Un profesión tan inmunda, pero tan inmunda, que no existe

Hay ocupaciones indignas del ser humano.  Que degradan a las personas.  Que las hacen no solo odiosas, sino también despreciables a los ojos de sus congéneres.

Y sin embargo, maldita condición humana, los hay que aceptan encantados el vil encargo.  Y no, no estoy hablando de los políticos, esa inmunda ralea.  Estoy hablando de una ocupación que ni siquiera está catalogada como profesión, pero que mucha gente abraza.  Pocos buscan la nobleza en ella, mientras que una inmensa mayoría, sádica y afín a regodearse en la desilusión ajena, procuran inflingir el máximo daño a la vez que pretenden enaltecer sus oprobiosas existencias al asociarlas con grandes nombres.

Hablo de los prologuistas.  También extensivo a los que escriben los prefacios.

Incluso a la vista de la más cruda realidad, me resulta imposible de creer que una persona pueda destripar un libro completo en cinco páginas sin darse cuenta de que te está contando toda la historia y develando todos sus misterios ANTES de que puedas leer siquiera la dedicatoria del autor.  Es imposible que eso sea accidental o inadvertido.  Eso es de mala persona, un hijueputa, vamos.

Es inconcebible que un editor pazguato le pida a cualquier mogólico imbécil hijo de la chingada, que hable sobre un libro sin indicarle CLARAMENTE que no puede contarte la historia a priori, por más ganas de analizar el argumento que tenga.  Para eso se hicieron los epílogos, hijo de puta ignorante.

Casi totalmente imperdonable es que un autor haga el prólogo de su propio libro, contándotelo.  Y sin embargo los hay.

Incluso hay enfermos que llegan a hacer un análisis capítulo a capítulo!  Es injustificable!  No hay una puta razón lógica que se pueda esgrimir para explicar racionalmente esa forma de actuar.

Si será despreciable la ocupación, que difícilmente veas un volumen con “Los 100 mejores prólogos del siglo pasado” o alguna estupidez por el estilo.  A nadie se le ocurriría, creo yo, lo espero y deseo fervientemente, hacer tal compilación.  Si así fuera, más valdría que se abriera el mundo al medio y nos tragara a toditos a la mierda… empezando por los prologuistas, por favor y gracias.

A mi humilde forma de ver, los prólogos deberían decir:
No sea pavo, favor remitirse al epílogo.  Gracias y feliz lectura.

Y entonces sí, podés contarme que el muchachito mató a su suegro de 106 puñaladas como una alegroría kabalística, ya que 1+6=7,  y el siete, como todo el mundo sabe es un número de poder.  Lo mismo que cuando estalla la casa de la esposa del protagonista, que en realidad es un ardid de los hijos del matrimonio anterior para que el chabón cambie el testamento.  Y que esos hijos también aparecen en otra novela del autor, en donde roban un banco y buscan incriminar al socio, para quedarse con la parte de la empresa, pero que se salvan de ir presos al final, para que puedan complotar contra su padre en esta novela.

Entonces, sí, yo quizás incluso la lea y hasta me maraville de que alguien pueda colegir ocultos significados de símbolos que a mí me han pasado desapercibidos… aunque probablemente te putee todito por espoilearme otro libro que a lo mejor no he leído, maldito epiloguista cornudo de conocimientos enciclopédicos y la puta madre que te parió.

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