Sobre la puerta del medio.

Dos despertadores distintos, en tres relojes diferentes pero escrupulosamente sincronizados, me dicen que son las 8 de la mañana.  Que ya está bien de estar horizontal, que vamo’ arriba.

Las ocho de la mañana.  Linda hora para arrancar un lunes… si fueran las ocho.

Sin embargo, veo entrar el sol a casa por la misma hendija entre las cortinas, tal como lo venía haciendo hasta hace dos días a las 7 de la matina.  El sol deja un brillante guión de luz sobre la puerta del medio del ropero.  Ese guión debería ir camino a desaparecer, son las 8, el relojo lo dice. Pero no, está ahí, en medio de la puerta como si fueran las 7.  Hay algo que no está bien.

El sol desmiente el nuevo horario con la misma facilidad y con la misma infalibilidad con que un joyero experimentado puede distinguir al golpe de vista una joya de una burda baratija.  Y sí, puedo decir “infalibilidad” bien rapidito y sin tropezar con ninguna consonante.

Este horario no es una joya, es una burda baratija, dijo El Joyero, mirándome por encima de los anteojos.

Y dije para mí: Psé, lo mismo de todos los días, Pinky: lunes!

Y estrenando horario de verano… en octubre.

Feliz primavera, putos!

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