Húmero – obra en varios actos /01

Primer acto.

Se abre el telón y vemos, desde una posición elevada, una escena nocturna.  Una camioneta utilitaria blanca, seguida a corta distancia por una motocicleta negra, salen sin apuro de la planta urbana de una pequeña ciudad.  No están relacionadas de ninguna manera.

La pequeña camioneta blanca aminora bruscamente la velocidad, colea un poco, la motocicleta reduce su velocidad al instante, con su conductor repentinamente alerta ante la situación de riesgo.  Pero la camioneta se estabiliza y sigue su camino; el motociclista, al ver que la camioneta sigue, vuelve a acelerar, tranquilo.

La vista aérea cambia a una de primera persona, la perspectiva del motociclista.  La voz narradora, en off, es la del motociclista hablándole directamente al espectador.

Rápidamente todo se va al carajo.  Más que rápidamente.  En un accidente, en cualquier accidente, pueden identificarse 4 etapas claramente diferenciadas:

Etapa 1: Quizás te la des.  Puede resumirse como: “Ein?  Quésseso?”  Cuando ves que por debajo de la camioneta que va adelante aparece una sombra más oscura que la ruta, pero que no podés identificar porque es de noche.

Etapa 2: Te la vas a dar. Puede resumirse como: “Mierda!” Cuando la sombra más oscura que la ruta se transforma, gracias a las leyes de la física y a la luz de tu moto que acaba de alumbrarla, en un perro muerto que la camioneta de adelante no esquivó.

Etapa 3: Te la estás dando.  Cuando topás contra ese sólido inanimado, pero definitivamente sólido, la moto se clava de cabeza y vos salís disparado por el aire, como Superman hacia el Infinito y más allá, pero aterrizando.  Esta etapa transcurre en ese breve pero larguísimo instante durante el que vas en el aire; no importa la duración del vuelo, vas diciendo: “Me cago en tu reputísima madre!”  Esta es una gran línea de diálogo para esta situación!

Etapa 4: Te la diste.  Acabás de aterrizar y no como un gato, precisamente.  Ni como Superman, ya que estamos.  Evidentemente hay algo que no está bien. Nada bien.  Si todo estuviera bien no gritarías de esa manera desaforada.

El susto (cagaso sería un término más apropiado y académico), la adrenalina feroz y, sobre todo el dolor que estalla a velocidad instantánea desafiando a la Ciencia, no te permiten dejar de gritar.

En cierta manera es liberador.  Gritar.  Gritar sin parar.  Al tope de tus pulmones, como jamás gritaste en tu puta vida.  Gritarle a la moto que quedó sobre una de tus piernas, mientras pataleás y te revolvés como un basilisco para alejar tu pierna del caño de escape ardiente.  Gritar tu agradecimiento por llevar el casco, El Casco, tu maravilloso casco, que quizás en este caso puntual no te salva la vida, pero sí de una buena contusión y varios chichones, eso seguro.  Gritar tu alivio porque ibas solo en la moto y no se lastimó nadie más que vos.  Ni tu novia, ni tu familia, ni tus amigos.  Todos ilesos en sus casas, gracias al MEV, bendito MEV.  Cómo no vas a gritar de alivio, imaginando a tu rubiecita sin un rasguño?  Te reirías a carcajadas si no fuera porque estás inmerso en dolor. Porque mayormente gritás de dolor, obvio.  No lo aguantás, no lo mordés, no lo ignorás; es imposible hacer cualquiera de esas cosas, así que lo abrazás.  Abrazás el dolor que te abrasa de la única manera posible, con todas tus ganas y de la única manera posible, sin vergüenza ni atenuantes, casi gozando de manera salvaje con la oportunidad de dejar salir todo.

