El buen envejecer

Leer a la luz del día mientras se viaja en bus es maravilloso.  El dejar descansar la vista, discurriendo sin aferrarse por el paisaje de un domingo temprano, de alguna manera complementa la lectura, incluso cuando no hay asociación directa alguna.

Leo divertido este párrafo de Sampedro, en su libro Escribir es vivir:

Ese mismo amor por los objetos me lleva a no querer cambiarme de ropa: prefiero la ropa vieja a la nueva, cuando estoy a gusto con una prenda la llevo hasta que me la tiran o esconden. A veces me hacen la trampa de sustituírmela por otra igual, pero no cuela, prefiero la que lleva meses o años conmigo, aunque se le hayan hecho bolitas. ¡Qué más da! También a mí me han salido canas y arrugas.

Con una sonrisa dejo de leer y paseo la mirada por la campiña ondulada y somnolienta, a fin de dejar que las palabras se asienten.  En ese momento pasamos sobre un puente y abajo, cerca de la orilla, se pasea un perrito bayo con ese trotecito propio de los perros pequeños, ágil y grácil que parece carente de peso.  La imagen es perfecta en su fugacidad y, sin tener nada que ver, calza como un guante con lo leído.

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2 Respuestas a “El buen envejecer

  1. Por favor, ¿cuando enseñarán esta Sabiduría en las escuelas?

  2. Nunca. El Profesor abogaba por una sociedad no atrapada por el consumismo, cosa que parece estar en las bases mismas de nuestra civilización moderna.

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