Húmero – obra en varios actos /04

Tercer Acto

La pose reclinada, semi erguida, entre almohadones, lánguida y relajada, que podría asociarse a esa imagen idealizada que uno tiene de Oriente y sus misterios, es extremadamente cómoda… los primeros 20 minutos.

Pero imagine usted, querida espectadora, estimado espectador, pasar hora tras hora sin poder levantarse, girarse, o cambiar el peso del cuerpo hacia ningún lado, a medias maniatado y un poco dopado, aunque no lo suficiente.

Así encontramos al sufrido accidentado a la mañana del otro día.  Ha sido una noche muy larga, desvelada y adolorida.

Se suceden llamadas a contactos y conocidos.  Se busca un profesional de la salud que no sea un subnormal descerebrado como el que atendió en primera instancia al involuntario protagonista; Souza, el cardiólogo-que-interpreta-placas, ¿te acordás?  Finalmente se logra el satori médico: traslado en el día al Sanatorio Americano, el Nirvana para la gente del interior del país que busca atención médica de primer nivel.  Todo gracias a una feliz coincidencia: el traumatólogo residente de Colonia, un personaje que por algunas historias parece salido de un cuento de los Hermanos Grimm o de Mary Shelley, está de vacaciones, por lo que no hay más remedio que enviarlo a Montevideo.

En la sala, y gracias al sistema de audio Dolby surround, se escucha un profundo suspiro de alivio en sonido envolvente.

El viaje entre Colonia y Montevideo transcurre sin incidentes.  El paciente, con su apretado vendaje llega al Americano poco antes de las 5 de la tarde.  Incluso antes de terminar con los trámites de admisión lo llaman a la sala de triaje. Diez minutos después, una enfermera lo llama y lo acompaña a un box con una cama ergonómica, de esas con un montón de botoncitos para controlar la posición.  Tres minutos más tarde aparece otra enfermera con la primera de las soluciones con calmantes a administrar por vía intravenosa y que llamaremos “juguito mágico”; es el comienzo de un período sumamente extraño en su vida, en el que el concepto de no-importancia adquirirá dimensiones épicas.

Es curioso.  Cuando te lastimás hay un montón de cosas que parecen cambiar.   Adquirís otra perspectiva y la gravedad de quizás entre el 75 y el 90% de las pelotudeces diarias que parecen trágicas y de importancia capital, se desploma.  Estar lastimado te amansa la croqueta… es de suponer que las drogas también ayudan.

Así que ahí estás, tumbado en una cama ajustable de la manera más cómoda posible, con tu juguito mágico goteando y esperando a tu traumatólogo.  El sordo latir de la fractura se siente lejos, como un eco, o quizás como una promesa.  Tu Madre y tu Hermana se van turnando para acompañarte, pero en realidad a vos te da lo mismo, porque verás, tu cabeza ya empieza a dejar de ser tuya. Las horas pasan, lentas, como arrastrando grilletes.  Y hacés lo único que puede hacerse con el tiempo que se desgrana: sentirlo en toda su lentitud, como escribe Camús.  Lo paladeás, dejando que los pensamientos e ideas desfilen por tu atención sin aferrarte a ninguna de ellas, hasta que llega ese instante indeterminado en que quedás como vacío, tu cabeza se limpia.  Lo que no has logrado en 4 años de práctica de la meditación, se alcanza en unas pocas horas de drogas bien puestas.  Toma ya, mindfulness! A lavarse las patas, filosofía china!

Pasan cerca de dos horas hasta que finalmente aparece el Doctor.  Un traumatólogo joven, de sonrisa abierta y que parece muy competente.  Porque hay gente así, que destila capacidad, o eficiencia, o conocimiento, lo que sea.  Como en este caso.  Vos ves al que será tu doctor, y respirás aliviado:  tu lesión puede ser jodida, pero se hará lo que sea que haya que hacer, el chabón se va a asegurar de ello.  Lo primero que hace es mirar las placas.  Esas que teóricamente denotaban una fractura menor y tras cinco segundos de examen da su veredicto categórico:

—Esto es quirúrgico —dice sin vacilación ni asomo de duda.  —Qué querés hacer? —te pregunta.

—Cortamos ya mismo —contestás, también sin vacilación ni asomo de duda.

