Cosas de chicos

A estas horas, un año atrás, estaría terminando de almorzar en familia con María Luisa, a punto de empezar a pensar en que pronto debería tomar el ómnibus que me llevaría de vuelta a casa.

Mi preocupación más grande en ese momento era cómo traer desde Montevideo un pequeño arbolito de palta que María Luisa había hecho germinar, luego plantó y más tarde regó y cuidó con amoroso esmero.

Era ignorante, como todos, del porvenir.  No había señales, ni premoniciones, ni presentimientos.  Totalmente ajeno a la marquita que el destino había puesto de forma indeleble en mi espalda.  Más que una marquita, era como esos cartelitos que te pegaban con cinta en la espalda cuando estabas en la escuela o en secundaria: “Me gusta que me toquen el culo”, o alguna variante literaria por el estilo.  Y luego te volvían loco en los pasillos durante el recreo.

En realidad el cartelito tenía una flecha que apuntaba arriba y a la derecha y decía “Parta aquí por la línea punteada”.

Y ta. A las 21.27 horas de un día como hoy, un año atrás, me estaba haciendo pomada contra un cuzco inmundo muerto en la carretera y cumpliendo con el cartelito, tal como antes cumplían tus compañeros cuando lo veían.

Eso demuestra dos cosas:
1. El tiempo pasa volando que da miedo.
2. La Vida, el Universo y Todo Lo Demás son unos inmaduros de mierda.

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