Palabras

María Luisa me pasó un enlace a un muy interseante artículo sobre transformaciones.   Cómo las palabras, cual cosas vivas, nos transforman a nosotros, lectores, a la vez que nosotros transformamos a quien las escribe; incluso podemos transformarlo en un Autor.

Eso me trajo a la memoria, refrescada muy recientemente, una lectura de, cuándo no, el Mundodisco, en una obra que parodia y rinde tributo a Macbeth y también a las palabras:

—En…, en el Gremio —explicó [el bufón], tartamudeando—, nos enseñan que las palabras pueden ser más poderosas que la magia.
—¡Payaso! —exclamó el duque—. Las palabras no son más que palabras. Sílabas breves. Palos y piedras me romperán los huesos… —Hizo una pausa, saboreando la idea—. Pero las palabras, no.
—Hay palabras que pueden hacer daño, señor —dijo el bufón—. ¡Mentiroso! ¡Usurpador! ¡Asesino!

El duque pegó un respingo y se agarró a los brazos del trono, parpadeando.

[…]

Parece que las palabras son muy poderosas —dijo la mujer.
—Cierto, señora.
—Sin duda has estudiado mucho.
El bufón asintió. El poder de las palabras lo había sostenido a través del infierno del Gremio. Los magos y las brujas usaban las palabras como si fueran instrumentos para hacer las cosas, pero el bufón creía que las palabras eran cosas por derecho propio.
—Las palabras pueden cambiar el mundo —dijo.
La duquesa entrecerró los ojos.
—Ya lo dijiste. Pero no estoy convencida. Los hombres fuertes pueden cambiar el mundo —dijo—. Los hombres fuertes y sus hazañas. Las palabras no son más que adornos en un pastel. Entiendo que pienses que las palabras son importantes. Eres débil, no tienes otra cosa.
—Te equivocas, señora.
La regordeta mano de la duquesa tamborileó impaciente sobre el brazo del trono.
—Más vale que puedas argumentar ese comentario.
—Señora, el duque desea talar los bosques, ¿no es así?
—Los árboles se pasan el día murmurando sobre mí —susurró Lord Felmet—. Los oigo susurrar cuando salgo a caballo. ¡Dicen mentiras acerca de mi persona!

La duquesa y el bufón intercambiaron miradas.

—Pero —siguió el bufón—, ese plan ha tropezado con una oposición fanática.—¿Qué?
—A la gente no le gusta.
La duquesa estalló.
—¿Y eso qué importa? —rugió—. ¡Somos los reyes! ¡Harán lo que digamos, o serán ejecutados sin piedad!
El bufón hizo una cabriola y una reverencia conciliadora.
—Pero, mi amor, nos quedaremos sin súbditos —señaló el duque.
—¡No es necesario, no es necesario! —intervino el bufón a la desesperada—. ¡No hace falta! Lo que tenéis que hacer es… —Se interrumpió un instante, moviendo los labios—, iniciar un ambicioso plan intensivo para mejorar la industria agrícola, proporcionando empleo a largo plazo, abriendo nuevas tierras para el desarrollo y dificultando las huidas de los salteadores.

