Comimos en: Crêpas

Hace unas semanas María Luisa me dice: “No sabés, Pan!” (Ella me dice Pan) “Encontramos un nuevo lugar, divino, para comer!  Se llama Crêpas.”  Muy emocionada, ella, y también las hijas después de probar.  Luego del descubrimiento fueron varias veces más, así que la propaganda daba un aval.

“Y qué sirven ahí?” le pregunté, más allá del nombre bastante obvio.  Son crepes, o panqueques como se le conocen popularmente, rellenos de diversas cosas dulces y saladas… pollo al wok, pollo grillado, quesos, frutas, vegetales, dulce de leche, chocolate, en fin, una variedad.  Para tomar?  Jugos, mayormente, en combinaciones poco habituales: naranja y zanahoria, pomelo y albahaca, no sé qué y remolacha, limonada con menta y pepino… en fin, jugos.

Después de varias idas y venidas, finalmente fuimos.  Nada más entrar me dije OMaPuMa! DoCaMEMe?  (Parece latín, como en “Quo Vadis, Domine?”, pero en realidad significa: Oh, Maldita Puta Madre! Dónde Carajo Me Estoy Metiendo?

El lugar es blanco.  Blanco el piso.  Blanco el techo.  Blancas las paredes.  Blancas las sillas, deliciosamente elegidas para ser todas distintas (esto es irónico, lo de deliciosamente), las mesitas blancas, los servilleteros hechos con latas viejas pintadas de blanco, un sillón grandote, también blanco y un revistero en una de las paredes, también blanco.  Una pintura de Lennon aporta colorines, y una serie de dibujos mostrando actores y actrices en la pared opuesta busca romper con un ambiente por lo demás aséptico.

Cuando me detuve a ver la propuesta del revistero, apenas me sorprendió: Gente, Pronto, Paula.  Literatura vacía y sin personalidad, para un lugar vacío y sin personalidad.  Atención correcta pero con cero calidez.  Luz blanca reventada por todo el lugar.  Es de esos lugares diseñados para ser cool, que al final quedan en simple pretensión.

OK, don´t panic, me dije. No te asustes!  Vamos a por la comida!  De última, si la comida está buena, igual comés sentado en una lata de pintura frente a un mostrador improvisado dentro de un edificio clausurado por peligro de derrumbe.  Lo he hecho!  ¿Quién se acuerda de los asaditos al paso en la proa de Justicia y Arenal Grande, en el barrio de los judíos?  Como sea, la oferta era relativamente variada pero no me convencía mucho hasta que vi algo que inmediatamente disparó mi gula: cordero y cebollas caramelizadas.  Eso quiero! Y para tomar?  Jugo… pomelo y albahaca, porque soy heavy y transgresor.

María Luisa, por su parte, pidió algo de queso azul con peras (esa combinación funciona y es fabulosa en multitud de preparaciones, me consta) y rúcula, que arremetió con ganas entre exclamaciones de satisfacción.

Muchacho!  El panqueque de “cordero” con cebollas caramelizadas… qué puedo decirte? No diré que era feo.  Es imposible que algo sin ningún tipo de sabor sea feo.  Mastiqué cada pedacito de carne con lentitud y atención, te lo juro, y no pude extraerle una sola pizca de sabor.  Me concentré.  Esperé la magia; la busqué; al final me resigné a no encontrarla; ni un hechizo para principiantes encontré; ni un truco de las manos mágicas encontré.  Nada, ni por putas. Lo mismo habría dado agarrar un cacho de marucha de vaca y hervirla hasta lograr que quedara más o menos tierno.  Ni una especia, ni sal, ni picante, ni aroma.  Y la cebolla “caramelizada”!  Dejame que te diga que echarle una cucharada de azúcar a la cebolla en la sartén no te carameliza nada, solo te deja cebolla con azúcar.

El jugo de pomelo y albahaca?  Ah, eso sí que es otra historia!  Dad a César lo que es de César.  Es una combinación genial.  El juguito era un poema, dulce justo, ácido justo y la albahaca fresca. Super bueno.

Quiero creer que justo yo pedí algo que sencillamente no es el punto fuerte del lugar, ya que el resto de la gente le entraba con ganas a sus panqueques.  María Luisa seguro que disfrutó como una enana de su menjunje y seguramente volverá, así que  debe ser eso.  Pongámosle que sea eso.

Lo que más me llamó la atención del lugar?  El olor.  Básicamente cocinan a la vista, porque hacen los panqueques ahí mismo, calientan los rellenos, los arman y te los sirven con solo una barra baja de separación.  Pero no hay olor a nada.  No hay olor.  No hay un perfume que te haga evocar la cocina de tu abuela, o de tu vieja, o del carrito de las fritangas, ya puestos.  Nada que te haga salivar, que dispare la emoción, que estimule tus sentidos.

Si lo hubieran nombrado “Anodino” nadie podría acusarlos de publicidad engañosa.

Básicamente y como comentábamos con María Luisa luego de salir, Crêpas es el McDonald’s de los panqueques.

En el sitio web del lugar la segunda frase dice “Es una historia contada a través de una larga secuencia de sabores.”  Bueno, a mí justo me tocó una hoja en blanco.  Hay que joderse.

2 Respuestas a “Comimos en: Crêpas

  1. Hola! No conozco Crepas… Pero hace poquito fui a un lugar que debe ser su némesis, por lo que decís. Todo casero, y decoración amorosa (hasta fotos de los abuelos tenía).
    beso!

  2. Hola! Y no pensás dar el nombre y la dirección? Elaborá un poquito el concepto, loca!
    Cómo está tu retoño?🙂

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