—No querés pensarlo o consultar con alguien? —pregunta escéptico ante la rapidez de la respuesta. —Porque hay mucha gente que no quiere operarse.

—Mire, doctor, si usté me dice que los riesgos son mayores que los beneficios, entonces no me opero.  Pero si me dice que es quirúrgico, entonces le damos para adelante sin pérdida de tiempo.

—Bueno, si estuviera en tu lugar, yo me operaría.  Es una de las fracturas más complicadas, porque es en la cabeza del húmero, pero también es bastante común, ya que es la que suele presentar la gente que anda en cuatriciclos cuando se cae.

—Entonces operamos.  —Todas tus respuestas son rápidas y sin ambigüedades.  Si le das medio segundo a la cabezota para que haga su propia película, a pesar de las drogas podrías sentir miedo y acobardarte, así que arremetés hacia el miedo y lo pasás por arriba antes de que se haga fuerte.

—Bien, entonces.  Vamos a hacer una tomografía para ver qué tan seria es la fractura.  Tenemos un ateneo con mi jefe, pero a eso de las 9 vuelvo con él y decidimos qué hacer.

Y tan rápido como vino, se va.  Dejándote con una sensación inconfundible de avance.  Empezaste a recorrer el camino de la mejoría y te sentís optimista.

A los minutos aparece una enfermera para acompañarte a lo que será uno de los momentos más desagradables en el sanatorio.  La muchacha del tomógrafo está sola y evidentemente está ducha en no involucrarse con los esfuerzos que se requieren para colocarse correctamente en esa camilla angosta.  Te deja para que te arregles como mejor puedas, pero te va instruyendo sobre lo que necesita: “Póngase así, ubíquese asá, más aquí, más allá” y ahí vas, en un solo quejido por el dolor que traspasa la bruma de calmantes te vas acomodando centímetro a centímetro, usando caderas, talones y fuerza de piernas, hasta quedar en la posición correcta para obtener las imágenes, una posición que deja parte de tu peso apoyado directamente en la fractura.  “No respire, no se mueva, que no se mueva”.  Segundos interminables que confirman la  frustrante relatividad del tiempo.  “Listo, levántese”, dice la muy yegua como si fuera tan sencillo.  Menos mal que un enfermero está allí para acompañarte de nuevo al box y te da una mano.

Acostarse, levantarse, y sobre todo desplazarse lateralmente es toda una proeza.  Es fascinante constatar las relaciones e interconexiones de las distintas partes del cuerpo.  Todas trabajan con todas las demás para hacer cualquier cosa.  Es muy divertido, o lo sería si no fuera tan molesto, ver cómo tu lesión te obliga a buscarle la vuelta, qué músculos relajar, qué articulaciones trabar, o qué movimiento compensar de otra manera, a fin de que la parte lastimada no se mueva ni se esfuerce.

Luego de otro par de horas de espera, regresan los cirujanos.  Según la tomografía, el hueso puede estar roto en 4 o 5 partes, quizás esté astillado, es posible que exista daño nervioso o neurológico y está presente el riesgo de necrosis de la cabeza del hueso.  Probablemente se trate de una operación de más de dos horas y no puede darse un pronóstico concluyente del resultado.

Te dicen que la operación va a demorar un poco, tienen que juntar a todo el equipo para operarte, y pedir el kit con el implante metálico.  Acostumbrado a las demoras de las mutualistas del Interior, te preparás psicológicamente para una espera de 10 o 15 días, cuando el tipo te suelta:

—Te parece que operemos este miércoles a las 7 de la mañana?

Es lunes, son las 10 de la noche del día siguiente al accidente, y te ofrecen que te quedes allí para internarte al otro día en cuanto se desocupe una cama.  Podrías pasar la noche en casa de Hermana, pero Hermana no tiene juguitos mágicos, lo que decide la cuestión en 2 segundos.  Así que te pasan a una habitación intermedia, donde esperás otro par de horas, o dos pares de horas.  Quién sabe.  Finalmente todas las horas se parecen entre sí.  Clonadas y sin mente.

