Ningún patito es feo

No suelo hablar de mi infancia. No tiene grandes cosas dignas de mención, la verdad. Fui un niño bastante solitario, sin saber a ciencia cierta cómo acercarme a mis supuestos pares. Digo supuestos no porque crea haber sido un niño maravilloso y sin parangón, sino porque siempre tuve la sensación de no pertenecer, de no poder establecer una conexión, de no saber cómo…relacionarme, como si fuera un bicho raro que no terminaba de entender la manera en que funcionaban las cosas y los códigos.  Eso se mantiene aún hoy, en alguna medida, sólo que más o menos he aprendido dónde y cómo buscar para poder encontrar a los anormales a quienes poder considerar pares, y que, con un poco de suerte, felizmente se convertirán eventualmente en amigos. Y por supuesto, aprendí cabalmente, que mejor solo que mal acompañado y a no tratar de agradar por compromiso.

En fin, crecí en una preciosa casa en el medio del campo, a la fragante sombra de una bosta de vaca, como solíamos decir. Esta casa, pegada a su vez a la casa de los abuelos paternos, estaba pintada de celeste con ribetes blancos y la cocina tenía un gran ventanal que daba al norte, donde el sol podía entrar a raudales.  Se llegaba a ella luego de transitar un camino de entrada de unos ciento cincuenta metros bajo el dosel de unas casuarinas centenarias y enormes que le daban voz a la canción del viento y que desembocaba en un anillo de grandes pajaritos que en verano florecían a más no poder. Al centro del anillo, una araucaria alta y casi igual de añosa que las casuarinas. A la derecha, el tendedero de ropa, el molino con el pozo de agua, salobre y dura y sabrosa, y las casas. A su lado, las colmenas, unas cincuenta, y poco más allá, la línea de robles. A la izquierda, la quinta de frutales y la pequeña viña.  Al otro lado del anillo de pajaritos, los galpones, el parral del abuelo y los naranjos amargos que la abuela usaba para limpiar la plancha de la cocina a leña. Al fondo de los galpones, la quesería, uno de los pocos altares sin mácula de mi niñez y el pequeño tambo. Hoy todo eso, treinta y pico años largos después, ha cambiado. Las vides y los frutales, arrancados. Las colmenas, removidas. La quesería, abandonada. La cocina a leña, fría.  Pero en el ojo de la memoria, permanecen las imágenes vívidas y vibrantes de exuberancia y colores y olores.  Los olores!  El tambo y los quesos y las frutas y uvas maduras y la cocina de la abuela, con su mezcla de humo de leña y comida casera…

Todo alrededor, campos y potreros: mi infinito campo de juegos. Una espada de madera, o aún un palo que a los ojos de la imaginación era acero de Toledo, me convertía en un pirata de Errol Flynn, luchando contra los malvados y altos cardos. Errol Flynn es uno de mis referentes en cuanto a películas de la niñez, ya que la tele que recién cobraba fuerza ponía reposiciones de su Captain Blood, Robin Hood y Guillermo Tell. Una pequeña rampa, hecha con una tabla apoyada precariamente sobre piedras, junto con mi fiel y pesada bicicleta me convertía en uno de los imposibles héroes de las películas de Dean Martin y Jerry Lewis. Creo que en el podio de los personajes más odiados, estaban Peter Pan, El Correcaminos y Dean Martin. Toda la vida detesté en las tripas a Dean Martin, siempre aprovechándose del otro pobre abombáu.

No era especialmente travieso, pero tenía una veta sádica. Sí, incluso desde mi más tierna infancia tenía un lado oscuro y cruel. Quizás la mayoría de los gurises lo tenga, no sé. Pero no son maldades ni travesuras lo que viene a mi mente ahora, sino un acontecimiento totalmente distinto.

Pasando las casuarinas, tomando a la derecha en la bifurcación, el camino pasaba frente al alto cerco vivo que servía de protección a las colmenas, ya que esos bichitos no ven con simpatía, ni agrado, ni beneplácito que uno se ande paseando a cada rato frente a la puerta de su casa; y el camino se abría a un gran potrero. En ese potrero se dejaban los arados y las rejas, y también había un bebedero para el ganado y la sala de extracción de miel. El potrero estaba cerrado por un portón sujeto por recios postes. Al pie de uno de ellos crecía una mata de hinojo, fragante y anisada. Fue ahí, entre la mata y el poste, casi a la orilla del camino, donde lo encontré.

El patito estaba muerto. Estaba muerto y la muerte no había sido amable con él. El tiempo había pasado y solo quedaba la carcasa y algunas plumas. Pero estaba aplastado y roto. Colapsado por la muerte y también aplastado por las ruedas de las máquinas y el paso de los animales.

No sé por qué, porque en el campo siempre te estás tropezando con algún animal muerto, pero este encuentro en particular me produjo una tristeza enorme, inconmensurable para mis siete u ocho años. Verlo ahí, al patito, ese desordenado amasijo marrón sobre el pasto reseco y el camino polvoriento, me hizo darme cuenta, quizás inconscientemente, de lo definitivo. Y de lo invencible. Y de la soledad. Y de la impotencia. Y de la indiferencia. La indiferencia. Nadie había sido capaz siquiera de apartarlo, se limitaron nada más que a pasarle por encima, con el pragmatismo crudo y frío, aunque no malvado, nunca malvado, de la vida en el campo, pero que a mis pocos años no entendía del todo.

Así que me arrodillé frente a él y le hablé como habla un niño con la muerte: como si la muy puta fuera capaz de escuchar. Hice un pequeño pozo con las manos y lo deposité con delicadeza; como si quisiera restituirle una pizca de dignidad, o quizás para demostrarle que a alguien le importaba su paso. Y enterré al patito. Hice una pequeña cruz con dos palos y un pedazo de hilo de enfardar; chiquita, para que pasara desapercibida, así no llamaría la atención y nadie se vería tentado a sacarla. Todavía arrodillado, le dije al patito que ya podía descansar.

El hinojo ya no existe y tampoco el portón, pero todavía recuerdo el lugar. Cada tanto, en las escasas oportunidades en que vuelvo a esa casa, me doy una vuelta por allí, aunque ya hace tiempo que la pequeña tumba fue borrada.

A veces me pregunto qué habrá sido del alma del infeliz bichito.

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