Satori Stone

Los momentos más intensos de la vida hacen morir de vergüenza al lenguaje.  El tipo no llega, no le alcanza.  Las palabras no pueden ni siquiera hacer un boceto de la realidad.  No se aproximan.  Mucho menos se las ingenian para tan solo acercarse a abarcarla.

Cincuenta y cinco mil personas asistieron a ver a los Rolling Stones en el Estadio Centenario.  Un calor de cagarse se combinaba con una expectativa que por sí sola te calentaba el pecho como una fragua.  El bochorno tuvo su ventaja:  a la tarde temprano, las colas eran diminutas.  En 40 minutos, quizá menos, estábamos del otro lado del vallado.

La desesperación por lograr que toda tu gente llegara de una vez era como una nota intensa y permanente; como un tono de ajuste a 1600 Hz. De puro maniático, porque la gente llega cuando llega, no cuando a vos se te ocurre… por más que tus razones sean perfectamente lógicas mientras que todos los demás están equivocados.  Y mientras, vas buscando los lugares.  Evaluando ubicaciones, a ver cuál puede ser la mejor, dentro de la uniformidad.

Todos esos planes, sin embargo, luego van a irse a la misma mierd…  pero, qué estoy haciendo…?  Macanas.  Veo los (atronadoramente pobres) artículos en los diarios y me doy cuenta de que es imposible hacer un relato del recital.  No alcanza.  Las palabras no alcanzan.  Ni con las imágenes de un videito.  Los símiles y analogías y metáforas se vuelven insignificanes.  Mucho menos con las palabras escritas.  El relato oral, con su alto porcentaje de lenguaje corporal y las inflexiones de la voz, se acerca un poco más.  Pero tampoco alcanza.

Como cuando Mick Jagger dijo: Qué bueno es estar en Uruguay, ta!
Con su casi ininteligible acento inglés cerrado, lo más distintivo fue el ta!, y el estadio se vino abajo en medio de un rugido de júbilo.  Una reacción brutal, al unísono, instintiva y energética.  Podría contártelo de al menos cinco maneras distintas y no se acercaría a la verdad, aún siendo cierto.

Es que no estaba preparado, entendés?  No estaba preparado para lo gigantesco y grandioso.  No estaba preparado para perderme de vista con mi gente y no tenerlos cerca para gozar juntos.  Ni tampoco para entregarme tan completamente, que la presencia de quienes quedaban se difuminó hasta ser casi insustancial y solo quedó la música y tu vida y la masa inconmensurable de esas otras vidas desatadas.

Cómo explicar la limpieza interior que queda cuando termina la última nota y el último destello?  Todo lo que tenés dentro, el amor, el odio, la rabia, la alegría, los problemas, la paz, la risa y las lágrimas, todo, todo, todos tus pensamientos y emociones se consumen en una larga llamarada que dura, más o menos, dos horas y media.

Ze-ko-kuu-chuu-mu-shiki, en el vacío no hay forma, dice el sutra de los budistas.  Creo que estuve a punto de entenderlo.  Casi.  Tan, tan cerca.  Se purga todo.  Luego de esa llamarada solo queda algo que se parece a la persona que entró, pero no se mueve, está estática, llena de vacío, perfecta, sin miedo ni conciencia… completamente relajada e inmóvil, se siente beatífica.  Se absorbe  todo y se concentra en un punto diminuto.  Todo está en orden.  Con vos, con los que te rodean, con todo cuanto vive.  Todo es perfecto.  Sin mácula.

Es un instante perfecto de serenidad.

Resumiendo: fue un recital DELACON-CHADESUMADRE.

El Cielo, ya no necesita esperar.

Una respuesta a “Satori Stone

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