Húmero – obra en varios actos /02

Primer Interludio: Sobre el dolor

El dolor, los mecanismos del dolor, son extraños.

No podés llorar de dolor, por ejemplo. Podés patalear, revolverte como un poseso, gritar, aullar, contraer los músculos hasta el desgarro, morderte hasta sangrar, quizás enloquecer y hasta morir por el puro dolor… pero no se te va a caer una sola lágrima.

Es como que el cuerpo sabe que en realidad llorar es una mariconada y entonces va y cierra el grifo.  Las lágrimas están muy bien como respuesta emocional y para los dolores del alma.  Andan al pelo para la pena, la culpa, la tristeza, la vergüenza, la rabia, la felicidad, el amor, el odio, la autocompasión y tantas otras cosas.  Pero a la hora del dolor físico, no jorobes con las lágrimas: no tienen utilidad real que pueda percibirse, tampoco obedecen a una respuesta nerviosa, y finalmente no alcanzan.  Ese debe ser el factor determinante: con llorar no alcanza.  Si te duele un poco, vas a quejarte, quizás; si te duele mucho vas a gritar, seguramente; y si el dolor es extremo posiblemente solo puedas gemir.  Pero nunca parece haber una escala adecuada donde sea aceptable llorar de dolor.  O es demasiado poco, o es demasiado.

Podrás decirme que los niños pequeños lloran de dolor, pero creo que eso no es enteramente cierto. Creo que cuando se lastiman o se golpean y algo les duele, primero lloran por la sorpresa, y luego lloran de miedo; lloran por temor a esa sensación nueva e incontrolable, lloran por la ansiedad de buscar a mamá para que venga y haga que todo mejore.  A la vista está, que una vez calmados y confortados, aunque siga doliendo, dejan de llorar.

Bicho raro el dolor, sobre todo el crónico, ese que parece sentir apego por nosotros y se torna persistente.  Si hay algo fiel y compañero, eso es un buen dolor que se te aferre.  No hay amistad, afecto o lazo que puedas tener con ninguna persona, cosa o animal que esté más presente que uno de esos dolores.  De repente una madre con su bebé recién nacido o por nacer estará en una situación similar, pero no me animo a pronunciarme a favor ni en contra.

Aunque un buen dolor articular, de esos que parecen eternos, bien puede compararse a tener un bebé recién nacido.  Un bebé majadero, al decir de un amigo.  Durante el día te llama a cada instante, y cuando no te llama, procurás que jorobe lo menos posible.  Lo realmente divertido es durante las noches, cuando te quedás quieto y buscás, o pretendés buscar refugio en el sueño.  Pobre iluso infeliz bastardo.  Cada dos horas reloj te despierta. Te despierta y no va a dejar que vuelvas a dormirte hasta que lo atiendas… quizás ni siquiera entonces. Te acostás a las 11 de la noche y a la 1 ya estás despierto.  Rabiando de desesperación porque hace ya un mes que no podés tener más de dos horas seguidas de sueño.  Pero el niño ni lo sabe, ni le importa. Tenés que levantarte, llevarlo al baño, acunarlo, acariciarlo para ver si se calma, hablarle un poco, tal vez putearlo incluso, pero siempre con un tono moderado, sedante, porque bien es sabido que los bebés responden al tono más que al contenido de lo que se dice.  Como con los perritos, o alguna de esas alimañas que las personas tienen por mascotas.  Y lo arropás, lo abrigás, lo acomodás interminablemente, milímetro a milímetro hasta que encontrás la posición justa en la que el muy pendejo queda cómodo… o no, otro milímetro quizás.  Y si tenés suerte se dormirá… hasta las tres y media, quizás las cuatro menos veinte, donde todo vuelve a empezar. Y al final te levantás a las cinco y diez de la madrugada y te ponés a hacer algo productivo, porque de todos modos ya no podés pasar un minuto más en la cama, con tu bebé-dolor y tu sueño y tu frustración infinita a cuestas.

Un dolor macho es como recibir la visita de ese alguien, que todos conocemos de alguna manera, que apenas soportás pero no te animás a echar de tu casa, del que tenés que estar pendiente siempre porque no confiás en él del todo, y que parece saber a nivel subliminal que es un indeseable y por tanto no termina de irse nunca.  Como hecho adrede.

El dolor que se precie de tal es como tener una novia psicológicamente desequilibrada y dependiente.  Está siempre contigo, cargosa, demandante, y sencillamente no podés deshacerte de ella, ni siquiera empastillándola; siempre toqueteándote, prendida de tu brazo todo el tiempo, incansable.  Está loca, tiene ojos y vida solamente para vos, le encanta histeriquear y maldita sea la hora en que se te ocurrió meterte en ese baile. Ah, y con la loca ni hablar de sexo; no sabés si la mina planea llegar virgen al matrimonio o qué mierda quiere.  Lo que sí queda claro es que no tenés consuelo alguno. Hay que soportar el temporal mientras le buscás la vuelta para romper con ella sin reeditar la película Atracción Fatal, o mientras planeás un oportuno accidente… quizás hablar con alguien para que alguna noche deje un perro muerto en la carretera en su camino a cas…

Oh, caramba…

Fin del Primer Interludio
Banda de sonido: Pain, de Three Days Grace
La frase: no hay nadie que ame, siga o quiera alcanzar el dolor porque sea dolor, Cicerón.

Anuncios

4 Respuestas a “Húmero – obra en varios actos /02

  1. Pancho! qué liga, eh? Lo que se rescata de tu accidente son estos relatos y descripciones imperdibles. Después si querés te comento qué se siente parir… Beso.

  2. YYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!! Llegó Caterina??? 😀 Felicitaciones!!! Qué goce de año nuevo van a tener en tu familia!

  3. Así es, querido. El dolor perenne es más fiel que el más fiel de los amigos.

    Sigo la saga.

    Otro besoT

Comenta! Comenta, very now!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s