Una de las constantes al lastimarse, es la espera.  Te la pasás esperando: que llegue la ambulancia, que te apliquen los calmantes, que estos hagan efecto, que te saquen las placas, que llegue el otro día, el llegar al Sanatorio, que te vea el médico, que llegue la tomografía, que vuelva a llegar el médico, que te internen, que te operen, que vuelva a pasar el dolor, que te den el alta… una espera detrás de otra alternadas con pequeños y breves momentos en los que sucede algo.  Si hay una denominación que calce como un guante, es la que recibe el lastimado al entrar al hospital: paciente.  Y más te vale que te envuelvas en ella como si fuera una segunda piel.

No voy a abrumarte con cada pequeño detalle.  La llegada de tu novia, el juguito mágico, la comida del hospital, el juguito mágico, la profesionalidad y espléndido trato del personal en el sanatorio, la señora que te trae la comida, la muchachita que emprende una cruzada personal contra los gérmenes cada mañana con su franela y su botella de alcohol, las nurses,  enfermeras y enfermeros, la nutricionista, y los cirujanos, todos con buena onda y una palabra tranquila, el juguito mágico, la confirmación de la hora en que te esperan en el quirófano, el juguito mágico, las enfermeras que son unos bombones y lo poco que eso te importa gracias al juguito mágico, el cuidado solícito y amoroso e incansable de Madre, Hermana, ML.

Creo que entre todo lo que puedo rescatar de ese breve y tedioso par de días, destaco la vulnerabilidad; hasta cierto punto, es como volver a ser un niño muy pequeño: estás indefenso y no podés valerte por vos mismo.  Dependés de que alguien te corte la comida, ponga agua en tu vaso, te acompañe al baño, y un sinfín de actividades cotidianas que se ven disminuidas o impedidas.  Una cagada, por decirlo sucintamente.  Y a propósito de eso, menos mal que tu mano hábil está sana!  Al menos no tenés que sufrir la indignidad mayúscula de que tengan que limpiarte el culo.  Eso podés hacerlo solo, gracias al MEV, siempre que te den el tiempo suficiente.

El martes de tarde aparece un enfermero  con una gran bandeja con útiles y vendas.  Albricias!  Van a sacarte el disfraz de momia!  Lo primero que hacen es darte un antialérgico, ya que el calor extremo del puto vendaje te tiene brotado hasta la nuca, literalmente.  El alivio que sentís es como una bocanada de aire fresco en lo más crudo del sol de verano… hasta que llega al codo, tu freno de emergencia en el accidente.  Lo riega con suero y espera a que la masa de vendas y sangre se afloje, pero vos sabés, en el acto y sin dudas, que no va a ser tan sencillo.  Siempre regando y lavando va desprendiendo poco a poco ese mazacote, pero no hay con qué darle.  El fuego amenaza con sobrepasar al jugo, y durante unos instantes lo hace, transportándote brevemente al momento del aterrizaje, pero luego la magia se impone y las llamas se apagan.

A la madrugada del miércoles, pocas horas antes de la operación, recibís tu primer baño de cama.  Dos enfermeras solícitas y precisas, risueñas y maravillosas, te higienizan y preparan  y te dan vuelta con un cuidado tal que casi ni te enterás de que estás quebrado.  Es una maravilla digna de la realeza y la mayor pena es no haberlo podido disfrutar ni un poco, aunque tampoco es que te importe tanto.  Das gracias cuando se acaba y podés volver a relajarte.

A eso de las 6 de la mañana te colocan el último juguito mágico antes de la operación y en cuanto te lo quitan, aparece el camillero.

Es la hora.

Fin del Tercer Acto
Banda de Sonido: Somebody put something in my drink, de Ramones.
La frase: Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento, Julio Cortázar.

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5 Respuestas a “Húmero – obra en varios actos /04

  1. Uste escribe épica pura aparcero! Impresionante parece la Iliada y lo que le dolió la herida en el talón a Aquiles que no estaba acostumbrado al dolor y que se murió del susto más que de la flecha de Paris…

  2. ¡¡Ah, caramba!! sí que “mejora la cosa”. A estas horas del sábado 27 te supongo operado y en reposo total. Cosa que me alegra porque si hay que operar, cuanto antes mejor.

    Ya estoy esperando el siguiente capítulo de la saga.

    Aquí dejo dos besoTs.

  3. Pingback: Húmero – obra en varios actos /05 | 42

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