Sin condena

Antes…

Así que ahí estaba, después de tanto tiempo: en la sala de reuniones con los otros pilotos.  Nervioso.  Ansioso.  Incapaz de permanecer quieto un segundo.  La misión era sencilla.  El planteo, en todo caso.  Como decía la vieja canción de Caballeros de la Quema: llegás, metés, sacás.

El tema era hacer las tres cosas.  En todo caso, sacar.  Sacar iba a ser un infierno. Ninguo de los hijos de puta iba a entrar gentilmente en la buena noche, más bien tenían toda la pinta de querer enfrentarse con rabia a la muerte de la luz, su luz.

El planeta era una cruza extraña y ominosa de Klendathu y la Ciudad de Shell Beach; las naves eran de lo mejor que podía ofrecer la técnica del siglo XLII, pero la estrategia era una gran poronga sacada de un puto manual del siglo XVIII, o quizás de la película 300.  De todos modos no teníamos otra manera de encarar el problema.  Los malditos nos esperaban en la gran cámara que se abría al final del embudo de entrada.  Podíamos formar un gran frente de fuego, es cierto, pero no era menos cierto que quedábamos alineados como patos en un desfile para cualquier cabrón que tuviera ganas de darle al gatillo.  Y todos eran cabrones y todos se morían de ganas.  Un ataque frontal en esas condiciones no es tan divertido, te lo prometo.

Yo volaba en un interceptor del tercer escuadrón de la cuarta oleada.  La primera oleada se había llevado la peor parte, aunque al final habían conseguido meter una punta de lanza en las defensas de los extraterrestres.  La segunda y tercera oleadas la habían ensanchado, machacando las defensas y penetrando en profundidad.  Y ahora nos tocaba a nosotros, que teníamos que abrir camino para los BPs.  Los BPs no iban a dejar nada.  Nada.

El fuego que venía de frente todavía era nutrido pero manejable.  Lo que complicaba la aproximación eran los restos que estaban desperdigados por todos lados en la gravedad cero.  El precio había sido alto.  Naves abrían fuego.  Otras respondían.  Algunas estallaban, de un lado y otro.  Rayos-C brillaban en la oscuridad.  Era extraño ver las explosiones silenciosas mientras en la cabina sonaba La Cabalgata de las Valkirias, pero excitante.  Y en medio de todo el caos, mi pequeño interceptor iba desparramando torpedos y distribuyendo muerte como una especie de dios demente y poco dado a la piedad.  Me llenaba un miedo adrenalínico, de esos que te hacen largar una risa cascada cada vez que hacés blanco y te impulsa a ir hacia adelante a toda velocidad y puteando a gritos, en lugar de dar media vuelta y mandarte a mudar cuando ves que dirigen el fuego directamente a tu nave. Una locura.

Una cruz oscura iba llenando mi campo visual. Una gran nave enemiga se dirigía hacia mí.  No tenía luces y tampoco abría fuego, pero no cambiaba de rumbo ni desaceleraba. El resto de mi escudarón estaba a mi alrededor y nos acercábamos a la salida del embudo, la parte más estrecha.  Sin lugar para maniobrar o retroceder, solo podíamos pasar a través de la otra nave, por lo que abrimos fuego indiscriminadamente contra la mole oscura haciéndola estallar en millones de fragmentos.

La batalla continuó y mi escuadrón realizó su parte hasta agotar la carga de energía, volviendo a la base.

Mi sorpresa fue grande cuando al bajar de la cabina me esperaba un oficial con tres guardias de seguridad.  Me arrestaban.  Habían visto la transmisión de la batalla y me arrestaban por haber atacado un transporte civil que trataba de escapar.  Sin entender nada, y convencido de que todo era absurdo, solo atiné a pensar que nunca había llegado a ver la cruz roja pintada en ningún lado.

El Consejo no quería saber de explicaciones ni disculpas.  De nada sirvió decir que la nave no se había identificado, que no tenía manera de adivinar sus intenciones, que no solo era zona de combate, sino que también estaba marcada como área de fuego libre y nadie había informado al escuadrón de que habría civiles.  Por Gordjazz, ¡los BPs iban a limpiar todo!  ¿De qué civiles me hablaban?  De todos modos la filmación mostraba que no tenía forma de esquivar el bulto.  Pero para mi horror me declararon culpable casi sin deliberar.

Ahora…

El Presidente del Consejo se para, seguido de todos los Deliberantes.  Con gesto adusto y mirada severa se dispone a dictar sentencia.  Su negro bigote tiembla un poco cuando en lugar de condenarme comienza a tararear una musiquilla que me resulta conocida.  Abro los ojos a la oscuridad de mi habitación, preocupado por no haber escuchado la pena que me imponía.

Luego sonrío, aliviado.  Impune.  Despertar en medio de un juicio te vuelve inimputable.

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