Feo y caro

El fin de semana tuvimos “excursión familiar”, como la kermés de los sábados, pero distinto.  Terminamos cerca de Punta del Este, visitando a la hija de María Luisa que está laburando allí por la temporada.  Cuando llegamos a ver a la flaca ya era bien pasado el mediodía, así que era buena idea pensar dónde comer.

En Punta del Este y aledaños, más específicamente en la Barra de Maldonado, encontrar un lugar dónde comer no es trivial.  Es decir, lugares hay a montones, pero la idea es lograr comer sin tener que volverte a Montevideo en bondi porque tuviste que vender el auto para pagar la comida.

Buscamos, buscamos, buscamos… no podíamos ir a la más razonable Maldonado porque Ce tenía que entrar a trabajar, así que tenía que ser algo por ahí nomás. Bueno, encontramos un lugar llamado La Linda, en Manantiales.  Es una panadería y anexo tiene un salón con un patio super lindo; chusmeando un poco, veo que la panadería y la cocina también están requetebien; la merca (budines, bizochos, panes) tenían una pinta de muerte por delicia; la cerveza estaba bien fresquita (aunque no helada)… pero la comida, che.  Poco, feo y caro.  El pan de la mila al pan era un delirio de bueno, pero la mila… por 360 mangos (no, yo tampoco puedo creerlo) esperaba otra cosa; ciertamente no esperaba algo diminuto, duro, y de apariencia recalentada.  A la gente que iba conmigo no le fue mucho mejor con sus órdenes.  Sé que estás pagando “la exclusividad” del balneario, pero lo mínimo que pueden hacer es servir unos platos mínimamente decentes.  Fijate que ni siquiera pretendo que sea abundante, pero sí rico.  Porque si no, por qué mierda me estás cobrando?  Por sentarme?  Así que ta.  Decepción total en La Linda.

Despedimos a la flaquita y desandamos nuestro camino, felices del reencuentro con los afectos, más allá del debe gastronómico.  Llegamos a Montevideo sin incidentes y me apresuré a llamar a Hermana.  “Che, Hermana, cenamos juntos?  Nos pasó algo horrible y tenemos ganas de comer rico”.  Nuestras dos primeras opciones estaban cerradas por licencia, así que nos dirigimos hacia un restaurante de pastas que está sobre Benito Blanco y Martí.  Ni María Luisa ni yo lo conocíamos, pero pintaba lindo y Hermana lo tiene bien calado.  Allá fuimos, con otra gente amiga, disfrutando de la noche fresca… hasta que entramos al lugar.  El salón es muy amigable, muy lindo, pero el ambiente era sofocante a pesar de los tres equipos de aire acondicionado encendidos.  De los cinco, dos pidieron carnes y los otros tres, pasta.

No voy a hablar mal del lugar porque para balancear la ecuación, Hermana comió unos agnolotti de calabaza con salsa de gorgonzola que estaban, esos sí, de muerte por rechupete.  Realmente increíbles.  El pesto, no.

Voy a hablarte de mi pesto.  Sí, pedí un pesto, aunque mueva a risa.  Es de esas recetas que sirven de baremo: son sencillas, te dan la oportunidad de ver cómo cocinan la pasta, la salsa lleva pocos ingredientes bien definidos, todo el mundo más o menos sabe cómo tiene que ser y bueno… tenés que ser muy, pero muy  hijoeputa para arruinar un pesto.

Eppur si muove, como dijo Galileo.  Sin embargo, lo hicieron.  La pasta sin sal (imperdonable) y el pesto, una cucharadita de nueces con dos pedacitos de alguna hoja verde, y un fondo de un aceite que se presume era oliva, pero que no tenía gusto a nada.  Impresentable.  No sé, nunca se me hubiera ocurrido que podían hacer mierda tan a consciencia un pesto, salsa de batalla y noble si las hay.  Hasta ese momento pensaba que era literalmente imposible.

Comer rico y bien no es tan díficil, o no debería serlo.  Yo creo que los restoranes se aprovechan mal de la gente, que por no cocinar, o por pretender darse un gusto, se traga cualquier mierda a precios de escándalo.  Porque si me cobrás tres mangos, entonces de repente me podés decir: “Y para lo que estás pagando, qué más querés?”  Pero no es ese el caso, lejos de eso.

Así que bien, el sábado quedó para el olvido en lo que a comidas se refiere, porque la carne que pidió María Luisa fue de dos tercios de lo mismo.  El domingo nos tomamos la revancha cocinando nosotros, con un cous cous con verduras salteadas y carne de cerdo que nos sacó, finalmente, el mal sabor de boca de una buena vez, dejándonos suspirar satisfechos y felices.

Comenta! Comenta, very now!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s