Al final los gigantes mueren… bueno, está bien, en realidad cambian de forma

María Luisa, mi mejor mitad, me regaló un libro de Ken Follet.  Es la primera parte de la denominada Trilogía del Siglo, llamada La Caída de los Gigantes.

La historia comienza a principios del siglo XX, con todos los procesos que estaban por entrar en ebullición en esa caótica etapa de la Historia: las  luchas de los sindicatos, las campañas para conseguir el derecho al voto para las mujeres, la férrea división de clases y la moralina imperante, las tensiones entre las grandes potencias, los viejos y rancios imperios que veían en el creciente uso de la fuerza el único medio de conservar el poder.  Y en medio de todos estos eventos, un puñado de personas pertenecientes a cinco familias repartidas en el Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y Rusia que ven sus destinos entrelazados y sacudidos por acontecimientos inmanejables.

Es un libro bastante voluminoso, poco más de mil páginas, y abarca desde 1905 a 1923.   El ritmo ágil y la forma en que el autor va desarrollando las historias de los personajes te lleva a una lectura vertiginosa de la que es difícil despegarse.

La dosis de realidad que sirve de escenario para la ficción es fascinante.  Un leve conocimiento previo de Historia Universal es un buen añadido para comprender y anticipar algunos momentos claves, tales como el asesinato de Franz Ferdinand que llevó a la Primera Guerra Mundial, algunas batallas famosas de la guerra en Francia, el derrocamiento del Zar en Rusia y la revolución bolchevique, la hiperinflación de la Alemania posguerra, la Ley Seca en los Estados Unidos, etc.

Todo eso, unido al minucioso retrato que hace Follet de la época, el ambiente, la cultura, hasta el vestido y las costumbres, más las intrigas políticas y los diversos puntos de vista de un mismo tema, harían que el libro se llevara un sólido 7 en la escala valorativa arbitraria, poco autorizada y menos avalada aún, de 42.

Pero no se lo lleva.

Se lleva un 6 con reservas, porque el buen Ken se va al carajo.  Hay inverosimilitudes que te hacen desear poder arrodillarte y pedirle a Ken que afloje un cacho.  Probabilísticamente, se necesitaría un motor de improbabilidad infinita, al estilo de La Guía del Autoestopista Galáctico, para hacer coincidir a los personajes en los momentos y lugares en que necesitan cruzarse para hilvanar la historia.  Es decir, los personajes tienen que cruzarse e interactuar, obvio, pero Follet intenta hacerlo parecer tan natural que resulta forzado y chirría.  Por ejemplo, en la Tregua de Navidad, con cientos de miles de franceses e ingleses y cientos de miles de alemanes que se enfrentan en un frente de cientos y miles de kilómetros de largo… que un alemán y un inglés en concreto se encuentren y se abracen es un bolazo.  Uno lo está esperando, porque ¿qué más puede pasar? Pero secretamente reza para que no suceda, porque es una lugar común insoportable.  Pero ahí está… y te lo tenés que bancar.  Y como eso, un montón más.  Además de que tiene que dejar cada historia particular medio encaminada para empezar con el segundo libro.  Entonces se complica, viteh?

Si no tenés problema en pedirle por favor a Ken Follet tres o cuatro veces que te la saque un tercio a lo largo de la lectura, entonces está todo bien.  Vas a disfrutar de una novela ambientada en una época compleja y diversa, descrita con, creo yo, gran precisión.

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