El duque se quedó boquiabierto.
—¿Cómo haremos todo eso?
—Talando los bosques.
—Pero si has dicho…
—Cállate, Felmet —ordenó la duquesa.
Dedicó al bufón otra larga mirada pensativa.
—¿Cómo se hace para derribar las casas de la gente que no nos gusta? —preguntó al final.
—Reestructuración urbana —respondió el bufón.
—Yo había pensado en quemarlas.
—Reestructuración urbana dentro del plan de desinfección —puntualizó rápidamente el bufón.
—Y echar sal en las tierras.
—Eso es reestructuración urbana dentro de un programa de mejoras medioambientales. También sería buena idea plantar unos cuantos árboles.—¡Nada de árboles! —gritó el duque.
—No pasa nada, no sobrevivirán. Lo importante es que se hayan plantado.
—Pero también quiero subir los impuestos —dijo la duquesa.
—Vaya, tío…
—No soy ningún tío.
—¿Ni tía?
—Tampoco.
—Bueno, t…, pues…, necesitas financiar tu ambicioso programa de mejoras en pro del país.
—¿Qué? —dijo el duque, que se perdía otra vez.
—Quiere decir que cortar los árboles cuesta dinero —aclaró la duquesa.
Sonrió al bufón. Era la primera vez que lo miraba como si no fuera una cucaracha repugnante. En su mirada seguía habiendo un buen tanto por ciento de cucaracha, pero decía: cucaracha buena, has aprendido un truco.
—Muy interesante —dijo—. Pero ¿pueden tus palabras cambiar el pasado?
El bufón meditó un instante.
—Creo que es más fácil todavía —dijo—. Porque el pasado es lo que la gente recuerda, y los recuerdos son palabras. ¿Quién sabe qué hizo un rey hace mil años? Sólo quedan los recuerdos y las leyendas. Y las obras de teatro, claro.
—Ah, sí, una vez vi una obra de teatro —asintió Felmet—. Unos tipos muy graciosos, vestidos con leotardos. Gritaban mucho. La gente se divertía.
—¿Quieres decir que la historia es lo que la gente cree? —insistió la duquesa.

El bufón paseó la vista por la sala del trono, y encontró al rey Gruneberry el Bueno (906-967).
—¿Lo fue? —dijo, señalándolo—. ¿Quién lo sabe ahora? ¿En qué era bueno? Pero será Gruneberry el Bueno hasta el final de los tiempos.
El duque se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes.
—Quiero ser un buen rey —dijo—. Quiero que mi pueblo me ame. Quiero que me recuerden con cariño.
—Supongamos —intervino la duquesa, hablando muy despacio—, supongamos que hubiera otros asuntos… controvertidos. Temas de índole histórica que hubiera que… ocultar.
—Yo no lo hice, de verdad —señaló el duque rápidamente—. Resbaló y cayó. Eso es. Resbaló y cayó. Yo ni siquiera estaba allí. Me atacó. Fue en defensa propia. Eso es. Resbaló y cayó sobre su propia daga en defensa propia.
Su voz se convirtió en un murmullo incoherente. Se frotó la mano de la daga, aunque la palabra empezaba a ser muy poco apropiada.

[…]

Yaya se giró lentamente y contempló al público. Todo el mundo contemplaba la actuación como en trance. Las palabras calaban en ellos, surcando el aire silencioso. Aquello era real. Aquello era más real que la realidad. Aquello era historia. Quizá no fuera la verdad, pero eso no importaba.

Yaya nunca había dedicado mucho tiempo a las palabras. Eran insustanciales. Ahora deseaba haberles prestado más atención. Eran suaves como el agua, pero también tan poderosas como el agua, inundaban al público, erosionaban los matices de la realidad y arrasaban el pasado en sus oleadas.

Ésas de ahí somos nosotras, pensó. Todo el mundo nos conoce en la realidad, pero lo que recordarán de verdad es lo que ven ahora…, tres viejas repugnantes y malvadas con gorros puntiagudos. Todo lo que hemos hecho, todo lo que hemos sido, dejará de existir.

[…]

—Palabras —dijo Yaya, casi para sí misma—. Es lo único que queda. Palabras.
—Y ahora viene un hombre con una trompeta. ¿Qué va a hacer? Oh. Fin del Primer Acto.

Nadie olvidará las palabras, pensó Tata. Tienen poder. Y son palabras condenadamente buenas.

 

 

Extractos de Brujerías, de Terry Pratchett.

Y recuerda, Pequeño Demente que lees 42, que la pluma puede ser más poderosa que la espada… siempre que la pluma esté muy, muy afilada, y la espada sea más bien pequeñitay bastante roma y que quien la empuña no sepa especialmente qué hacer con ella.

 

 

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