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“Lo más negro que hay, es un carro fúnebre cuando llueve”, canta Jaime.  Eso es cierto aunque el carro sea de cualquier otro color.

Ayer enterramos a una tía vieja.  Cien años.  Hermana de uno de mis abuelos.  La pena no es por ella, sino por su familia más próxima, tan tristes; con un velorio previo apenas seis meses antes, y otro pocos meses antes, y otro pocos meses antes.  Muchos golpes ha recibido la familia linda.

Para mí, el cementerio de la ciudad es como un campo minado.  Trato de entrar lo menos posible, pero cuando lo hago, trato de mirar abajo, para evitar las minas.  Esta vez no lo logro.  Miro los mausoleos, manchados y abandonados, las lápidas, los nichos llenos de flores brillantes, “Te recuerdo”, “En amorosa memoria”, “Gracias por tu legado”… todavía estoy a tiempo, me digo, y bajo la vista.  Sigo con la procesión, lentamente, tenso, a la espera del sonido fatal que anuncia que diste un mal paso y pisaste donde no debías; el sonido que anuncia la inminente explosión.

A la tía le toca un nicho al fondo del cementerio, en el tercer nivel.  Colocan el cajón sobre la plataforma metálica de una especie de andamio elevador y golpea contra los rodillos.  En el silencio gris y lluvioso resuena como un cataclismo.  Lo suben con un dantesco chirriar de manivelas.  Golpea sobre el piso del nicho y rezonga mientras lo empujan hasta el fondo.  Apoyo una mano sobre el hombro de Padre, que está cabizbajo.

Uno de los asistentes, que parece borracho, empieza a recitar un Ave María, con voz chillona y entrecortada que estira las consonantes como en un tartamudeo.  No recuerda la oración, empieza de nuevo tres veces, pide ayuda a los dolientes que lo miran como si fuera una criatura de otro mundo, incomprensible, lejana, y especialmente grotesca.  Pasa al Padre Nuestro sin mejor suerte; balbucea, se repite, casi grita entre berridos.  Es horrendo.  No hay sacerdote, ni allegado que diga más palabras.  La tía se va con ese triste remedo de oración final; desvalido; inconcluso.  Me imagino a la severa maestra que fue, indignada.  No puedo soportarlo y desvío la vista.  Mi mirada se posa sobre la tapa de otro nicho: “Te queremos.  Siempre.”

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Una ristra de minas estalla bajo mis pies.

La familia y demás asistentes se saludan y empiezan a retirarse.  Yo me quedo quieto, casi inmóvil, sintiendo las gotas de lluvia mansa y leve, hasta que solo queda un conocido que intenta darme conversación.  Me lo saco de encima con una escueta disculpa: Perdoname, tengo que ir a saludar a una amiga.

Estoy a pasos nada más, pero me cuesta encontrarla; hace tanto tiempo que no la visito.  Casi me doy por vencido, hasta que al final la encuentro.

Siete de julio de 1993.  Lorena.  Su foto.  Tan joven con sus 18 años.  Tan hermosa.  Tan querida.  Tantos años sin verla, oh MEV misericordioso!  Desvaída luego de 21 años, lo más notable de la fotografía todavía sigue siendo su sonrisa.  Como la del más trágico y bello gato de Cheshire.

No pude quedarme más de dos minutos ante el riesgo de quedar postrado.  Aún hoy, cosa increíble, sigue doliendo como antaño.  Su recuerdo está casi igual de desvaído que su foto y sin embargo…

Todo lo que fue.  Todo lo que pudo ser.  Todo lo que no fue, duele.  Duele.  Eso es lo que me quiebra: el recuerdo de la pérdida, del dolor pasado, tan inconmensurable como inexplicable.

Me tambaleo hacia la salida, caminando despacio como un viejo.  Paro unos instantes a saludar a Nelson, con la idea de serenarme y darle, ya de paso, algunas novedades del mundo… “Ha sido un placer”

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Cuidate de los campos minados.  Nunca sabés dónde vas a apoyar el pie.

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