Es como si todas las molestias, las incomodidades, y los pequeños y grandes dolores experimentados e incluso imaginados durante toda tu vida se sumaran, fermentaran y estallaran a la vez.  Los gritos y el dolor son toda tu realidad, tu mundo, no hay nada más allá de ellos; te envuelven como un capullo, aunque ninguna mariposilla va a salir de allí; quizás sería mejor decir que son como una camisa de fuerza.  El dolor que sentís es tan atroz e inimaginado, que solo los gritos te salvan de enloquecer.

Para darle un poco de dramatismo a la situación, la mochila que llevás a la espalda sirve de cuña, que logra de forma macabra y perfecta, que todo el peso de tu torso se apoye sobre tu hombro, el mismo hombro que te sirvió de tren de aterrizaje; y sobre tu codo, el mismo codo que te sirvió de freno de emergencia.

En algún momento dejás de gritar.  Es más o menos cuando te das cuenta de que cada respiración, inevitablemente mueve tu torso, y que cada movimiento del torso inevitablemente se transmite a tu hombro.  Así que cerrás la maldita boca y te concentrás en  realizar respiraciones breves y en retener cada inspiración lo máximo posible.

Dejar de gritar te permite hacer un chequeo rápido del sistema:

  • lado izquierdo y mano hábil: intactos
  • cabeza: intacta
  • cuello: intacto
  • abdomen y plexo: intactos
  • columna y espalda: intactas
  • tobillos y pies: intactos
  • gónadas: intactas
  • rodilla derecha: arde, pero parece solo un raspón grande.
  • codo derecho: se siente pegajoso e incandescente, quizás esté fracturado
  • hombro derecho: acá no hay quizás que valga, salvo, tal vez, especular en la cantidad de pedazos.  Aunque en un principio pensaste en que solo podía estar dislocado, eso sería demasiado afortunado.  Tampoco hay descripción posible para el dolor.  Es una masa líquida pero viscosa que te envuelve y que no te engulle  por completo solo gracias a un ejercicio consciente de fuerza de voluntad.

En algún momento, más o menos cuando te das cuenta de que hay gente a tu alrededor, atinás a meter la mano sana en el bolsillo libre y sacar tu celular, que dicho sea de paso no tiene ni un raspón, para llamar a tu vieja.  Es preferible que se entere por vos, que le decís que te golpeaste un poquito, a que algún anormal la mate de un susto.  Y si encima le hablás con una serenidad total, quizás logres que no se caiga de culo.

Finalmente empezás a sentir las sirenas.  El sonido se estira y parece que la ambulancia no llega nunca.  Te mentís un poquito, diciéndote que en cuanto llegue la ambulancia todo va a mejorar, con la esperanza de aplacar un momento el dolor… pero el dolor no es ningún boludo y no te cree ni un poco.

Cuando finalmente llega la ambulancia, han pasado tres eternidades según tu reloj interno.  La enfermera, doctora o paramédica, te manipula con profesional paciencia, te interroga y te habla con voz firme y serena, y te trata con una suavidad exquisita, pero no hay suavidad que valga.  El dolor, ese gran hijo de puta que en realidad nunca habías conocido antes (quizás a algún primo lejano pero nada más), se galvaniza en el acto, dispuesto a seguir con vos con uñas y dientes… muchas uñas y muchos dientes, todos clavados en tu brazo derecho.

Te inmovilizan, te colocan el collarín y te cargan, aullido mediante, en la ambulancia donde te hacen un regalo maravilloso: dilución de morfina.

Fin del Primer Acto.
Banda de sonido: Todo un palo, de Los Redondos.
La frase: Cuando una ráfaga de viento toca un hueso roto, la sientes, Shia LeBeouf

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6 Respuestas a “Húmero – obra en varios actos /01

  1. “… al dolor de seguir vivos, que es lo bueno que tiene el dolor”

  2. Muy bueno! Espero con ansias segundo acto.

  3. Pingback: Húmero – obra en varios actos /04 | 42

  4. Jo, Pancho,,, y yo sin leer estas entradas. ¡¡Pobrecito mío!!

    Sigo la saga. Un besoT

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