lo he hecho al menos. Lo que el muerto no podrá hacer, lo que no podrá disfrutar, es lo último que llega a la lista.  La tristeza es egoísta; los primeros puestos están ocupados por alguna variante de “qué voy a hacer ahora que él no está”, “cómo sigo sin ella”, “qué triste estoy”, “cómo pudo dejarme tan solo” y ese tipo de cosas. Seguido de cerca por “es lo mejor que le puedo pasar, dadas las circunstancias… estaba tan enferma!”, o “sufría tanto, pobrecito, que esto es una liberación”. Sí, claro, es una liberación del sufrimiento, pero también libera a quienes estaban cuidando al pobre enfermo y a quienes, sin tener esa carga, veían al ser querido deteriorarse y perder sus facultades y capacidades. Eso también es duro, porque enfrenta a las personas con sus miedos más profundos. Porque, seamos sinceros, ver que una persona que adorás y que en tu mente es alguien activo y lúcido, llega al punto de ni siquiera ser capaz de limpiarse el culo por sus propios medios es, por decirlo en una sola palabra, compeltamenteaterrador.

Dónde iba? Sí, te decía, que es una tristeza ver a la familia linda solamente en los velorios. Una cagada por donde se mire.

Y que no pierdas tiempo.  Eso quería decirte!  No tenés tiempo, viste?  Porque el tiempo, ya se ha dicho, es un viejo charlatán, usurero y ladrón.  Y es cada vez más corto.  Por eso los días parecen pasar tan rápido.  Pero los segundos cuentan.  Cuando los días se toman por segundos, son bien largos.  Y si esos largos segundos los pasás con quien importa, no tendrás nada de qué arrepentirte.

Ta.  Era eso nomás.  Te quiero.

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